La torre mágica de Lucian era el lugar más alto del castillo Solvard.
Un círculo perfecto de piedra blanca y ventanales que dejaban pasar la luz de la luna, iluminando las estanterías repletas de grimorios y cristales.
Lucian subió los escalones lentamente.
Cada paso pesaba.
Cada respiración costaba.
Cuando llegó arriba, cerró la puerta con un chasquido suave y apoyó la espalda contra ella.
Por un rato no se movió.
No habló.
No lloró.
Solo respiró con dificultad, como si su pecho estuviera demasiado apretado para dejar entrar el aire.
Luego caminó hasta el centro de la sala, donde había un círculo de runas grabadas en el suelo.
El lugar donde solía practicar magia desde niño.
Alzó la mano, y una pequeña esfera de luz flotó sobre su palma.
Temblaba, como él.
—Natasha… —susurró, dejando que el nombre se escapara entre sus labios, suave, casi un rezo—.
No quería que me vieras así.
La luz titiló como si respondiera a su tristeza.
Lucian dejó caer la mano, dejando que la esfera se apagara lentamente.
Caminó hasta el gran ventanal arqueado y apoyó la frente contra el cristal frío.
Desde ahí, podía ver el jardín delantero del castillo… el mismo donde Kael había acompañado a Nyxara.
El mismo donde ella había sonreído con los ojos brillantes.
Lucian cerró los ojos con fuerza.
La magia a su alrededor comenzó a reaccionar sin que él lo ordenara.
Libros se abrieron solos.
Plumas temblaron sobre los escritorios.
Un par de cristales tintinearon con un sonido casi triste.
—Soy un idiota… —susurró, con la voz rota.
Tomó aire, intentando calmarse, pero la verdad era una sola:
Su corazón estaba hecho pedazos.
Sabía que Kael y Nyxara se habían elegido.
Lo vio en la manera en que se miraban.
Lo sintió en sus manos entrelazadas.
Y aun así…
su corazón seguía queriéndola.
No de manera obsesiva.
No de una forma que quisiera arrebatarla de nadie.
La quería con una ternura tan profunda que dolía.
Lucian apretó el puño contra su pecho.
—Quiero que seas feliz… aunque no sea conmigo.
Una lágrima cayó finalmente.
Y cuando tocó el suelo, una chispa de magia azul iluminó el círculo rúnico.
Los símbolos se activaron, respondiendo a sus emociones.
Luces suaves, como luciérnagas mágicas, comenzaron a flotar a su alrededor.
Lucian las miró con tristeza, casi disculpándose ante su propia magia.
—Perdón por esto… debería ser más fuerte.
Pero no lo era.
Porque amar por primera vez siempre es un golpe duro.
Y perder ese amor sin haberlo tenido jamás… era aún peor.
Se dejó caer de rodillas dentro del círculo, apoyando las manos en el suelo mientras la magia lo envolvía como un abrazo luminoso.
—Natasha… —susurró una vez más—.
Ojalá nunca te rompan el corazón como el mío se rompe ahora.
El resplandor azul se elevó en espirales suaves, iluminando su rostro húmedo.
Y allí, en la soledad de la torre, Lucian finalmente dejó que el dolor saliera en silencio.
Con dignidad.
Con amor.
Y con una tristeza que solo la luna fue testigo.
Kael cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria.
El golpe resonó en las paredes de piedra, pero él apenas lo notó.
Se apoyó contra la madera, pasando una mano por su rostro.
El día con Nyxara había sido perfecto.
Había sido todo lo que nunca creyó que podría sentir.
Su corazón aún latía rápido, confundido, lleno… vivo.
Pero la imagen de Lucian en la biblioteca, con los ojos rotos y la sonrisa fingida, no lo dejaba respirar.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes.
Caminó hacia el lavabo de piedra y se echó agua fría en la cara.
El agua goteó por su barbilla, pero no apagó el incendio en su pecho.
Kael golpeó el borde del lavabo con el puño.
El sonido seco resonó.
—¿Por qué tuviste que enamorarte de ella, Lucian? —susurró, sin esperar respuesta—.
¿Por qué justo tú?
Su voz temblaba, aunque él nunca admitiría que temía llorar.
Kael se miró en el espejo de metal pulido.
Su rostro serio.
Su ceño fruncido habitual.
Los ojos… heridos.
—Soy tu hermano mayor.
Se supone que debería protegerte… no quitarte lo que deseas.
La palabra “quitar” lo golpeó como una flecha.
Se apoyó en el lavabo, respirando hondo.
Kael nunca había querido nada para él mismo.
Siempre entrenando.
Siempre luchando.
Siempre poniendo al reino primero.
Nunca había amado a nadie.
Nunca había tomado algo solo porque lo quería.
Hasta ahora.
Cerró los ojos y dejó que la imagen de Nyxara lo llenara:
Su sonrisa tímida.
Sus manos calientes brillando en la cueva.
Su voz suave diciendo su nombre.
El beso de la cascada.
Y su pecho se apretó con un dolor insoportable.
—No puedo renunciar a ella… —murmuró casi con miedo.
—Pero tampoco… quiero lastimar a Lucian.
Kael se dejó caer en la cama, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo el rostro en las manos.
Una lucha interna lo desgarraba:
El deber hacia su hermano.
Y el amor que recién empezaba a descubrir.
Una tormenta sin salida.
Golpeó la cama con el puño, frustrado, herido, dividido.
—¿Qué diablos hago…?
¿Por qué ella? ¿Por qué ahora?
Miró hacia la ventana, donde la luna entraba en un rayo suave.
—Natasha… —susurró, con una mezcla de anhelo y angustia—.
Eres lo mejor y lo peor que me ha pasado.
Se quedó así, respirando con dificultad.
El guerrero indestructible.
El soldado perfecto.
Roto por primera vez.
Roto por amor.
Roto por culpa.
Roto entre dos caminos.
Y sin embargo, aun con todo ese peso…
Su corazón seguía eligiéndola.