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1028 Words
Cada día, los preparativos aumentaban: —Servidores cargando cajas de decoraciones. —Flores de invierno llegando de los invernaderos. —Vestidos y trajes finos siendo ajustados por los sastres reales. —Instrumentistas practicando melodías en las salas laterales. Todos hablaban de la gala. Todos esperaban con entusiasmo el evento que reuniría a nobles de varios reinos. Y todos sabían una cosa: Nyxara debía elegir con quién asistir. La presión era suave pero constante. Lucian no la mencionaba, pero la miraba a veces con una esperanza tímida. Draegor lo hacía con descaro y encanto cada vez que podía. Kael… Kael actuaba como si no le importara en absoluto. Pero sus silencios eran demasiado largos. Sus miradas demasiado intensas. Y sus entrenamientos demasiado feroces. Cuando estaba sola en la biblioteca, sentado en la gran mesa central, a veces dejaba el libro a un lado y apoyaba la frente en sus manos. Pensaba en la gala. En la elección. En la palabra cariño que Lucian le había explicado. Pensaba en Draegor… en cómo la hacía reír, cómo la protegía con palabras bonitas, cómo la hacía sentir admirada aunque no siempre lo entendiera. Pensaba en Lucian… en su ternura, su paciencia, su bondad pura. Y pensaba en Kael… …y entonces su pecho hacía ese movimiento extraño, ese salto, ese calor que no sabía nombrar. Pero lo que sí sabía era que, cuando pensaba en la gala… ninguno de ellos se veía claro en su mente. No porque no le importaran. Sino porque no entendía por qué elegir era tan difícil. El tiempo corría. La gala estaba cada vez más cerca. Y Nyxara… no sabía qué hacer con su corazón. La biblioteca estaba silenciosa cuando los pasos apresurados de Elin irrumpieron en la calma. Nyxara levantó la vista, sorprendida al ver a la doncella con una expresión emocionada. —Mi lady Natasha, la modista real ha llegado para tomar sus medidas —anunció con una reverencia leve—. Dice que es urgente, ya que la gala está muy cerca. Nyxara parpadeó, confundida. —¿Medidas? ¿Para qué? Elin sonrió con paciencia. —Para su vestido de gala, mi lady. Debe lucir radiante. Nyxara sintió un cosquilleo extraño en el estómago. Vestido de gala. La idea la intimidaba y emocionaba al mismo tiempo. Elin la guió fuera de la biblioteca y bajaron por los pasillos hasta llegar a una sala amplia donde una mujer elegante, de cabello gris recogido y dedos finos, esperaba rodeada de telas brillantes. La modista real. Al verla, la mujer hizo una reverencia impecable. —Mi lady Natasha, qué honor —dijo con voz melodiosa y profesional—. Su primer gala. Debemos asegurarnos de que luzca como… bueno, como alguien que cayó del cielo. Nyxara se sonrojó, sin entender la metáfora, pero asintió. —Gracias… supongo. La modista sonrió y chasqueó los dedos. Sirvientes entraron con cajas de cintas, agujas, brocados y telas que parecían brillar por sí mismas. Elin se colocó detrás de Nyxara, arreglando su postura. —Manos a los lados, mi lady. La modista comenzó a medir su cintura, su busto, la caída de sus brazos, la curva delicada de su espalda, murmurando notas rápidas: —Delicada… —Piel luminosa… —Cabello extraordinario… —Necesita tonos que resalten su blancura, pero sin apagarla… Nyxara estaba inmóvil, sintiéndose como una figura de porcelana que todos querían vestir. —¿Qué color le gustaría usar? —preguntó de pronto la modista. Nyxara levantó la mirada. —No lo sé… no conozco estos… rituales humanos. La modista sonrió suavemente. —Entonces elegiré por usted. Pero… —alzó una ceja— dígame algo, mi lady: ¿quiere lucir fuerte… …o quiere lucir hermosa? Nyxara abrió los ojos, confundida. —¿Puedo… ser ambas? La modista se quedó en silencio un segundo… y luego sonrió con fascinación pura. —Sí. Sí que puede. Y así será. La modista seguía mostrando telas, una tras otra, mientras Nyxara intentaba comprender qué sentimiento debía buscar en un vestido humano. Azul profundo. Verde esmeralda. Rojo intenso. Blanco perlado. Todas eran hermosas. Todas parecían hechas para una princesa humana. Pero ninguna… ninguna le hablaba. Hasta que una asistente abrió una caja larga y reveló un rollo de tela radiante. Dorada. No amarilla. No mostaza. Dorada como un rayo atrapado en seda. La luz del sol la tocó… y el brillo llenó toda la habitación. Como si la tela tuviera vida propia. Nyxara sintió cómo algo dentro de ella… despertaba. Un recuerdo. Un eco. Un brillo que alguna vez habitó su piel escamada y poderosa. Blanco con oro. Oro que corría por su cuerpo como venas de tormenta. Como el trueno encarnado. Sin darse cuenta, Nyxara extendió la mano y rozó la tela. Un escalofrío recorrió su piel. —E-Esto… —susurró, casi sin voz—. Este… me llama. Elin abrió los ojos, sorprendida por el cambio en su expresión. La modista se inclinó hacia adelante con un interés inmediato. —¿Este, mi lady? Nyxara asintió lentamente. —Es cálido… pero también fuerte. Tiene… algo. Como si… —se tocó el pecho, confusa— como si lo hubiera llevado antes. La modista sonrió de inmediato, victoriosa. —Dorado será entonces. Un color que no cualquiera puede llevar… pero usted lo hará brillar. Nyxara no entendió del todo lo que quería decir. Pero sí entendió esto: Ese color se sentía como hogar. Aunque ella no recordara su hogar. La modista colocó la tela sobre Nyxara, dejándola caer sobre sus hombros. El dorado abrazó su piel y sus ojos brillaron más. Por un instante… por un segundo fugaz… Nyxara se vio a sí misma como lo que realmente era. Una criatura antigua. Majestuosa. Radiante. Peligrosa y hermosa al mismo tiempo. Elin exhaló en voz baja. —Parece… hecha para usted. Nyxara bajó la mirada, con un rubor suave en las mejillas. —No sé por qué… pero se siente bien. La modista sonrió mientras tomaba nuevas medidas con entusiasmo redoblado. —Será un vestido digno de una leyenda, mi lady. Se lo prometo. Y mientras la tela dorada brillaba en el aire… Nyxara sintió que, por primera vez, algo de su verdadero ser intentaba regresar.
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