El bosque del oeste era silencioso.
Demasiado silencioso.
Kael lo notó antes que sus hombres.
Sus sentidos estaban más alerta que nunca, como si una parte de él supiera que esta noche algo iba a ocurrir.
—Manténganse atentos —ordenó.
Los caballos avanzaron entre ramas, hojas y sombras profundas.
El aire estaba pesado, cargado.
Uno de los soldados murmuró:
—Señor… esto no se siente normal. Es como si algo nos estuviera observando.
Kael frunció el ceño.
—No.
No nos observa.
Nos acecha.
Y entonces ocurrió.
Un gruñido desgarrador estalló desde los árboles.
Los caballos relincharon.
Los hombres levantaron sus armas.
Un monstruo enorme saltó entre las sombras, sus ojos rojos brillando, su piel negra como petróleo, sus garras filosas como obsidiana.
Kael desenvainó su espada en un solo movimiento.
El monstruo embistió.
Kael rodó hacia el suelo y esquivó las garras que cortaron el aire donde su cabeza había estado unos segundos antes.
Los soldados no tuvieron tanta suerte.
—¡Señor! ¡Es demasiado rápido!
El monstruo lanzó un rugido tan fuerte que las hojas temblaron.
Kael no tuvo tiempo de dudar.
No podía fallar.
No esta noche.
No cuando alguien lo esperaba.
—¡Retrocedan! ¡Aguanten la línea! —rugió Kael, interponiéndose entre la bestia y sus hombres.
El monstruo lo atacó con una fuerza brutal.
Kael bloqueó el golpe, pero el impacto lo hizo retroceder varios pasos.
El monstruo era más fuerte de lo normal.
Mucho más fuerte.
Kael apretó los dientes.
—No te dejaré llegar al castillo —espetó con furia contenida—.
No mientras yo viva.
La criatura volvió a lanzarse.
Kael esquivó, giró, y su espada brilló bajo la luna mientras la hundía en el costado del monstruo.
Un alarido ensordeció el bosque.
Pero no cayó.
No.
Esta cosa no era normal.
Kael lo supo al instante.
Sus ojos se tensaron.
—Maldita bestia… ¿qué eres?
Pero el monstruo no respondió.
Solo rugió y lo atacó con más ferocidad.
Kael se preparó para el siguiente embate…
Y el bosque se iluminó de pronto con un relámpago azul.
Algo en la distancia… algo antiguo… algo mágico… despertaba.
Kael sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Algo no estaba bien.
Nyxara despertó de golpe, jadeando.
Su corazón latía como si un rayo lo hubiera atravesado.
Una presión ardiente, brutal, desconocida… no suya, pero dentro de ella.
—Kael… —susurró sin aliento.
No pensó.
No razonó.
No sintió miedo.
Simplemente corrió.
Salió de su habitación con los pies descalzos, sin capa, sin abrigo, sin nada que la protegiera del viento nocturno.
Su cuerpo se movía como impulsado por una fuerza más antigua que cualquier recuerdo.
Una fuerza que latía con el mismo ritmo que la tormenta.
Atravesó el castillo como una ráfaga blanca.
Los guardias apenas tuvieron tiempo de verla pasar.
—¡Lady Natasha! ¡Espere!
Pero ella no podía esperar.
El enemigo la llamaba.
El enemigo hería.
El enemigo estaba a punto de quitarle a Kael.
Y eso… eso desató algo dentro de ella.
Sus pies tocaron la tierra húmeda del bosque.
Sus latidos aceleraron.
El pulso del monstruo resonaba en su pecho como si fuera parte de su alma.
Era oscuro.
Era hambriento.
Y estaba a punto de destruir lo más preciado en su corazón.
Kael, golpeado y sin espada, cayó al suelo con la respiración entrecortada.
El monstruo se abalanzó sobre él, sus fauces abiertas, su aliento pestilente rozando su rostro.
Kael gruñó, levantando el brazo para protegerse, sabiendo que no bastaría.
—¡Maldición! —espetó, forzando su fuerza al límite.
Pero el monstruo iba a devorarlo.
Estaba tan cerca…
Cuando de pronto—
Un estallido de luz dorada iluminó todo el bosque.
El monstruo fue detenido en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.
Kael entreabrió los ojos por el resplandor…
Y la vio.
NYXARA.
De pie entre él y la criatura.
Su cabello blanco flotando como si una tormenta la rodeara.
Sus ojos brillando en un dorado antiguo, imposible, divino.
La luz saliendo de su palma extendida.
Una magia que ningún humano poseía.
Kael susurró, incrédulo:
—Natasha…
Nyxara no lo escuchó.
Estaba en trance.
O más bien… despierta.
El monstruo rugió, pero la luz que salía de ella rugió más fuerte.
Un rayo dorado, puro, ancestral, surgió de su mano, atravesando al monstruo con un relámpago ensordecedor.
La criatura gritó, retorciéndose, quemándose desde dentro.
Un agujero luminoso lo desintegró poco a poco, hasta que solo quedaron cenizas negras flotando en el aire.
Kael apenas podía respirar.
Era hermosa.
Era terrible.
Era un dragón.
Pero entonces…
La luz se apagó.
El viento dejó de moverse.
Y Nyxara, con el cuerpo temblando y los ojos perdiendo el brillo, murmuró un nombre:
—Kael…
Sus rodillas cedieron.
Pero antes de que tocara el suelo—
Kael la atrapó entre sus brazos.
La sostuvo contra su pecho, su corazón golpeando el doble que en cualquier batalla.
—¡Natasha! —dijo con desesperación—.
¡Natasha, mírame!
Pero ella ya estaba inconsciente.
Su respiración era suave.
Su cuerpo caliente como si aún guardara el rayo dentro.
Su piel brillaba ligeramente, como si la magia no quisiera abandonarla.
Kael la abrazó con fuerza, temblando.
Por miedo.
Por impacto.
Por amor.
—¿Qué eres tú…? —susurró Kael, con la voz rota, acariciándole el rostro—.
¿Qué eres, Natasha?
Y… ¿cómo diablos voy a protegerte de un mundo entero si ni tú sabes quién eres?
La cargó en brazos como si fuera lo más sagrado del mundo.
Y mientras caminaba de vuelta al castillo, con ella apoyada en su pecho…
el cielo se iluminó con un relámpago azul que no era de ninguna tormenta.
Algo se había despertado.
Algo antiguo.
Algo poderoso.
Algo que había estado dormido dentro de Nyxara por demasiado tiempo.