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1338 Words
El sonido de los cascos se fue apagando mientras Kael y Nyxara entraban a la caballeriza. El aire olía a heno fresco, cuero y madera húmeda. Kael desmontó de un salto con la destreza de un guerrero. Luego caminó hacia Nyxara. —Dame tu mano —dijo en voz baja. Nyxara la extendió sin dudar. Kael la sostuvo por la cintura y la bajó con una suavidad que contrastaba brutalmente con su fuerza. Cuando sus pies tocaron el suelo, él no la soltó. Sus manos siguieron afirmadas en su cintura. Los cuerpos quedaron cerca. Demasiado cerca. Nyxara lo miró, aún sonrojada por el recuerdo del beso, de la cueva, de sus palabras. Kael también la miraba… con esa intensidad que parecía devorarla y protegerla a la vez. No había prisa. No había duda. Solo ese momento. Las manos de Kael se aflojaron un poco, pero no se retiraron. —Natasha… —susurró, con la voz baja y grave— hoy… Pero no pudo terminar. Una voz teatral llenó la caballeriza. —¡Mira nada más! —dijo Draegor, entrando con una copa de vino en la mano y una sonrisa enorme—. Si no es la pareja más hermosa de todo Eldora. Kael se tensó como si alguien hubiera clavado una espada en el suelo. Nyxara se separó un poco, sonrojada hasta las orejas. Draegor se llevó una mano al pecho dramáticamente. —Así que… el corazón de nuestra querida Natasha ya ha elegido, ¿eh? Kael apretó la mandíbula. —Draegor, lárgate —gruñó. Pero el mayor de los Solvard siguió con su actuación: —Ay, qué tragedia… Mi pobre corazón se siente completamente destrozado. Roto. Aplastado. Hecho polvo. Nyxara abrió los ojos sorprendida y Kael cerró los suyos tratando de invocar paciencia divina. Draegor dio un paso más, mirándolos como si fuera un espectador privilegiado de su telenovela personal. —Aunque debo admitir que hacen una estampa preciosa —añadió con una sonrisa genuinamente encantadora—. Tú, Natasha, brillando como siempre… y Kael… bueno, Kael siendo Kael: serio, tosco, y milagrosamente soportable cuando estás tú. Kael casi se atraganta con su propio aire. —Draegor —advirtió con voz de hierro—. Un. Paso. Más. Y te juro que— —¿Qué? ¿Me vas a partir la cara? —Draegor dio un sorbo a su copa—. ¿Delante de la dama que estás cortejando? Kael se congeló. Nyxara abrió la boca, sorprendida. Y Draegor sonrió de lado. —Oh —señaló teatralmente—, ¿eso era un secreto? Ups. Kael dio un paso hacia él. —Te mato. Draegor levantó las manos. —¡Bueno, bueno! Ya me voy. No quiero morir todavía, tengo un baile pendiente con la hija del marqués. Antes de retirarse, inclinó la cabeza hacia Nyxara con un encanto perfecto. —Me alegra que hayas tenido un día hermoso, querida Natasha. Pero recuerda: si Kael te falla… siempre tendrás a Draegor. Kael rugió. —¡¡Draegor!! —Ya, ya, ya me fui —rió el mayor, alejándose con su copa. Cuando la puerta de la caballeriza se cerró, Kael exhaló profundamente, pasándose una mano por la cara. Nyxara rió bajito, tapándose la boca. Kael la miró, suavizando la expresión al instante. —Lo siento por mi hermano —dijo—. Es… imposible. —Es divertido —sonrió Nyxara—. Y… está bien. Kael se relajó un poco. Ella dio un paso más cerca. —Me gusta verte así —confesó ella—. Cuando te enojas… solo por mí. Kael detuvo toda respiración. —Natasha… —su voz bajó a un susurro tenso— no digas esas cosas… —¿Por qué? —preguntó inocente. Kael tragó saliva. —Porque… no sabría detenerme. Kael y Nyxara caminaban juntos hacia la entrada del castillo, todavía con la emoción del día brillando en sus ojos. Él había decidido acompañarla hasta el gran salón antes de separarse. Nyxara iba sonrojada, y Kael con una expresión tensa pero… suave, distinta. Pero dentro del castillo… otra historia se estaba desarrollando. Porque Draegor había llegado primero. Y Draegor, siendo Draegor, no guardó silencio un segundo. La familia Solvard estaba reunida alrededor de una mesa baja con vino, frutas y pan recién horneado. Lucian hojeaba un libro, Lady Nymera bordaba, y Lord Solvard revisaba unos mapas cuando Draegor entró con la sonrisa de un hombre que venía cargado de chisme puro. —Familia —declaró dramáticamente—, tengo noticias… del corazón. Nymera levantó la vista de inmediato. —¿De Natasha? ¡Dime que está bien! Draegor sonrió como un actor en escena. —Oh, está muy bien. TAN bien… que Kael no la soltó en la caballeriza. Lucian levantó la cabeza bruscamente. El libro se le resbaló de las manos y cayó al suelo. —¿Qué…? —preguntó con la voz tensa, como si no entendiera lo que acababa de escuchar. —Que Kael —repitió Draegor, saboreando cada palabra— la bajó del caballo como si fuera una princesa… y luego se quedaron mirándose como dos tórtolos listos para besarse. Lady Nymera llevó una mano al pecho, sus ojos brillando. —¡¿De verdad?! Ay, mi niño Kael… ¡POR FIN alguien ablanda ese corazón de piedra! Lucian sintió algo duro y amargo alojarse en su pecho. Un dolor que no sabía que era capaz de sentir. Una grieta. Una caída interna. —Kael… —susurró, como si fuera difícil pronunciarlo. Draegor asintió, muy feliz consigo mismo. —Así es, hermanito. Parece que el “soldado impecable” cayó redondito por la dragoncita dorada. Lady Nymera empezó a reír emocionada, agitando la mano que sostenía la aguja de bordado. —¡Ay, por las estrellas! ¡Ya casi casi puedo ver la boda en mi mente! Los colores serían celestes, dorados y blancos… ¡y Nyxara con un velo precioso! Kael se vería TAN elegante… Lord Solvard soltó una carcajada profunda. —Siempre supe que ese muchacho terminaría cayendo ante una mujer excepcional. Era cuestión de tiempo. No hay muro que el amor no derrumbe. Lucian se levantó bruscamente de su asiento. —Es… genial —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Muy… genial. Draegor lo vio salir del salón. Y sonrió con una mezcla de malicia y lástima. —Ay, mi pobre Lucian… —murmuró en voz baja, tomando un sorbo de vino. Nymera suspiró feliz. —¡Estoy tan emocionada! ¡Tengo que ir a ver a Natasha! —Y yo debo felicitar a Kael —rió Lord Solvard—. Aunque me sorprende que no haya tenido un ataque nervioso después de confesar sus sentimientos. Kael y Nyxara cruzaron el arco de piedra que conducía al gran salón. Las antorchas iluminaban sus figuras: él imponente y serio; ella sonrojada, con el cabello aún húmedo por la cascada y una luz nueva en los ojos. El silencio que los recibió fue tan intenso que ambos se detuvieron. Lady Nymera prácticamente saltó de su asiento. —¡MIS NIÑOS! —exclamó con las manos juntas de emoción—. ¡Cómo brillan! ¡Parecen salidos de un cuento! Kael enrojeció al instante. Lord Solvard se levantó despacio, con una sonrisa afilada. —Hijo —dijo con voz poderosa—. Me alegra ver que por fin algo logró romper ese muro emocional tuyo. Kael abrió la boca para protestar, pero solo salió algo como: —Yo… no… eso no es… Draegor se acercó a Nyxara, le tomó la mano con elegancia y le dio un beso en los nudillos. —Querida Natasha… estás resplandeciente. El amor te sienta espectacular. Kael apretó los dientes tan fuerte que una vena le saltó en la frente. —Draegor —advirtió. Nyxara se puso roja como el atardecer. —¿Am… amor? Draegor sonrió como diablo. —Ay, querida. Después de la mirada que se lanzaban en la caballeriza, hasta un ciego se daría cuenta.
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