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958 Words
Aún con el corazón latiendo rápido y las manos de Nyxara brillando levemente, ambos salieron de la cueva. El agua de la cascada volvió a caer con normalidad, pero el aire alrededor de ellos seguía cargado de algo cálido y vibrante. Kael tomó la mano de Nyxara como si fuera lo más natural del mundo. Ya no dudaba en tocarla. Ya no temía romperla. La sostuvo firme, guiándola entre las rocas húmedas. —Cuidado —murmuró, sin soltarla—. Ven… pon tu pie aquí. Él le ofreció su brazo para estabilizarla, y Nyxara apoyó su mano sin dudar. Kael parecía más tranquilo después del beso, pero solo por fuera. Por dentro estaba ardiendo. Cuando por fin salieron del borde del lago, Kael trajo la manta hacia un área más seca y ambos se sentaron. La luz del día estaba en su punto más suave, iluminando el rostro de Nyxara con tonos dorados. Kael no podía dejar de mirarla. —Come un poco más —dijo él, intentando disimular la intensidad de su mirada mientras le ofrecía un pan dulce—. El camino de regreso puede ser largo. Nyxara sonrió, aún sonrojada, tomando el pan con las dos manos como si fuera un tesoro. Kael no comía. Solo la observaba. —¿Por qué no comes? —preguntó ella con una sonrisa tímida. —Porque… —Kael desvió la mirada un segundo y se aclaró la garganta—. Estoy… un poco distraído. Nyxara bajó la mirada, con las mejillas encendidas, sabiendo exactamente por qué. El sol comenzó a descender lentamente detrás de los árboles, haciendo que el aire se volviera más frío. Kael se puso de pie. —Debemos volver antes de que anochezca —dijo con su tono protector habitual—. El bosque cambia cuando cae el sol, y hoy… no quiero ningún riesgo. Nyxara asintió mientras Kael recogía la manta y guardaba lo necesario en las alforjas. Cuando se acercó a ella, extendió la mano nuevamente. —¿Confías en mí? —preguntó, repitiendo la frase de antes. Nyxara tomó su mano sin pensarlo. —Sí, Kael. Confío en ti. Sus dedos se entrelazaron como si hubieran nacido para hacerlo. Kael la ayudó a subir a la yegua, sus manos rodeando suavemente su cintura. Era un gesto cotidiano, pero ambos sintieron el calor del contacto. Kael subió a su caballo, tomó las riendas de ambos animales y dijo: —No te soltaré en ningún momento. Nyxara sonrió. —Nunca quiero que me sueltes. Kael casi pierde el control de su expresión; tuvo que mirar hacia el bosque para recomponerse. —No lo haré… Natasha. Y comenzaron el camino de regreso al castillo Solvard, con el atardecer tiñendo el cielo y un lazo —mágico y emocional— que nadie podría romper. El bosque estaba envuelto en una luz dorada, filtrada por las ramas. Kael avanzaba al frente en su caballo, sujetando también las riendas de la yegua de Nyxara para que no tuviera que preocuparse por nada. El ritmo suave de los cascos marcaba un pulso tranquilo… pero dentro de ambos, los corazones corrían como si aún estuvieran en la cueva. Nyxara iba con la espalda recta, las manos sobre la montura… pero sus ojos no podían dejar de viajar hacia Kael. Cada tanto él volteaba para verla. Y cuando sus miradas se encontraban, Kael desviaba la vista de inmediato, como si el solo contacto visual lo incendiara. Había una ternura nueva en él. Una suavidad en la mandíbula tensa. Una calma en la postura poderosa. Nyxara no sabía ponerlo en palabras, pero lo sentía: Kael estaba diferente. Con ella. Por ella. El camino era largo, pero el silencio entre ambos estaba lleno de significado. Nyxara observó cómo la luz naranja del atardecer jugaba con el cabello n***o de Kael, causando destellos azules en sus ojos. Era extraño… ella había pasado muchos días mirándolo desde lejos. Pero ahora… ahora era distinto. Kael carraspeó. —¿Te… sientes bien? —preguntó sin dejar de mirar el camino. Nyxara sonrió suavemente. —Sí… solo estoy pensando. —¿En qué? Ella mordió su labio un segundo. —En… hoy. Kael apretó las riendas un poco más fuerte. —Yo también —respondió en voz baja. Nyxara sintió un calor suave en el pecho. Después de un rato, la yegua tropezó ligeramente con una raíz y Nyxara dio un pequeño sobresalto. Kael se giró en un instante. —¿Estás bien? —su voz sonó tensa, protectora. Nyxara asintió con una sonrisa tímida. —Sí, solo fue un pequeño susto. Kael guió su caballo más cerca del de ella y extendió una mano fuerte hacia su yegua, acariciando el cuello del animal para calmarlo. —No dejaré que caigas —dijo firme—. No mientras esté contigo. Nyxara lo miró, sus ojos brillando con un sentimiento que ni siquiera sabía nombrar. —Gracias, Kael. Kael la miró un momento más de lo necesario. Luego volvió la vista al frente, pero su voz era suave, profunda: —Natasha… lo dije en serio. —¿Qué cosa? —Todo. El cortejo. El beso. Protegerte. Querer que estés… conmigo. El corazón de Nyxara dio un vuelco. Ella bajó la mirada, sonrojada. —Y yo… también lo quiero —dijo apenas audible. Kael exhaló un suspiro contenido, como si esas palabras le hubieran quitado un peso enorme de encima. Unos minutos más tarde, el castillo Solvard apareció entre los árboles. Las antorchas ya estaban encendidas. La luz del fuego iluminó los muros imponentes mientras la noche empezaba a caer. Kael volteó una última vez hacia Nyxara. —Natasha… hoy fue el mejor día de mi vida. Nyxara sintió un temblor dulce en el corazón. —Para mí también.
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