Lady Nymera no perdió NI UN SOLO segundo.
—Kael, cariño —dijo con una dulzura peligrosa—, ¿cuándo piensas hacer oficial el cortejo?
No seas tímido… ¡que necesitamos tiempo para planear la boda!
Kael casi muere ahí mismo.
—¡¿La qué?! —tosió, atragantándose con su propio aire.
Nyxara abrió mucho los ojos, llevándose una mano al pecho.
—¿Bo… boda? —repitió en shock.
Draegor se cruzó de brazos, disfrutando cada segundo.
—Bueno, claro, madre. No podemos casarlos sin antes anunciar el compromiso.
Espero que Kael ya le haya dicho que piensa darle un beso formal de promesa…
Kael giró hacia su hermano con fuego en los ojos.
—Voy a matarte.
Lady Nymera aplaudió emocionada.
—¡Ay, Kael! Nunca pensé que te enamorarías tan rápido. ¡Estoy tan orgullosa!
Kael estaba rojo.
Rojo como nunca en su vida.
Nyxara estaba tan confundida que solo podía mirar sus propias manos.
A pocos pasos, apoyado contra una columna en penumbra… estaba Lucian.
Oculto, pero escuchando todo.
Cada palabra.
Cada broma.
Cada insinuación.
Y cada una de ellas era una flecha directa a su corazón.
Había estado tan seguro… tan convencido de que él podría ser quien conquistara a Natasha.
Ella reía con él.
Practicaban juntos.
Le contaba sus miedos.
Pero ahora…
Ahora veía a Kael —su hermano imponente, perfecto, el líder, el que siempre se llevaba todo sin quererlo— siendo el elegido.
Lucian sintió un nudo subiéndole por la garganta.
Se obligó a sonreír cuando Nyxara volteó hacia él.
—Lucian… —dijo ella suavemente, como si buscara su apoyo.
Él tragó saliva.
—Me alegro por ti, Natasha —dijo—.
De verdad.
Pero su voz…
no sonaba alegre.
Luego se inclinó en una reverencia y se retiró con pasos rápidos, antes de que alguien viera sus ojos llenarse de lágrimas.
Nyxara dio un paso hacia él.
—Lu…—
Kael la detuvo suavemente del brazo.
—Déjalo —susurró—.
Necesita tiempo.
Pero por dentro, Kael sintió que un puño invisible le golpeaba el pecho.
Él adoraba a Lucian.
Pero también…
No podía renunciar a Nyxara.
Draegor, como siempre, no sabía cuándo detenerse.
—Ay, pobre Lucian —comentó mientras bebía de su copa—.
Primero te roba la atención, luego la magia…
y ahora también el corazón de la chica.
Kael cerró los puños.
—Draegor.
—¿Qué? —preguntó inocente—.
Es solo la verdad.
Kael, el favorito del reino, el héroe, el perfecto heredero…
¿cómo iba Natasha a resistirse?
Kael dio un paso peligroso hacia él.
—Sigue hablando —dijo con voz baja y oscura— y juro que esta noche te saco a entrenar hasta que el amanecer llegue.
Draegor levantó las manos riendo.
—¡Ay, ay! Está bien. Solo bromeo…
en parte.
Nyxara miró a Kael preocupada, tocándole la muñeca.
—Kael… yo… no quiero causar problemas entre ustedes.
Él bajó la mirada hacia su mano sobre su piel.
Y con un gesto suave, casi reverente…
La tomó entre las suyas.
—No eres un problema, Natasha —dijo en voz baja—.
Nunca lo serás.
Draegor sonrió.
Lord Solvard asintió satisfecho.
Lady Nymera casi lloraba de emoción.
Y Lucian, desde el jardín…
escuchó el eco de esas palabras como un golpe final.
La noche había caído.
Y nada volvería a ser igual.
Kael caminó junto a Nyxara por los pasillos silenciosos del castillo. Ella mantenía sus manos entrelazadas nerviosamente, mirando el suelo; él caminaba recto, pero su mente estaba hecha un nudo.
Los dos pensaban en lo mismo.
Lucian.
Pero ninguno se atrevió a mencionarlo.
Cuando llegaron a la habitación, Nyxara abrió la puerta lentamente.
—Kael… —susurró.
Él se inclinó un poco, indeciso al principio, hasta que depositó un beso suave en su mejilla.
Nyxara se quedó completamente inmóvil, sintiendo el calor de ese gesto recorrerle todo el cuerpo.
—Descansa, Natasha… —dijo Kael con una voz sorprendentemente suave—.
Mañana hablaremos.
Ella asintió, sonrojada, y cerró la puerta.
El pasillo quedó en silencio.
Y Kael, que se había prometido no dejar pasar más tiempo, salió a buscar a su hermano menor.
El jardín nocturno estaba tranquilo, iluminado por faroles de cristal y por la luna llena que caía sobre los rosales. Un viento lento movía las hojas, pero aun así…
Kael escuchó los sollozos.
Avanzó con paso firme entre los arbustos hasta encontrarlo.
Lucian estaba sentado en el borde de la fuente, el rostro enterrado entre sus manos, los hombros temblorosos. Sus lágrimas caían y se mezclaban con el agua que brillaba bajo la luna.
Era la primera vez, en años, que Kael lo veía llorar.
Se le clavó un dolor extraño en el pecho.
—Lucian… —llamó en voz baja.
Lucian alzó la cabeza despacio. Sus ojos estaban enrojecidos, las lágrimas resbalando sin que él intentara detenerlas.
Cuando vio a Kael, se puso de pie bruscamente y se secó el rostro con el dorso de la mano, avergonzado.
—No… no vengas a sermonearme, Kael —dijo con la voz rota—.
Ya sé lo que vas a decir.
Kael frunció el ceño, herido por lo que estaba viendo.
—No vengo a sermonearte.
Lucian desvió la mirada, respirando con dificultad.
—Ella… Natasha… —su voz se quebró—.
Yo pensé… pensé que tal vez… que tenía una oportunidad.
Me esforcé tanto por hacerla reír, por ayudarla…
y aún así… te eligió a ti.
Kael sintió la culpa subirle por la garganta como un veneno.
Lucian se llevó una mano al pecho, como si algo le doliera físicamente.
—Tú ya tienes todo, Kael —dijo con un hilo de voz—.
La fuerza, el respeto, la atención de padre…
¿Tenías que quitarme también esto?
Kael dio un paso hacia él, con el corazón latiendo fuerte.
—Lucian… yo no… yo nunca quise herirte.
Lucian rió, una risa triste, rota.
—Pues lo hiciste.
A Kael le dolió como una estocada.
Por un momento, ninguno habló.
Solo el sonido de la fuente llenaba el espacio entre ellos.
Lucian bajó la mirada otra vez.
—Ella es especial, Kael… —susurró—.
Tan especial que por un momento creí… que podía verme a mí como te ve a ti.
Kael cerró el puño, impotente.
—Natasha merece la verdad… —continuó Lucian, limpiándose las lágrimas—.
Y tú… tú tienes que decidir qué vas a hacer con su corazón.
Solo te pido… que no lo rompas.
Kael se acercó un paso más y, sin saber qué más hacer, puso una mano firme en el hombro de su hermano.
Lucian lo dejó… pero no lo miró.
—Lo siento, hermano —dijo Kael, con la voz más sincera que jamás le había escuchado.
Lucian dio un pequeño asentimiento… pero siguió llorando en silencio.
La luna lo iluminaba como si incluso el cielo sintiera su dolor.
Kael se quedó ahí, a su lado, sin moverse.
Era lo mínimo que podía hacer.