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1037 Words
Lucian estaba en su habitación estudiando un antiguo grimorio cuando un estremecimiento recorrió el aire. No fue un sonido. No fue una luz visible. Fue magia. Una magia tan inmensa que le cortó la respiración. El libro cayó al suelo. —¿Qué…? —susurró, llevándose una mano al pecho. Una oleada dorada se expandió desde el bosque, tan poderosa que las ventanas vibraron. Lucian sintió su propia magia encogerse ante aquella presencia ancestral. Aquello no era humano. Ni un hechizo. Ni una criatura normal. Era algo antiguo. Antiquísimo. —Natasha… —susurró con los ojos abiertos de par en par. Corrió por los pasillos, bajó escaleras casi tropezando, y salió al patio justo cuando el eco de un rayo aún se desvanecía entre los árboles. Su corazón latía con un terror que jamás había sentido, ni siquiera en batalla. —Que esté bien… por favor, que esté bien… Y entonces lo vio. Las enormes puertas del castillo se abrieron de golpe cuando Kael entró corriendo, empapado de sudor y lluvia, con Nyxara desmayada entre sus brazos. Lucian se detuvo, petrificado. Todo aquello… la fuerza con la que Kael la sostenía, la desesperación en su rostro, la luz dorada que aún parecía envolverla… Lucian sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. —¿Natasha…? —dijo con la voz rota. Kael no se detuvo. —¡Elin! ¡Lady Nymera! ¡El sanador YA! —rugió, su voz resonando como un trueno. Sirvientes corrieron. Guardias soltaron sus armas al ver la escena. Algunos se quedaron paralizados, incapaces de creer lo que veían. Lord Solvard llegó primero, con el ceño fruncido. —¿Qué ocurrió? Kael apretó más a Nyxara contra su pecho, sin querer soltarla. —Un monstruo… estaba a punto de matarme. Y ella… —tragó saliva, su voz temblaba—. Ella se interpuso. Usó magia. No cualquier magia… algo que jamás había visto. Lucian sintió su corazón detenerse. —¿Ella… lanzó ese rayo? Kael asintió. —Me salvó la vida. Lady Nymera llegó corriendo, con el rostro totalmente pálido ante la visión de Nyxara inconsciente. —¡Dámela, Kael! ¡Llévala a mi habitación, rápido! Pero Kael no la soltó. —Yo la llevo —respondió, con un tono que no admitía discusión. Lucian tragó con dificultad. Podía sentir los restos de la energía dorada vibrando en el aire alrededor de Nyxara. Era una magia limpia, antigua, brillante… Y reconoció algo. Algo que había leído una vez. Algo que creía imposible. —Padre… —susurró Lucian—. Esa energía es… es como la magia de los textos prohibidos. La magia de los seres que existieron antes de los reinos. Antes de Eldora. Lord Solvard lo miró, grave pero sereno. —Hablaremos de eso luego. Ahora, Kael… colócala sobre la cama. Kael entró en la habitación de Lady Nymera y la recostó con una delicadeza que nunca habría demostrado frente a nadie más. Sus dedos temblaron al apartarle un mechón del rostro. —Natasha… —murmuró, apenas audible. Lucian dio un paso adelante, queriendo acercarse, pero algo en la postura de Kael —feroz, protectora, casi animal— lo detuvo. El sanador llegó corriendo. El sanador, un hombre mayor de barba gris y manos sabias, se inclinó sobre Nyxara. Colocó sus dedos en su cuello, luego sobre su frente, y finalmente sobre su pecho, justo donde la energía dorada aún parecía palpitar suavemente bajo su piel. Durante varios minutos, nadie respiró. Kael no apartaba los ojos de Nyxara. Cada segundo que pasaba sin respuesta lo devoraba por dentro. Finalmente, el sanador exhaló. —Está viva. Y estable —dijo con calma—. Su energía… se ha drenado. Liberó una fuerza enorme, demasiado para alguien en su condición. Su cuerpo simplemente… no lo soportó. Lady Nymera llevó una mano al pecho, aliviada. Lucian cerró los ojos, tragando la mezcla amarga de preocupación y… algo más. Kael, en cambio, habló con la voz áspera. —¿Se despertará? El sanador asintió. —Sí, mi lord. Solo necesita descanso profundo. Tal vez un día entero… quizá más. Kael apretó la mandíbula. —¿Algo más? El sanador dudó. Miró a los presentes, luego a Nyxara, como si temiera lo que estaba a punto de decir. —Lo que sentí en ella… no es magia humana. Es… antigua, majestuosa… —sus ojos se clavaron en Kael—. Mi lord, esta joven no es como nosotros. Lo que sea que duerma dentro de ella… está despertando. Kael lo interrumpió con frialdad protectora: —No vuelvas a repetir eso fuera de esta habitación. El sanador bajó la cabeza. —Como ordene, mi lord Kael. Kael no escuchó nada más. No esperó a que nadie dijera nada. Simplemente la tomó entre sus brazos. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si fuera suya. Lucian dio un paso al frente, pero Kael lo ignoró por completo. —La llevo a mi habitación —dijo Kael. Lady Nymera negó suavemente. —No, hijo. Llévala a la habitación de Natasha. Yo mandaré traer mantas y agua fresca. Kael asintió sin discutir… pero su mirada decía claramente: No pienso separarme de ella. Ya en la habitación de Nyxara, Kael la recostó con una delicadeza inesperada en él. Encendió una lámpara. Corrió la cortina para que la luz de la luna entrara suavemente. Le acomodó el cabello sobre la almohada. Retiró con un paño tibio la tierra de sus manos. Su respiración era tensa. Su corazón dolía. Nunca había sentido un miedo tan profundo. Se sentó en la silla junto a la cama. Pero no... no pudo mantenerse ahí. Se inclinó hacia ella. Tomó su mano entre las suyas. La acercó a sus labios. —No vuelvas a hacer eso… —susurró con voz ronca y rota—. No vuelvas a poner tu vida por encima de la mía, Natasha. Afuera, el castillo estaba en silencio. Pero en esa habitación, había un guerrero que estaba perdiendo la batalla contra sus sentimientos. Kael apoyó su cabeza en el borde de la cama, sin soltar su mano. Y así… con la respiración tranquila de Nyxara como único alivio… pasó toda la noche despierto, vigilándola, protegiéndola, cuidándola… amándola en silencio.
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