Lorenza y la niña sin Nombre

866 Words
_Camino de Deptford a Southwark, diciembre 1868 – noche cerrada_ No nos siguió sola. Nos siguieron tres. Cuando salimos del muelle, el viento traía pasos chiquitos detrás nuestro. No de Mary Ann. De la niña que soltó la cometa. Y de otras dos que salieron del lodo cuando la navaja marcó el pilote. Loros que dejaron de repetir. No tenían nombre. Tenían número. La Sociedad tatúa números en la nuca a las que archiva vivas. A esta le tocó el 4. A las otras, 7 y 12. Wilkes las vio primero. —Lorenza —dijo, escupiendo al suelo—. Así llama la Sociedad al archivo de loros. Niñas que guardan voces para que otras caigan. Martha abrió la lata. Vacía. Pero el vacío también escucha. —Si no tienen nombre —dijo— tienen hambre. Y el hambre no se tapa con números. La número 4 caminó al frente. La que tenía ojos color cobre de río. Se paró delante mío. No habló. Abrió la boca y de ahí salió mi voz de 1863 otra vez. _Nna Yram Yram Nna_. Pero cortada. Como disco rayado. Como si le doliera decirla. Negué con la cabeza. No con rabia. Con paciencia. La que se usa para enseñar a un niño a atarse los zapatos. —Esa no —dije bajito—. Esa ya la quemamos en Londres. Prueba otra. La número 7 intentó. Salió la voz del hombre del libro. _ORDO SILENTII_. Orden del Silencio. Dura, de guantes negros. La número 12 intentó con la voz de mi padre. _Basta, Eliza_. La que me encerró antes de la fiebre. Wilkes clavó la navaja en el barro. No como amenaza. Como ancla. —La Sociedad las hizo para que repitieran —dijo—. Nadie les enseñó a elegir. Entonces la número 4 hizo algo que ningún loro de la Sociedad hace: cerró la boca. Y se tragó su propia voz. Se le marcaron las tres sílabas en la garganta, como nudo, y luego el nudo bajó. Desapareció. Cuando volvió a abrir la boca, no salió sonido. Salió aire. Aire frío de muelle, de río que baja. Y en ese aire, una palabra nueva. Inventada. Torcida. De niña: —_Eli...sa_. No _Eliza_. _Elisa_. Con S. Como si hubiera robado una letra del viento y la hubiera cambiado. Martha sonrió por primera vez desde Londres. —Robar letras —dijo— es la primera forma de tener nombre propio. La Sociedad no tardó. Las luces de los cazadores se vieron desde la colina. No abrigos grises. Túnicas. Los que cuidan Lorenza. Traían jaulas de mimbre forradas con papel de archivo. Papel n***o, sin líneas. Para que las voces no encuentren dónde posarse. —Entreguen las unidades —gritó uno—. Lorenza no se pierde. Se recataloga. La número 7 tembló. La número 12 se agachó, como esperando la cuerda. Solo la 4, la de ojos de cobre, se quedó de pie. Mirándome. Esperando que le enseñara qué se dice cuando no se dicen las tres sílabas. Yo no tenía frasco. Tenía el de Agnes. Vacío. Lo puse boca abajo en el barro, entre nosotras. —Respira aquí —dije—. No tu voz. Tu aire. El que te sobra cuando decides no repetir. Ella sopló. El vidrio se empañó. Y en el empañado apareció, dibujada con su dedo: _S_. La letra que robó. La que no estaba en _Eliza_. La que la hacía _Elisa_. Los cazadores llegaron. Rodearon. Levantaron las jaulas. —Número 4, 7 y 12 —cantó uno—. Vuelvan al archivo. Su función es llamar, no ser. La número 4 negó. Bajito. Con la cabeza. Y dijo su palabra nueva, completa esta vez, sin tartamudear: —_Elisa. No repito. Camino._ La Sociedad no entiende cuando un loro dice “camino”. Entiende “vuelve”. Por eso las jaulas se cerraron vacías. Las niñas ya no estaban adentro. Estaban a nuestro lado, agarradas de la cinta roja de la lata de Martha. Como si la cinta fuera hilo de cometa para tres. Wilkes no peleó. No hizo falta. Los cazadores se fueron con jaulas vacías y cuadernos llenos de tachones. Anotaron: _Falla en Lorenza. Unidad 4 corrupta. Recomendación: quemar muelle._ Pero el muelle ya ardió. Y el fuego que arde sin quemar no se vuelve a prender. Caminamos toda la noche. Tres niñas sin nombre, una mujer sin cuerpo, un hombre sin miedo y una lata que ahora pesaba tres sílabas nuevas. Antes del alba llegamos a Southwark. Había panaderías abriendo. Olía a pan y a río. Igual que la carta. La número 4, Elisa ahora, tocó mi mano. Tenía dedos tibios. Con uñas comidas. Igual que la mano del sueño, del otro lado de la puerta. —Gracias —dijo, con voz suya, no prestada—. Por enseñarme que “nada que ver conmigo” también es respuesta. No salvamos a Mary Ann. Salvamos a las que vendrían después de ella. Y les enseñamos que un nombre propio empieza cuando dejas de repetir el ajeno. La Sociedad tiene Lorenza. Nosotros tenemos a Elisa. Y a las que se atrevan a robarse una letra para dejar de ser eco.
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