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1061 Words
La mañana siguiente, el comedor del castillo Solvard estaba más silencioso de lo habitual. Lady Nymera hablaba suavemente con Lord Solvard, sirvientes entraban y salían, y el aroma a pan dulce llenaba la sala… Pero los tres hermanos estaban rígidos en sus asientos. Lucian evitaba mirar a Kael. Kael evitaba mirar a Lucian. Y Draegor… solo sonreía como si estuviera viendo la mejor obra teatral de su vida. Nyxara llegó acompañada de Elin, con un vestido sencillo azul. Sonreía suavemente, sin entender del todo la tensión, pero sintiéndola como un peso en el aire. —Buenos días… —dijo con timidez. Lucian levantó la vista con una sonrisa suave, aunque sus ojos seguían cansados. —Buenos días, Natasha. Kael se aclaró la garganta. —Buenos días —dijo, más suave de lo usual, casi como si ese saludo fuera solo para ella. La silla de Lucian se tensó. Kael lo notó. Nyxara también. La tensión se hizo más gruesa. Lady Nymera sonrió tratando de aligerar el ambiente. —Qué gusto verlos a todos juntos tan temprano. Pero ni su luz maternal podía suavizar lo que flotaba en el aire. Nyxara tomó asiento frente a Lucian y al lado de Kael. Lucian bajó la mirada a su plato. Kael se enderezó, claramente incómodo. El silencio duró unos segundos. Hasta que, por supuesto… Draegor dio un sorbo exagerado a su copa de jugo y dijo: —Bueno, bueno, bueno… esto parece un funeral. ¿Acaso alguien murió? ¿O es que murieron tres corazones? Kael lo fulminó con la mirada. Lucian cerró los ojos con paciencia quemada. Nyxara parpadeó confundida. Draegor apoyó los codos en la mesa, sonriendo como un demonio encantador. —A ver, recapitulemos: Mi querido hermano Kael está cortejando a la hermosa Natasha… Mi querido hermano Lucian parece listo para saltar por la ventana… Y nuestra dulce Natasha no entiende por qué todos actúan como si hubieran tragado clavos. Lady Nymera tosió fuerte. —Draegor, ya basta. —¿Y? ¿Acaso no es verdad, madre? —dijo él riendo, levantando las manos en rendición—. Aunque debo admitir que… —miró a Nyxara con una sonrisa suave, más sincera— …te ves hermosa esta mañana, querida. Kael apretó la mandíbula. Lucian también. Nyxara se puso roja. Lord Solvard dejó su cuchara en la mesa con un golpe leve. —Draegor. Siéntate. Y cállate. Draegor obedeció… pero con una sonrisa victoriosa. La tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo. Y Kael, sofocado por la presión, decidió levantarse. —Tengo entrenamiento —dijo, evitando mirar a Lucian. Lucian apretó su libro contra el pecho. Nyxara lo observó irse… su corazón siguiéndolo sin permiso. El área de entrenamiento estaba desierta cuando Kael llegó. Era temprano, demasiado temprano para que los soldados estuvieran ahí. Pero él necesitaba moverse. Necesitaba golpear algo. Necesitaba sacar lo que tenía atorado en el pecho. Tomó su espada. Y comenzó a entrenar. No con la precisión impecable que lo caracterizaba… Sino con una fuerza casi salvaje. Golpe tras golpe. Movimiento tras movimiento. La espada silbaba cortando el aire, cada vez más rápido, más duro. Sus pensamientos eran un caos: Lucian… Nyxara… el beso en la cueva… la mano de Nyxara tomando la suya… Lucian bajando la mirada… los celos… la culpa… y ese amor naciendo como una tormenta… Un golpe de rabia fue tan fuerte que la espada chocó contra el poste de entrenamiento y se clavó en él, partiéndolo casi a la mitad. Kael respiraba agitado. Empapado en sudor. Con los músculos tensos. Con la mirada oscura. Se dejó caer sobre una rodilla, apoyando una mano en el suelo. —¿Qué… me estás haciendo, Natasha…? —susurró con frustración vulnerable. Entonces escuchó pasos. Soldados empezaron a llegar, y lo vieron así: Temblando. Furioso. Hermético como una noche sin luna. Nadie se atrevió a hablarle. Kael se levantó. Desenterró la espada del poste. —Entrenamiento intensivo hoy —ordenó con voz grave. Los soldados tragaron saliva. Hoy ninguno saldría ileso. Porque el corazón del guerrero estaba en guerra consigo mismo. El entrenamiento había sido brutal. Los soldados estaban exhaustos, sudorosos, algunos incluso temblaban. Pero Kael no se detenía. Se movía como un lobo acorralado, como si no luchara contra un enemigo, sino contra sí mismo. Lord Solvard apareció al borde del campo, observando en silencio. Su mirada era aguda, perceptiva… paternal. Dejó que Kael terminara otro golpe antes de intervenir. —Eso basta —ordenó con voz firme. Kael se detuvo al instante. Jamás desobedecía a su padre. Respirando entrecortado, con la frente perlada de sudor, caminó hacia él. —Padre —se limitó a decir. Lord Solvard no respondió de inmediato. Lo miró… y en su expresión había algo entre orgullo y preocupación. —Te estás destruyendo, Kael. El joven guerrero apretó la mandíbula. —No es nada. Necesito entrenar. —¿Entrenar? —rió suavemente Lord Solvard—. Estás golpeando a tus hombres para evitar ver lo que está pasando en tu corazón. Kael bajó la mirada, como si las palabras fueran flechas. —No quiero hablar de eso. —Pues lo harás —corrigió Lord Solvard, dando un paso más cerca—. Kael, te crié para ser fuerte, sí… pero no para que huyas de tus sentimientos como si fueran un enemigo. Kael se tensó. —No estoy huyendo. —Estás corriendo más rápido que cualquier monstruo que hayas enfrentado —rebatió su padre. Silencio. El viento movió las hojas. Un soldado tosió a lo lejos. Lord Solvard bajó la voz. —¿La amas? Kael cerró los ojos un segundo. Una tormenta se reflejó en su expresión. —Sí —respondió finalmente, en un susurro casi trágico—. Pero no puedo… no puedo hacerle esto a Lucian. Lord Solvard lo observó con compasión paternal. —Escúchame bien, Kael. El amor no es un premio que se reparte entre hermanos. El amor es una elección… y ella te eligió a ti. Kael sintió que su corazón temblaba. —Pero él… —su voz se quebró ligeramente. Lord Solvard puso una mano firme en su hombro. —Lucian sobrevivirá a un corazón roto. Pero tú… si renuncias a ella, te romperás por dentro para siempre. Era la primera vez que Kael escuchaba esas palabras. Y la verdad de ellas lo golpeó más fuerte que cualquier espada.
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