Cinco años después
No volví a Londres.
Ashford cumplió su palabra. El artículo del Morning Chronicle dejó de publicarse una semana después de que firmé. Mi padre no fue a juicio. Pero tampoco volvió a mirarme igual.
Me fui a Bath un mes después de aquella noche en Whitechapel.
Dijimos que era por la salud de mi madre. Los aires del campo, el agua, el silencio.
Mentira.
Era para que la gente se olvidara.
Y funcionó.
Bath no pregunta. Bath murmura y sigue con su té.
Aquí soy la señorita Harrington que vive en Milsom Street con su madre viuda. Mi padre murió hace dos años. Un infarto, dijo el médico. Yo digo que fue la culpa.
Mi madre no habla de Kent. No habla de Rosewood. No habla de Thomas.
A veces la encuentro en su habitación, con el rosario en las manos y los ojos perdidos. Reza en voz baja, pero ya no sé a quién.
Yo no rezo.
Firmé una mentira para salvar a mi padre.
Y él se murió llevándosela a la tumba.
Los primeros dos años fueron los peores.
Me despertaba a las tres de la mañana con el corazón en la garganta, sintiendo la cuerda de Ashford alrededor de las muñecas. Soñaba con el cuaderno de Thomas, con las letras torcidas en el ladrillo, con Wilkes en el suelo del callejón.
Después, el sueño se volvió rutina.
La rutina se volvió vida.
Trabajo en la biblioteca de Bath tres días a la semana. Catalogo libros que nadie lee. Es un trabajo tranquilo. Nadie me conoce. Nadie me pregunta por Kent.
A veces, cuando cierro tarde, paso por el cementerio de Abbey Church.
Hay una lápida nueva desde el año pasado.
_Thomas Blackwood, 1839 – 1863.
“No hay mayor amor que dar la vida por los amigos.”_
Nunca supe quién la puso.
No me atrevo a preguntar.
Rosewood se vendió en subasta en 1864.
Lo leí en el periódico de un mes atrasado. Comprador anónimo.
Supongo que fue Ashford.
No volví. No podría.
El roble se murió dos inviernos después. Lo escribió un antiguo vecino en una carta que llegó a mi madre. No tenía remitente. Solo decía: “Ya no queda nada.”
Tiene razón.
Mi madre murió el invierno pasado.
Neumonía. Dijo que no tenía frío. Mintió hasta el final.
En su mesa de noche encontré una carta sin enviar.
“Eliza, si alguna vez lees esto, perdóname. Yo sabía lo de tu padre desde el principio. Me callé para que tuvieras un nombre. Pero un nombre sin verdad no vale nada. Perdóname por dejarte sola con esto.”
La quemé.
No quiero perdonarla.
No quiero perdonarme yo.
Hoy cumplo veintiséis años.
No hubo pastel. No hubo visitas.
Solo yo, una taza de té frío, y el cuaderno de Thomas en el cajón de mi escritorio.
No lo he vuelto a abrir desde esa noche en Whitechapel.
Pero hoy lo hice.
En la última página, escrita con letra temblorosa, había algo que no había visto antes.
_“Si algún día te cansas de huir, vuelve a Rosewood. No por la casa. Por el roble. Allí enterré algo para ti. Algo que Ashford no puede comprar.
—T.”_
No sé si es verdad.
No sé si quiero que lo sea.
Pero por primera vez en cinco años, sentí algo que no era culpa.
Sentí que quedaba algo por hacer.
Afuera, llovía.
Londres ya no estaba lo suficientemente lejos para detenerla.