Después de la cena tensa y de las miradas silenciosas que la dejaron confundida y con el corazón inquieto, Nyxara regresó a su habitación.
Elin ya la esperaba allí.
La doncella estaba preparando el camisón de franela y calentando un poco la habitación con braseros suaves, asegurándose de que Nyxara no volviera a enfermar.
Cuando Nyxara se sentó en la cama, se abrazó a las rodillas de forma tímida.
Estaba nerviosa.
Muy nerviosa.
Miró a Elin, respiró hondo y finalmente preguntó:
—Elin… ¿cómo son… las galas?
Elin dejó de doblar una manta y la miró con ternura.
—¿Nunca ha estado en una, mi lady?
Nyxara negó, ocultando un poco el rostro en su cabello blanco.
—No… —admitió—. No sé qué se hace. No sé cómo comportarse. Me… me preocupa hacerlo mal.
Elin sonrió y se sentó a su lado en la cama, como una hermana mayor explicándole el mundo.
—Mi lady Natasha… las galas no son tan complicadas como parecen. —Le tomó una mano con suavidad—. Son fiestas elegantes donde la gente se arregla, conversa, baila y muestra sus mejores modales.
Nyxara abrió los ojos, alarmada.
—¿Bailar? ¿Tengo que bailar?
Elin rió suavemente.
—Quizá. Si alguien la invita. Normalmente la pareja con la que vas te ofrece el primer baile… pero como usted irá acompañada por toda la familia Solvard, eso cambia un poco.
Nyxara no entendía del todo, pero su corazón latió más rápido al pensar en alguien específico.
Elin la vio sonrojarse… y entendió perfectamente por dónde iban sus pensamientos.
—No se preocupe —continuó con dulzura—. Nadie la obligará a bailar si no quiere. Usted solo debe sonreír, saludar y disfrutar. Y créame, con ese vestido dorado y esos accesorios… todos van a mirarla.
Nyxara se ruborizó más.
—Eso me preocupa también…
Elin apretó su mano con cariño.
—Sé que puede parecer intimidante. Pero mi lady… usted tiene una luz muy especial. En las galas, la gente solo quiere verla brillar.
—¿Brillar? —preguntó Nyxara, confundida pero intrigada.
—Sí —asintió Elin—. Todos buscamos a las personas que hacen la noche más hermosa. Y usted… lo hará sin siquiera intentarlo.
Nyxara suspiró.
—¿Y qué hago si alguien me pide bailar?
Elin sonrió con picardía.
—Dependerá de quién se lo pida.
Los ojos de Nyxara se abrieron de par en par.
—¿Q-qué… qué quiere decir?
—Nada nada —dijo Elin con una risa suave, levantándose—. Solo que… ciertas personas podrían sentirse muy honradas de bailar con usted.
Nyxara se mordió el labio, nerviosa.
—¿Ka—?
Elin levantó la mano rápidamente, sonriendo.
—Shh… no lo diga. —Le guiñó un ojo—. Pero si ese alguien se arma de valor… no lo rechace tan rápido.
El corazón de Nyxara dio un vuelco dulce.
Cuando Elin apagó las luces y la arropó, Nyxara se quedó mirando el techo, su pecho lleno de pensamientos:
Draegor…
Lucian…
Kael…
Y sin querer admitirlo ante sí misma…
solo un nombre hacía que su corazón temblara.
Kael.
Mañana sería la gala.
Y nada… absolutamente nada… sería igual después de ella.
La luz del amanecer entró suave, dorada como miel, llenando la habitación de Nyxara con un brillo cálido.
Hoy no era una mañana cualquiera.
Era el día de la gala.
El día en que todo el reino estaría en el castillo.
El día en que Nyxara sería presentada oficialmente ante nobles, aliados y visitantes.
Elin entró en la habitación con pasos ligeros y una sonrisa radiante.
—¡Buenos días, mi lady Natasha! —canturreó mientras abría las cortinas—. Hoy es la gala. ¿Lista para brillar como un rayo de sol?
Nyxara se sentó lentamente, abrazando la manta con nerviosismo.
—¿De verdad… debo ir? —preguntó con timidez.
Elin rió con cariño.
—Mi lady, usted es la gala.
Nyxara se sonrojó con fuerza.
La fiebre ya había desaparecido.
Su piel estaba suave, fría, perfecta para la ocasión.
Y aunque su corazón latía rápido, se sentía más fuerte que todos los días anteriores.
Una fuerza suave, distinta.
Una fuerza que ni siquiera sabía que tenía.
Elin le trajo una bandeja con pan dulce, frutas frescas y té de hierbas.
—Debe comer bien. Hoy necesitará energía.
Nyxara comió despacio, mirando el vestido dorado colgado cerca del tocador.
Cada vez que lo miraba, sentía un escalofrío en la espalda… como si una parte antigua dentro de ella despertara.
—Elin… —murmuró— ¿y si alguien me pide bailar? ¿Y si me caigo? ¿O si no sé qué hacer?
Elin puso una mano en su hombro.
—Mi lady, confíe en mí. Va a estar perfecta. Y si alguien quiere bailar con usted… —sonrió de lado— se asegurará de que esa persona no la deje caer jamás.
Nyxara se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado.
Pensó en Draegor…
en Lucian…
y luego…
inevitablemente…
en Kael.
Solo pensar en él le calentaba las mejillas.
Draegor
Estaba frente al espejo, probándose distintas capas para ver cuál combinaba mejor con el color de ojos de Nyxara.
—Hoy voy a lucir irresistible —dijo a uno de los sirvientes—. Y ella lo notará.
Lucian
Practicaba pequeños trucos de magia con cristales de luz.
—Quizá… algo bonito para ella. Nada exagerado… solo algo que la haga sonreír —murmuró, sonrojándose solo.
Kael
En el campo de entrenamiento, ya vestido con ropa formal oscura, practicaba movimientos de espada que no necesitaba practicar.
Intentaba no pensar.
Fallaba.
Mal.
Golpeó un maniquí con demasiada fuerza.
—¿Por qué diablos estoy tan nervioso? —murmuró entre dientes.
Pero sabía la respuesta.
La había sabido desde que la encontró en la tormenta.
Después del desayuno, Elin aplaudió suavemente.
—Muy bien, mi lady. El día ha comenzado. Tenemos mucho que hacer antes de que las puertas de la gala se abran.
Nyxara respiró hondo.
Elin comenzó a preparar la habitación como si estuviera por llevarse a cabo un ritual sagrado.
Colocó sobre la mesa los accesorios dorados y blancos, las peinetas, los brazaletes, los anillos y el collar que brillaba con un pequeño rayo atrapado en su interior.
La luz del amanecer rebotaba en cada pieza, creando destellos mágicos alrededor de Nyxara.
—Muy bien, mi lady —dijo Elin con suavidad—. De pie… vamos a empezar.
Nyxara respiró hondo y se levantó.
Elin la guió hasta el tocador, donde la esperaba un asiento mullido y una manta sobre los hombros para que no tomara frío.
El primer paso fue un baño tibio con esencias de flores blancas y pétalos dorados que flotaban sobre el agua.
Elin le vertió agua sobre los hombros.
—Esto relaja el cuerpo y da brillo a la piel —explicó.
Nyxara cerró los ojos.
La fragancia era suave, como una mezcla de lluvia y miel.
Cuando salió del baño, su piel parecía relucir por sí sola.
Elin tomó un cepillo especial de madera pulida.
—Su cabello será lo primero que todos mirarán —dijo con cariño.
Nyxara rió tímidamente.
Elin comenzó a cepillar su largo cabello blanco.
Cada pasada parecía desenredar también los nervios de la joven dragona.
Luego lo dividió en secciones finas.
—Haré un peinado semirrecogido, mi lady, para que las peinetas destaquen.
Le trenzó dos mechones del frente hacia atrás, dejando caer el resto como cascada luminosa.
El cabello brillaba más que nunca; casi parecía absorber la luz.
Cuando colocó las peinetas doradas con cristales, estas parecieron encenderse al tocar su cabello.
—Perfecto… parece que fueron hechas para usted —susurró Elin.