El estudio quedó en silencio.
Kael respiraba hondo, intentando contener el caos que rugía dentro de él. Su padre lo observaba con paciencia, como solo un líder y un padre podían hacerlo al mismo tiempo.
Finalmente, Lord Solvard dió el paso final hacia el mensaje que realmente había venido a entregar.
Con una voz firme pero cálida, dijo:
—Kael… dale una oportunidad.
Kael abrió los ojos, confundido.
—¿A qué te refieres?
Lord Solvard sostuvo su mirada sin pestañear.
—A Natasha.
A conocerla de verdad.
A verla más allá de lo que crees que te desestabiliza.
Kael frunció el ceño, retrocediendo casi como si le hubieran pedido algo peligroso.
—Padre, yo… no sé si eso es buena idea.
—Justamente por eso —respondió él con serenidad—. No se trata de ideas, hijo. Se trata de corazón.
Kael apretó la mandíbula, incómodo.
—Yo no… no soy como Draegor, ni como Lucian. No sé decir cosas bonitas, no sé ser amable, no sé cómo—
Lord Solvard lo interrumpió con una mano en el hombro.
—No te estoy pidiendo que seas como ellos, Kael.
Te estoy pidiendo que seas tú.
Kael tragó saliva.
Sus ojos se desviaron hacia la ventana, hacia el jardín donde vio por última vez a Nyxara de pie entre flores.
Lord Solvard siguió:
—Solo un día, Kael.
Un día para caminar con ella, hablar con ella, verla como la persona que es.
Hizo una pausa breve y significativa.
—Y darte la oportunidad de conocerla mejor… sin huir de lo que sientes.
Kael cerró los ojos un instante, como si esas palabras lo golpearan en el lugar exacto que intentaba proteger.
—Padre… —dijo con voz baja— yo no sé qué voy a hacer.
—No necesitas saberlo ahora —señaló su padre—.
Solo deja de construir muros donde no hacen falta.
Kael abrió los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentir una grieta minúscula en la armadura que llevaba desde niño.
—Un día… —repitió Kael, murmurando como si probara el peso de esas palabras.
Lord Solvard sonrió con orgullo tranquilo.
—Solo un día.
Kael respiró hondo.
Miró la puerta.
Miró el mapa.
Miró sus manos.
Y finalmente dijo, en un susurro:
—Lo pensaré.
Para Kael… eso ya era una rendición.
La habitación de Lady Nymera estaba iluminada suavemente por velas aromáticas y la luz tenue que entraba desde el balcón. Cortinas claras se movían con la brisa nocturna, y sobre la mesa había un montón de libros abiertos: tratados de historia, magia, y uno que otro romance que Nymera disfrutaba en secreto.
Lady Nymera estaba sentada en un sillón cómodo, cepillándose lentamente el cabello plateado cuando escuchó el golpe suave en la puerta.
—Adelante —dijo con una sonrisa.
Lord Solvard entró, cerrando la puerta detrás de él. Su rostro mostraba el cansancio del día… y algo más profundo: reflexión.
Nymera lo notó de inmediato.
—¿Cómo estuvo la conversación con Kael? —preguntó, dejando el cepillo a un lado.
Lord Solvard soltó un suspiro largo y se acercó a ella.
—Intensa. Pero necesaria —respondió, sentándose frente a su esposa—. Ese muchacho… siempre ha cargado más de lo que debería.
Lady Nymera sonrió con ternura.
—Desde que era un niño, Kael se creyó obligado a ser el muro que sostiene a todos. Y ahora ese muro no sabe cómo reaccionar cuando algo lo hace temblar.
—Ese “algo” tiene nombre —dijo Solvard con un gesto cómplice.
—Natasha —dijo Nymera con una sonrisa suave—. Ella es… diferente. Inocente, sí, pero fuerte de una forma que ni ella misma comprende.
Lord Solvard apoyó las manos sobre sus rodillas.
—Y mis hijos lo sienten. Cada uno a su manera.
Nymera dejó escapar una risa suave.
—Draegor pretende deslumbrarla como siempre. Es su forma de lidiar con cualquier corazón que le interesa, sea propio o ajeno.
Solvard asintió.
—Lucian… bueno, él solo quiere protegerla. Es dulce. Y ella lo aprecia.
Nymera inclinó la cabeza, reflexiva.
—Y Kael… Kael se está ahogando en lo que siente sin reconocerlo.
—Hoy se molestó, huyó, se enfureció… —dijo Solvard— pero cuando le hablé de ella, se quedó quieto. No sabía si quería pelear conmigo o admitir lo que siente.
Nymera tomó la mano de su esposo.
—Nuestro Kael siempre ha sido así. Un corazón enorme escondido detrás de acero. Natasha tiene la llave… aunque ninguno de los dos lo sabe.
Lord Solvard sonrió con ternura profunda.
—Le dije que pasara un día con ella. Que se diera la oportunidad de conocerla.
Nymera alzó las cejas, impresionada.
—¿Y qué dijo?
—“Lo pensaré”.
Lady Nymera soltó una carcajada suave.
—Para Kael, eso es prácticamente una declaración de amor.
Ambos rieron juntos, compartiendo esa complicidad que solo los años de matrimonio pueden otorgar.
Luego, Nymera volvió a ponerse seria, bajando la mirada un momento.
—¿Crees que Natasha será capaz de encajar aquí? —preguntó con voz suave—. Tiene un brillo… un misterio. Como si no perteneciera del todo a este mundo.
Lord Solvard acarició la mano de su esposa con calma.
—El destino la trajo a nosotros. No sé por qué aún… pero puedo sentir que su papel en esta familia será significativo. Para todos.
Nymera asintió lentamente.
—Especialmente para Kael.
Solvard sonrió.
—Especialmente para Kael.
La brisa hizo que las velas parpadearan, como si el castillo entero estuviera escuchando.