Prologo

577 Words
El tiempo se detiene. No escucho nada más que el estruendo de mi propio corazón golpeando contra mis costillas, como si quisiera escapar de mi pecho. La sangre cubre el suelo y mis manos tiemblan cuando me aferro a él. Su piel está fría, su respiración es débil. No... esto no puede estar pasando. No después de todo lo que atravesamos. —Por favor, resiste, amor. —Mi voz es un susurro quebrado. Mis lágrimas caen sobre su rostro inerte mientras lo sacudo levemente. —No puedes dejarme. Yo te necesito... Patrick te necesita... nuestro bebé que viene en camino nos necesita. Todo acabó, todo terminó. ¡Podremos ser felices! Tomás apenas logra abrir los ojos. Hay un destello en ellos, como si estuviera tratando de grabar mi rostro en su memoria. No, no lo permitiré. Él no se irá. No así. Luccas se acerca tambaleándose, una herida profunda en su costado, pero su mirada está fija en mí y en Tomás. —Tranquila, Mel... —dice con voz ronca, tratando de mantenerse en pie. —Ya llamé a una ambulancia. Aguanta, hermano, ya viene la ayuda. Miro a Luccas y veo su sufrimiento reflejado en sus ojos. Él también lo sabe. Él también teme lo peor. Aprieto con más fuerza la mano de Tomás y acerco mi rostro al suyo. —Escúchame, Tomás. —Su frente está perlada de sudor, su pecho sube y baja con dificultad. —No te atrevas a cerrar los ojos. Mírame. Quédate conmigo. Su labio tiembla ligeramente, pero no dice nada. Sus dedos se aferran débilmente a los míos. Apenas un toque, pero suficiente para saber que sigue aquí. —Todo fue un caos... —musito, mi mente volviendo a los últimos minutos. A la sangre, a los disparos, a los cuerpos que ahora yacen inertes en el suelo. —Fred está muerto. Félix está muerto... —Mel... —La voz de Luccas me devuelve al presente. —Todo saldrá bien. Tomás sobrevivió a cosas peores. Y si este fuera su fin... —¡No digas eso! —grito, furiosa, aterrada. Niego con la cabeza con desesperación. —Nadie morirá hoy. ¡Él no morirá! ¡Tú tampoco morirás! ¡Todos vamos a estar bien! Tomás gime suavemente y su mano se desliza de la mía. No... —¡No! ¡Tomás! —grito sacudiéndolo. —¡Despierta! ¡Resiste, por favor! Las luces rojas y azules iluminan el callejón, pintando de destellos el rostro pálido de Tomás. Escucho el sonido de las sirenas acercándose. Me levanto con dificultad, tambaleándome por el cansancio y el dolor. —¡Por aquí! ¡Ayuda! —grito, agitando los brazos. Los paramédicos corren hacia nosotros. —Señorita, ¿se encuentra bien? —Sí... por favor, atiéndanlos. Sufren un gran trauma. ¡Por favor, sálvenlos! Uno de ellos asiente y revisa los signos vitales de Tomás. Mis uñas se clavan en mis palmas mientras observo cada uno de sus movimientos, esperando una señal, cualquier indicio de que él está luchando. Luccas también es atendido, pero yo no puedo apartar la vista de Tomás. Lo suben a la camilla y lo conectan a un oxígeno. Me tiemblan las piernas, la cabeza me da vueltas, pero no me importa. No hasta que sé que él estará bien. Por primera vez en lo que parece una eternidad, respiro hondo. Y aunque mi pecho aún arde con miedo, sé que esto no ha terminado. Tomás... pronto estaremos juntos nuevamente.
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