_Bath, noviembre de 1868 – 2:17 a.m._
Rosewood no se derrumbó. Empeoró.
El fuego del estudio se apagó solo. No por falta de oxígeno. Como si algo lo hubiera sofocado desde adentro, soplando sin aliento. Las cenizas quedaron negras, perfectas, dibujando círculos en el suelo. Tres círculos. Como los del dibujo.
Wilkes se puso de pie primero. La navaja aún en la mano, aunque ya no servía para nada.
—Tenemos tres minutos —dijo—. Antes de que la Sociedad entienda que no salimos ardiendo.
Alistair seguía de rodillas, murmurando oraciones que no eran oraciones. Eran nombres. Nombres de hombres muertos.
—No puedes quedarte con él en la cabeza —me dijo sin mirarme—. El nombre te va a consumir. Cada vez que lo pienses, él va a escuchar. Cada vez que duermas, él va a hablar.
Yo no respondí. No podía. Las tres sílabas me quemaban la lengua sin que las dijera. Como una astilla bajo la piel.
El cuaderno en el suelo ya no era cuaderno. Era solo carbonilla con la forma de un libro. Pasé el pie por encima. Se deshizo.
—Salimos por la cocina —dijo Wilkes—. Hay un pasaje bajo la despensa. Thomas lo hizo en 1862. Para cuando la Sociedad viniera a cobrar.
Empujó la puerta del estudio. No crujió. No se resistió. La cosa de afuera ya no estaba ahí. Se había ido abajo, a esperar.
El pasillo olía a humo y a rosas podridas. Los vitrales seguían rotos. La luna entraba a pedazos. Con cada paso, sentía el nombre en mi cabeza latir. Una sílaba por latido. Como si mi corazón lo estuviera deletreando.
Bajamos a la cocina. Fría. Abandonada desde hacía años. Wilkes apartó los sacos de harina y golpeó el suelo con la bota. Un hueco sordo respondió.
La trampilla cedió con un chillido. Escalones de piedra bajaban a la oscuridad. Olía a tierra húmeda y a metal viejo.
—Después de ti —dijo Wilkes.
Antes de bajar, miré atrás. Alistair no nos siguió. Se quedó en el umbral del estudio, abrazando el marco de la puerta como si fuera un altar.
—La Sociedad me enseñó a guardar secretos —susurró—. Nadie me enseñó a vivir con uno que respira.
Cerró los ojos. Y sonrió.
Por primera vez sin máscara.
Cerré la trampilla tras nosotros. La oscuridad nos tragó.
El pasaje era estrecho. Las paredes rezumaban agua. Cada veinte pasos había una marca en la piedra: una espina grabada. El camino de Thomas.
Caminamos en silencio. Solo se oía nuestra respiración y el eco de las gotas.
Fue Wilkes quien habló primero, en voz baja:
—Thomas no murió en Dover. Se dejó morir. Cambió su nombre por el de la cosa. Por eso la caja lo imitaba. Por eso tenía sus ojos. Era un señuelo.
Me detuve.
—Entonces… ¿quién está en la caja?
Wilkes no respondió de inmediato. Encendió un fósforo. La llama tembló.
—El carcelero —dijo—. Y ahora tú. Porque recordaste el nombre, el trato cambió. Él ya no necesita la caja. Tiene tu cabeza.
El fósforo se apagó.
En la oscuridad total, lo oí.
No afuera. No abajo.
Dentro.
_Eliza._
Dicho con mi voz. Con la voz de Thomas. Con todas las voces que había perdido.
—_Primera sílaba_ —susurró—. _Dila, y te dejo dormir sin sueños._
Apreté los párpados. Me mordí el interior de la mejilla hasta probar sangre. El dolor me ancló.
Wilkes me agarró del brazo. Me sacudió.
—¡No escuches! ¡Camina!
Corrimos. El pasaje se volvió cuesta abajo. El aire se volvió más frío. Más denso. Como si bajáramos al fondo de un pozo.
Al final de la escalera había una puerta de hierro. Sin picaporte. Solo un círculo hundido en el centro, con tres ranuras. Como tres sílabas esperando ser llenadas.
Wilkes sacó la llave de bronce. No encajaba.
—Thomas dijo que aquí terminaba el pasaje —dijo, frustrado—. Que aquí dejaba lo que no podía enterrar.
Puse la mano en el círculo de hierro. Estaba helado. Y latía.
El nombre en mi cabeza completo. Las tres sílabas, claras, afiladas.
Si las decía, la puerta se abriría.
Si no, la cosa seguiría esperando.
Del otro lado de la puerta, algo golpeó. Una vez. Suave. Como un nudillo.
Y una voz que no era la mía, que no era la de Thomas, dijo desde adentro:
—_Bienvenida a casa, carcelera._