Después de que la modista tomó sus medidas y envolvió su piel en destellos dorados que la hicieron sentir como ella misma, Nyxara salió de la sala con el corazón latiendo más fuerte que antes.
Había un pensamiento persistente en su mente.
Dragones.
Quería saber más.
Necesitaba saber más.
Caminó por los pasillos hasta la biblioteca, su refugio favorito. El lugar estaba silencioso, iluminado por la luz suave que entraba por las ventanas altas. El olor a libros antiguos la envolvió como un manto cálido.
Recorrió con los dedos los lomos de los libros hasta llegar a una estantería que antes no había visto… o tal vez nunca se había atrevido a revisar.
Ahí, oculto entre volúmenes gruesos y polvorientos, había un libro diferente.
Una encuadernación negra, gastada por el tiempo.
Nyxara abrió el libro y encontró páginas desgastadas escritas en una lengua que ningún humano podría reconocer… pero que ella entendía perfectamente.
La lengua de los dragones.
Él idioma primigenio del mundo.
A medida que leía, palabras antiguas despertaban ecos lejanos en su memoria dormida.
El texto decía cosas como:
“Los dragones son criaturas nacidas de la magia más antigua, aquella que existía antes de que el primer humano abriera los ojos.”
“Su esencia es cambio, tormenta y fuego; no responden a leyes humanas, sino al pulso eterno del mundo.”
“Sus escamas pueden tomar cientos de formas y colores; algunas reflejan la luz como espejos, otras absorben la sombra como pozos sin fondo.”
“El brillo en sus cuerpos no es mero adorno: es un reflejo de su fuerza interna.”
“La magia de un dragón no se aprende, se es.”
“Sus rugidos alteran el aire, sus alas cambian las corrientes del viento, su respiración puede dar vida o quitarla.”
“En ellos, la magia fluye como la sangre.”
“Pueden vivir siglos, incluso milenios. El tiempo los afecta, pero no los destruye.”
“Un dragón jamás muere por edad; solo por batalla, traición o decisión propia.”
Nyxara sintió un estremecimiento al leer esta parte.
“Algunos dragones, los más sabios o más indómitos, aprendieron a tomar forma humana para convivir o esconderse en el mundo mortal.”
“Cuando lo hacen, sus cuerpos cambian… pero no así su alma. Su magia permanece, latente, incluso si no pueden usarla.”
Nyxara se llevó una mano al pecho…
esa sensación familiar e incómoda otra vez.
“Los dragones sienten con intensidad desmedida: su ira es tempestad, su alegría es fuego, su tristeza es océano.”
“No conocen el amor humano como los mortales, pero las conexiones profundas pueden despertar instintos poderosos en ellos.”
Nyxara abrió los ojos sorprendida.
“Un dragón que olvida su origen aún conserva fragmentos: reacciones, impulsos, ecos en el alma.”
Nyxara tragó saliva.
¿Eso explicaba… su corazón acelerándose?
¿Su miedo irracional por la batalla?
¿Su extraña atracción hacia algunos humanos…?
No lo sabía.
Pero el libro le mostraba algo claro:
Ella era más antigua, más compleja, más poderosa de lo que jamás había imaginado.
Aunque su magia… dormía.
Nyxara no recordó en qué momento la luz del día empezó a desvanecerse.
Solo sabía que no podía apartar los ojos del libro.
Cada frase escrita en la antigua lengua de los dragones hacía vibrar algo dentro de ella.
No eran recuerdos completos.
No eran imágenes claras.
Pero sí sensaciones.
Una familiaridad que la quemaba suavemente por dentro.
El tiempo dejó de existir para ella.
Cuando por fin levantó la vista, sorprendida por el silencio absoluto, se dio cuenta de que la biblioteca estaba casi a oscuras.
—¿Ya… anocheció? —susurró para sí misma, sorprendida.
Cerró el libro con cuidado, como si fuera un tesoro frágil, y lo abrazó contra su pecho mientras regresaba por los pasillos hacia sus aposentos.
La habitación estaba tibia y tranquila cuando entró.
Colocó el libro sobre la cama, abrió una vela y volvió a leer, sentada entre almohadas, con el cabello blanco cayendo como seda sobre sus hombros.
Cada palabra la envolvía más.
Cada línea hacía que su corazón latiera un poco más rápido.
Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de su trance.
—Mi lady Natasha, ¿desea la cena en el comedor o…?
Nyxara levantó la mirada, los ojos brillando aún por la lectura.
—Aquí está bien, por favor —dijo con una sonrisa leve, casi distraída.
Elin entró con una bandeja y la dejó sobre una mesa pequeña.
Al observarla, notó cómo Nyxara sostenía el libro con una devoción casi adoradora.
—Ese libro la tiene muy interesada, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cálida.
Nyxara asintió, acariciando la portada antigua.
—Sí. Es… como si ya conociera todo lo que dice, pero al mismo tiempo, no lo recordara. No sé cómo explicarlo.
Elin no entendió del todo, pero sonrió con la ternura de quien cuida de alguien que aún está aprendiendo el mundo humano.
—Me alegra verla tan emocionada, mi lady. ¿Necesita algo más?
—No, gracias, Elin. Estoy bien.
La doncella se inclinó con respeto y salió.
Nyxara se acomodó en la cama, llevó la bandeja con comida a un lado y abrió el libro una vez más.
La llama de la vela danzaba, iluminando su rostro mientras devoraba cada palabra.
La noche avanzaba…
el castillo dormía…
pero Nyxara seguía allí, leyendo, aprendiendo, descubriendo quién era… o quién había sido.
Y mientras más leía…
más fuerte sentía un hormigueo bajo su piel, como si algo dormido empezara a moverse.
Un eco de trueno.
Muy suave.
Perceptible solo para ella.
Y ella siguió leyendo…
hasta quedarse dormida con el libro abierto sobre el pecho,
como si fuera un fragmento de sí misma.