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970 Words
Mientras Kael y Nyxara hablaban en voz baja, Lucian caminaba por el castillo con los ojos un poco rojos aún. Lady Nymera lo encontró en el salón de música, sentado frente a la ventana, mirando hacia la nada. —Hijo… —dijo ella con suavidad. Lucian tragó saliva, sin mirarla. —Estoy bien, madre. —No, no lo estás —se sentó a su lado, tomándolo de la mano como cuando era niño—. Y está bien no estarlo. Lucian inclinó la cabeza. —Madre… ¿por qué duele tanto querer a alguien? Es hermoso… pero duele tanto. Lady Nymera acarició su cabello. —Porque amar es tener el corazón expuesto, Lucian. Y tú tienes uno de los corazones más puros que he conocido. Una lágrima escapó de los ojos de Lucian. —Él la hace feliz —susurró con la voz quebrada—. Y ella lo mira… como nunca me ha mirado a mí. Lady Nymera apoyó su frente contra la de su hijo. —Te prometo esto: El amor que das regresará a ti algún día, y será igual de grande y luminoso como tú. Lucian cerró los ojos, dejando que su madre lo abrazara. —Solo no quiero perderlos a ambos. —No los perderás —dijo ella, segura—. El amor no se rompe cuando es verdadero. Solo… cambia de forma. Lucian inhaló profundamente y se limpió las lágrimas. —Intentaré estar bien, madre. —Lo sé. Y estaré contigo para ayudarte. El silencio en la habitación era tan frágil que parecía que si uno respiraba fuerte, se rompería. Nyxara y Kael seguían de pie, tan cerca que sus manos casi se tocaban sin hacerlo. Kael la miraba como si quisiera grabar cada detalle de su rostro en su memoria: sus pecas, sus pestañas blancas, la forma en que sus labios temblaban apenas. —Natasha… —empezó con voz baja, profunda, cargada de algo nuevo—. Esta noche estaré patrullando el lado oeste. Ha habido rastros de monstruos… y debo asegurarme de que no se acerquen al castillo. Nyxara abrió los ojos con preocupación inmediata. —¿Estarás bien? —preguntó, dando un paso tan pequeño que ni ella misma notó. Kael sonrió de lado, apenas, con esa expresión que parecía derretirse solo para ella. —Siempre estoy bien. Pero… —siguió, bajando la mirada un segundo antes de volver a alzarla hacia ella— estaré pensando en ti. En regresar… a ti. Las palabras hicieron que el mundo de Nyxara explotara en una única sensación cálida, dulce y aterradora. Sentía el corazón saltarle dentro del pecho. Él se acercó un poco más. Lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su respiración. —Natasha… —susurró—. ¿Puedo…? No terminó la frase. Porque Nyxara ya había levantado ligeramente el rostro, como una flor abriéndose hacia la luz. Y Kael, por primera vez en su vida, dejó caer todas sus defensas. Se inclinó despacio, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza habitual. Y la besó. Un beso pequeño. Suave. Cálido. Dulce. Pero tan lleno de emoción contenida que Nyxara sintió que su cuerpo entero brillaba por dentro. Kael respiró hondo contra sus labios, como si ese simple roce le robara la fuerza y a la vez se la devolviera toda multiplicada. El beso duró un instante. Pero ese instante… cambió todo. Cuando se separaron, sus frentes quedaron pegadas por un segundo eterno. Nyxara abrió los ojos lentamente, encontrando los de él ya mirándola con una mezcla peligrosa: ternura… y fuego. Kael levantó una mano para rozar su mejilla con la punta de los dedos. —Debo irme… —susurró, con la voz quebrada por el deseo de quedarse— pero por primera vez… no quiero ir a la batalla. Quiero quedarme aquí. Contigo. Nyxara apenas pudo respirar. —Regresa a mí —dijo sin pensar, dejando escapar su corazón en las palabras. Kael cerró los ojos un instante, como si esa frase lo marcara en el alma. —Siempre. Y con una última mirada que ardía como promesa, salió de la habitación… dejándola con los labios aún temblando y el corazón desbordado. Nyxara no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el eco del beso de Kael en sus labios: suavísimo, pero lleno de una intensidad que le temblaba aún en el pecho. Cuando escuchó pasos en el patio delantero, se levantó y corrió hacia su ventana. La abrió lentamente. La brisa nocturna, fría y húmeda, le erizó la piel. La luna teñía todo de plata. Y ahí abajo… Kael. Con su armadura ligera de patrullaje. Su capa oscura ondeando al viento. Su espada a la espalda. Su expresión seria, concentrada… pero con un brillo nuevo, un brillo que ella reconocía porque lo había visto en su mirada antes de salir: Pensaba en ella. Nyxara apoyó ambas manos en el marco de la ventana. —Kael… —susurró, aunque sabía que él no podía escucharla. Pero en ese momento, como si alguna fuerza entrelazada los uniera… Kael se detuvo. Y levantó la mirada. La vio. En lo alto. Con el cabello blanco bailando con el viento. Los ojos brillando como estrellas asustadas. Kael sintió algo en el pecho, una mezcla de ternura y necesidad. Le dio una media sonrisa apenas visible, una sonrisa tímida, casi secreta. Nyxara la sintió… y una calidez se extendió por su cuerpo y sus alas invisibles. Ella levantó una mano, como despidiéndose. Kael asintió. —Volveré a ti —murmuró él, aun sin estar seguro si ella lo escuchaba. Luego montó su caballo y salió por la puerta principal, acompañado por solo dos soldados. Nyxara permaneció en la ventana hasta que la oscuridad lo tragó por completo. Algo en su interior se apretó con fuerza. —Por favor… vuelve.
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