—¿Compatibles? —repetí con una ceja alzada, dejando correr una mano con lentitud desde su hombro hasta el pecho firme que se adivinaba bajo su camisa—. Apenas sabes mi nombre... y yo ciertamente no sé el tuyo. Y me encanta que sea así.
—Matteo, soy italiano —murmuró pegando sus labios a la comisura de los míos, con un acento que me revolvió hasta el último rincón de la piel—. Aunque esta noche puedes llamarme como quieras.
—Bueno, italiano... menos conversación y más acción. Demuéstrame eso de hacerme volar.
Sin decir una sola palabra más, me tomó de la mano y me guio a través del área VIP hacia una puerta privada al fondo del club. El lugar era un reservado exclusivo, sumido en una penumbra roja tenue, con un sofá de terciopelo n***o y un espejo gigantesco en el techo.
En cuanto la puerta se cerró con un clic metálico, la cortesía desapareció. El italiano me acorraló contra la pared. Sus manos grandes y firmes se apoderaron de mi cintura, levantándome un poco para acomodarme a su altura mientras sus labios devoraban los míos en un beso feroz, hambriento y cargado de alcohol, pasión y un dominio absoluto. Yo le correspondí encajando mis dedos en su cabello oscuro, soltando un gemido ahogado contra su boca.
Ese hombre no besaba como un muchacho; besaba como un verdadero demonio experimentado. Su lengua me exploraba con una destreza que me hizo temblar las piernas.
Bajó los besos por mi mandíbula, marcando un camino de fuego hasta mi cuello mientras sus manos bajaban con descaro por mis caderas, apretando el cuero de mi minifalda. Dejé caer la cabeza hacia atrás, entregada por completo al torbellino de sensaciones. Mis gemidos retumbaban en la pequeña habitación, y el roce de su cuerpo contra el mío me estaba volviendo loca. Me dio exactamente la dosis de salvajismo y placer que tanto había estado buscando.
Nos entregamos a un encuentro ardiente, frenético y sin aliento sobre aquel sofá, con el espejo del techo devolviéndonos la imagen de dos pecadores perdiéndose en el exceso. Fue intenso, apasionado y jodidamente perfecto; la mejor experiencia de toda mi vida, tal como se lo había prometido a Chloe minutos antes.
Cuando el vendaval de placer finalmente se calmó, quedamos acostados sobre el terciopelo, respirando con dificultad. Su brazo tatuado rodeaba mi cintura desnuda y su mirada me observaba con una mezcla de fascinación y triunfo.
Miré de reojo el reloj dorado en su muñeca: 3:45 AM.
Mierda. La hora del hechizo se acababa.
—Eso... fue desastroso para mi reputación de no repetir —susurré con una sonrisa pícara, dándole un beso rápido y juguetón en los labios mientras me zafaba de su agarre.
—¿A dónde vas? —preguntó incorporándose sobre un codo, viéndome recoger mi minifalda y mi top del suelo con agilidad.
—El carruaje se me va a convertir en calabaza, italiano —me reí poniéndome las botas—. Te dije que mañana no te hablaría.
—Aún no me has dicho tu nombre, traviesa —dijo en tono bajo, amenazante y ridículamente seductor, poniéndose de pie mientras se acomodaba los pantalones.
—Ese es el misterio de la noche.
Aprovechando que se estaba abotonando la camisa, me deslicé hacia la puerta con la astucia que solo una delincuente profesional posee. Le dediqué un guiño desde el marco.
—Fue un placer arder contigo.
Salí del reservado a toda prisa, dejándolo con la frase en la boca. Atravesé el club esquivando a la gente borracha, encontré a Chloe y a Ollie en la salida y prácticamente los arrastré hasta el auto.
—¡Evelyn! ¿Qué carajos pasó? Tardaste una eternidad —chilló Chloe mientras Ollie encendía el motor a toda marcha.
—Pasa que acabamos de presenciar un milagro, nena. El italiano es un diez de diez. Pero no hay tiempo para detalles, ¡arranca Ollie que son las cuatro de la mañana!
+
El viaje de regreso a Belgravia fue una carrera contra el reloj. Llegamos a las 4:20 AM. Me bajé del auto en silencio, trepé por la enredadera trasera con los brazos temblando por el cansancio y el alcohol, y me colé por la ventana de mi balcón.
Me despojé del maquillaje, me lavé la cara, me puse un pijama blanco de encaje digno de una monja y deshice mi cama para meterme bajo las cobijas a las 4:45 AM. Cuando la primera luz del sol comenzó a colarse por los ventanales de la mansión, yo ya estaba sumida en un sueño profundo, con una sonrisa de victoria dibujada en los labios.
Me desperté pasadas las once de la mañana por los suaves golpes de Nana en la puerta.
—Señorita Evelyn, sus padres la esperan en el jardín para el almuerzo.
—Ya voy, gracias —respondí con voz melodiosa.
Me levanté, me recogí el cabello en un moño perfecto y pulcro, y me vestí con un vestido floral holgado que cubría hasta mis rodillas. Volvía a ser la niña santa de la casa.
Bajé las escaleras con paso pausado. Mis padres estaban en el comedor principal disfrutando del sol de la tarde.
—Buenos días, mi vida. Pareces cansada, ¿estudiaste mucho anoche? —preguntó mi madre tomando un sorbo de té.
—Sí, mamá. Me quedé leyendo hasta muy tarde sobre la arquitectura renacentista —mentí piadosamente mientras me servía un vaso de jugo.
—Esa es mi hija. Toda una dama ejemplar —sonrió mi padre con orgullo—. Por cierto, Evelyn, tu hermana Charlotte llega esta tarde de Rusia.
—¿Charlotte? —pregunté sorprendida. Mi hermana mayor, la "rebelde" que se había ido a trabajar a Moscú hacía cuatro años y que para mis padres era el dolor de cabeza de la familia—. ¿A qué hora llega?
—Llega a las cuatro de la tarde —acotó mi madre suspirando con drama—. Y no viene sola. Nos dio la gran sorpresa de que viene casada... y además invitó a cenar a un viejo amigo suyo de la juventud para celebrar su regreso. Un hombre muy importante de negocios aquí en Londres.
—Vaya, qué sorpresa —dije sonriendo con inocencia, sirviéndome un panecillo.
+
Terminé de tragar mi pedazo de panecillo, disimulando el ligero temblor de mis manos tras la sospecha que me cruzó por la mente. Tragué saliva, me compuse la postura y sonreí con la mejor de mis caras de hija abnegada.
Al terminar el almuerzo, la mansión se convirtió en un verdadero hervidero de actividad. Los empleados corrían de un lado a otro ajustando los arreglos florales, desempolvando la cristalería de vajilla fina y preparando el gran salón. Aunque Charlotte siempre había sido considerada la rebelde de la familia por hacer su voluntad, desafiar las estrictas reglas de papá e irse a trabajar a Rusia sin pedir permiso, y ahora casarse en secreto sin la bendición de la familia, yo la adoraba. Se merecía un recibimiento por todo lo alto, así que me aseguré personalmente de revisar que la decoración de la mesa quedara impecable.
Para cuando el reloj del recibidor marcó las cuatro de la tarde, la tensión de mi madre estaba por los cielos.
—Evelyn, mi amor, ve a cambiarte ya —me ordenó mi madre revisando obsesivamente los candelabros—. Ponte algo bonito para recibir a tu hermana y a los invitados.
—Claro que sí, mamá —asentí dócil.
Subí a mi habitación, me di una ducha rápida con agua tibia para quitarme cualquier resto de cansancio nocturno y me preparé para ponerme mi disfraz favorito: el de la "Santa Vance". Me enfundé en un vestido de corte clásico color crema que caía holgado por debajo de las rodillas, con escote cerrado y mangas cortas. Me puse unos tacones bajos a juego, me recogí el cabello rojo en un moño pulcro y perfecto, dejé mi rostro completamente libre de maquillaje y me coloqué un par de pendientes de perlas discretos. Mírate al espejo, Evelyn: una auténtica monjita refinada.
Cuando escuché el bullicio de carruajes y motores en la entrada principal, salí de mi cuarto. Al llegar al descanso de la gran escalera de mármol, la nana de la familia se me acercó a toda prisa, con los ojos brillantes de la emoción.
—¡Señorita Evelyn! Ya llegó su hermana Charlotte con su esposo y alguien más. Ya están en la entrada.
—Gracias, nana —le sonreí con dulzura.
Comencé a bajar los escalones a paso lento y elegante. Desde la altura, la vista del vestíbulo era clara. Ahí estaba Charlotte, radiante, luciendo un abrigo de corte sofisticado y su corte bob rubio impecable. A su lado estaba su flamante esposo ruso, un hombre de unos treinta y tres años, de estatura imponente, complexión robusta, cabello castaño claro cortado casi al ras, mandíbula de piedra y unos ojos grises penetrantes que imponían un respeto absoluto. Lucía un traje de corte militarizado tan impecable como su porte. Mis padres los saludaban entre abrazos efusivos, lágrimas de drama por parte de mamá y felicitaciones contenidas por parte de papá.
Pero la escena no terminó ahí.
Justo detrás de ellos, quitándose el abrigo n***o de diseñador con una elegancia descarada, estaba el tercer acompañante.
Me detuve en seco en el penúltimo escalón. La sangre se me congeló en las venas y sentí que la cara se me quedaba completamente pálida. Toda la compostura de niña santa se tambaleó en una milésima de segundo.
No... no puede ser. Dios mío, dime que estoy alucinando.
Era él. El hombre del club. El italiano de la voz grave, de los hombros gigantescos, de las manos que cuatro horas atrás me estaban apretando contra el sofá de un reservado en el Soho mientras yo le gritaba al oído.
Iba vestido con un traje a la medida color gris marengo, la camisa blanca ligeramente abierta en el cuello y esa misma barbita de tres días que me había raspado la piel la noche anterior. Tenía exactamente la misma presencia peligrosa y arrolladora, solo que ahora estaba parado en el vestíbulo de la mansión de mis padres.
—¡Mira, mi niña, ya bajaste! —exclamó mi madre al verme, tomando la mano de Charlotte para acercarla a mí—. Tu hermana al fin está aquí. Mira, él es su esposo, el señor Dmitri Volkov... y él es su amigo de la juventud, el señor Matteo De Luca.