Pasaron unos minutos. El pasillo estaba tranquilo. En la habitación solo se escuchaban los suspiros febriles de Nyxara.
La puerta se abrió suavemente.
—Mi lady… —susurró Elin, entrando con una bandeja entre las manos—.
La doncella vio que Nyxara estaba recostada, medio dormida, pero con los labios pálidos y las cejas fruncidas por el malestar. Se acercó sin hacer ruido y dejó la bandeja sobre la mesita.
—Antes de que vuelva a dormirse —dijo con voz cálida—, coma algo sustancioso. La fiebre roba mucha energía, mi lady. Necesita fuerzas.
Nyxara abrió los ojos lentamente cuando Elin la tocó el hombro.
—¿Comida…? —preguntó con voz débil.
—Solo un poco, mi lady. Una sopa suave, pan y un té especial que preparó Maelor. Le hará bien.
Nyxara, a pesar del cansancio, asintió.
Elin la ayudó a incorporarse con almohadas detrás de la espalda y le acercó la bandeja.
El aroma cálido de la sopa llenó la habitación.
Nyxara tomó la primera cucharada con esfuerzo.
Y de pronto…
el sabor la hizo sonreír.
—Está… rico —susurró, sorprendida.
—Me alegra —respondió Elin, acariciándole el cabello como una madre—. Coma despacio. Después podrá dormir todo lo que necesite.
Nyxara comió un poco más.
El calor regresó lentamente a sus manos.
Se sentía amada. Protegida. Cuidada.
Y sin saberlo…
esa calma era justo lo que necesitaba.
Porque afuera del castillo, en el campo de entrenamiento…
Kael acababa de enterarse de que Lucian y Draegor habían estado en la habitación de Nyxara.
Y la tormenta dentro de él estaba lista para estallar.
Después de horas intentando concentrarse en entrenar, en leer informes y en ignorar el ardor inquieto que sentía en el pecho, Kael finalmente se rindió.
No podía más.
Sus pasos lo llevaron por los pasillos casi sin pensarlo.
Subió las escaleras en silencio, su respiración profunda pero acelerada.
Hasta que estuvo frente a la puerta de Nyxara.
Por un instante dudó.
¿Tenía derecho a entrar?
¿Debía hacerlo?
Pero la preocupación fue más fuerte.
Giró la perilla con cuidado y entró.
La habitación estaba en penumbra.
Nyxara dormía acurrucada bajo las mantas, el cabello blanco extendido como un halo luminoso sobre la almohada. Su respiración era suave, pero la fiebre todavía coloreaba sus mejillas.
Kael dio un paso dentro.
Y entonces lo escuchó.
Un susurro débil.
Suave.
Involuntario.
—…Kael…
Kael se quedó inmóvil.
Como si el mundo acabara de detenerse.
Su nombre.
En sus labios.
Dicho con ternura.
Dicho con necesidad.
Dicho dormida, sin consciencia, sin filtro, como si el corazón de Nyxara hablara sin permiso.
El pecho de Kael se tensó.
Su mandíbula se aflojó.
Su corazón golpeó una sola vez, fuerte, doloroso.
Se acercó despacio, como si temiera romper algo sagrado.
Nyxara volvió a murmurar.
—…Kael… no te… vayas…
Él cerró los ojos un instante.
Había soportado monstruos, tormentas, heridas, guerras.
Pero eso…
Ese susurro…
Eso lo desarmó.
Se inclinó sobre ella, observándola de cerca.
Sus pestañas largas.
Sus labios temblorosos por la fiebre.
La forma en que su cuerpo buscaba calor.
Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, sin poder evitarlo…
Depositó un beso suave en su frente.
Un gesto breve, torpe, contenido…
pero lleno de algo que Kael no sabía nombrar.
—Niña tonta —susurró, con la voz más suave que jamás había usado—. Deja de ser tan adorable.
Se quedó mirándola unos segundos más, como si quisiera memorizar esa tranquilidad efímera.
El fuego en su pecho ardía sin control.
Y por un momento, Kael sintió miedo.
No de la batalla.
No de la tormenta.
No de los monstruos.
Miedo de lo que ella estaba despertando en él.
Se enderezó, respiró hondo y dio media vuelta.
Sin un sonido más, salió del cuarto cerrando la puerta con toda la delicadeza que su fuerza le permitía.
Afuera, apoyó la espalda en la pared.
Y exhaló.
—¿Qué me estás haciendo, Natasha? —murmuró sin que nadie lo oyera.
Faltaban solo dos días para la gala, y Nyxara ya se sentía mucho mejor.
La fiebre había bajado y su cuerpo, aunque aún débil, recuperaba la energía que la tormenta le había arrebatado.
Ese mediodía, la puerta de su habitación se abrió con un suave golpeteo.
—Mi lady Natasha —anunció la modista con voz melodiosa—. Traigo el vestido terminado.
Nyxara se enderezó en la cama, curiosa.
Elin abrió más las cortinas para que entrara luz, y el cuarto se llenó de un brillo cálido.
La modista avanzó con un cuidado ceremonial, cargando una funda larga y blanca.
Con un movimiento delicado, la abrió…
Y entonces Nyxara lo vio.
El vestido dorado.
De un dorado suave, cálido, como luz de amanecer sobre escamas antiguas.
Con motivos blancos bordados a mano, líneas que parecían relámpagos sutiles, raíz de un poder que Nyxara ya no recordaba… pero que la reconocía.
Sus ojos se abrieron como si hubieran visto el cielo por primera vez.
—Mi lady… —dijo la modista con orgullo—. Está hecho especialmente para usted. Tomando en cuenta su piel, su cabello, y… lo que usted inspira.
Nyxara tocó la tela con la punta de los dedos.
Era ligera, suave, casi ingrávida.
Como si no fuera ropa humana… sino parte de ella misma.
—¿Puedo… probármelo? —preguntó con una voz llena de ilusión.
—Por supuesto, mi lady —sonrió la modista.
Elin ayudó a Nyxara a ponerse de pie y, entre ambas, le colocaron el vestido con sumo cuidado.
Cuando por fin se lo ajustaron y Nyxara se vio en el espejo…
El aire se detuvo un instante.
El vestido se ceñía a su figura con una elegancia natural.
El dorado realzaba el brillo de su piel pálida.
El blanco iluminaba su cabello como si fuera una cascada de luz.
Sus ojos, normalmente claros, parecían más profundos.
Eterna.
Etérea.
Como si su verdadera forma—la dragona de trueno—hubiera despertado un poco bajo la superficie.
Elin llevó una mano a la boca, impresionada.
—Se ve… hermosa, mi lady —dijo con sinceridad casi emocionada.
La modista asintió con los ojos brillantes.
—No es solo hermosa… —susurró con reverencia—. Se ve como si el vestido hubiera sido hecho para usted desde antes de nacer. Como si… fuera suyo desde siempre.
Nyxara no sabía cómo responder.
Solo sintió un calor extraño en su pecho.
Una sensación de pertenencia.
Como si una parte olvidada de ella hubiera sonreído.
—Gracias… —susurró.
Y por primera vez desde que cayó del cielo…
se sintió un poco más completa.