Mientras tanto, Nyxara caminaba por el castillo con su libro de dragones en brazos.
Había intentado concentrarse en las palabras, pero su mente estaba llena de Kael.
De su beso en la frente.
De su confesión velada.
De cómo la había tomado de la mano.
Pero también pensaba en Lucian.
En su mirada rota en la biblioteca.
En su sonrisa fingida.
En su dulzura herida.
No quería evitarlo.
No quería lastimarlo más.
Y sin planearlo… lo encontró.
Lucian estaba en un pasillo lateral, sosteniendo unos pergaminos.
Parecía frágil en ese instante, como si la luz fuera demasiado fuerte para él.
Cuando levantó la vista, sus ojos se encontraron.
Nyxara sintió un nudo en la garganta.
—Lucian… —dijo con suavidad.
Él intentó sonreír, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Natasha.
Buenos días… ¿estás bien?
Su voz era amable, dulce… y triste.
Nyxara dio un paso hacia él.
—Quería… quería hablar contigo —murmuró—.
Lo de anoche… no quiero que te sientas mal por mí.
Lucian bajó la mirada.
—No estoy mal por ti, Natasha —corrigió con ternura—.
Estoy mal… por mí.
Porque a veces el corazón quiere lo que no puede tener.
Las palabras lo hirieron incluso al decirlas.
Y a ella también.
Nyxara extendió una mano, tímida, para tocar su brazo.
—Pero tú eres importante para mí —susurró.
Lucian cerró los ojos, como si ese gesto fuera demasiado.
—Lo sé.
Y eso hace que duela más… y menos al mismo tiempo.
Cuando volvió a mirarla, una lágrima contenida brillaba en sus pestañas.
—Natasha… prométeme algo.
—¿Qué cosa? —preguntó Nyxara, con el corazón encogiéndose.
Lucian respiró hondo.
—Prométeme que serás feliz.
Con él… con quien sea.
Pero feliz.
Nyxara sintió que esa frase la atravesaba como fuego y hielo.
Ella asintió con los ojos brillantes.
—Lo prometo.
Lucian sonrió —una sonrisa triste, hermosa, llena de amor no correspondido—.
—Entonces… estaré bien.
Y pasó a su lado, despacio, para seguir su camino.
Nyxara se quedó quieta, sintiendo cómo su corazón se dividía entre dos mundos.
Nyxara regresó a su habitación con el corazón temblando.
Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, respirando hondo.
Volvió a su cama y abrió el libro de dragones… pero las palabras ya no tenían sentido.
Su mente estaba muy lejos de esas páginas.
Se tocó los labios, luego la frente, recordando:
El beso suave de Kael.
La mirada triste de Lucian.
El brillo expectante de los dos.
Su corazón latía rápido, demasiado rápido.
—¿Qué… qué es esto? —susurró para sí misma.
Se abrazó a la almohada.
Ella sabía luchar.
Sabía volar.
Sabía enfrentarse a tormentas cuando era dragona.
Pero esto…
esto era una tormenta completamente distinta.
Cerró los ojos.
—En mis sueños… yo vuelo libre.
No elijo nada, no elijo a nadie.
Solo vuelo.
¿Por qué ahora sentía que su pecho era demasiado pequeño para contener tantas emociones?
¿Que si elegía a uno… le arrancaría el corazón al otro?
¿Y por qué… por qué su alma vibraba cuando Kael decía su nombre?
—¿Qué es… el amor? —murmuró.
Y por primera vez en su vida, incluso como dragona…
Nyxara sintió miedo.
Un miedo hermoso y aterrador.
Kael caminó rápido por los pasillos, aún escuchando las palabras de su padre como un eco constante.
"Ella te eligió a ti."
¿De verdad?
¿Eso había visto su padre?
Esas palabras eran suficientes para hacer temblar al guerrero implacable.
Se detuvo frente a la habitación de Nyxara.
Levantó la mano…
pero dudó.
No quería asustarla.
No quería apresurarla.
No quería herir más a Lucian.
Pero también necesitaba verla.
Necesitaba oír su voz.
Necesitaba confirmar que lo que sentía no era una ilusión de la cascada.
Golpeó suavemente la puerta.
—¿Natasha…?
Dentro, Nyxara se incorporó de inmediato, con los latidos acelerados.
Abrió la puerta… y lo vio.
Kael estaba ahí, con el cabello ligeramente desordenado por el entrenamiento, la mirada intensa, el pecho respirando agitado como si hubiera corrido por todo el castillo solo para encontrarla.
—Kael… —susurró, sintiendo cómo su corazón se expandía.
Kael tragó saliva.
Parecía luchar contra mil pensamientos a la vez.
—Necesito hablar contigo —dijo con voz baja, casi temblorosa.
Ella abrió la puerta por completo.
—Pasa.
Kael entró, y por un instante, ambos se quedaron de pie, demasiado cerca, demasiado conscientes del otro.
—Natasha… —empezó él, con el ceño fruncido, como si las emociones lo agobiaran—.
Quiero que… sepas que yo no… que yo no estoy jugando.
Nada de lo que siento por ti es… ligero.
Nyxara lo miró como si le costara respirar.
—Yo… no sé qué siento —confesó con honestidad pura—.
Pero cuando estoy contigo… mi pecho duele y se llena al mismo tiempo.
Los ojos de Kael ardieron, suaves, feroces.
—A mí me pasa lo mismo.
Ese simple intercambio fue un torbellino contenido.
Kael dio un paso más cerca.
—Natasha… no sé cómo amar bien. Nunca lo he hecho.
Pero quiero… hacerlo contigo. Si tú…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Nyxara sintió que el mundo entero se detenía.
—
Antes de que Kael pudiera continuar, un golpe en su corazón lo hizo retroceder.
El recuerdo de Lucian.
Su hermano.
Su sangre.
Kael apretó los puños.
—Solo… necesito que tengas paciencia conmigo —dijo suavemente—.
Con… todo esto.
Nyxara asintió.
—Yo también necesito entender.
Y sus manos, sin pensarlo, se rozaron.
Un toque leve.
Un fuego completo.