—”Muy bien, mi niño… Pide tu deseo”. La despedida no fue tan dramática o trágica como imaginé que sería luego de que no hubo nada más relevante que decir y ya debía volver. Los abrazos no faltaron, besos húmedos en mis mejillas, mucho más llanto ahogado y susurros expresando afecto. Pero eso fue todo, no me costó dejarle ir porque sabía que tenía una tarea pendiente, un propósito por cumplir, aunque el vacío imperecedero en mi corazón es una alarma, un aviso que tardará en menguar ya que dudo mucho que se extinga. No olvidaré jamás su risa, su voz melodiosa, su calor, la cantidad de infinito amor que me dedicaban sus ojos tan parecidos a los míos y el cariño cuando decía “mi niño”, arrullándome entre sus brazos como siempre deseé en mi infancia, en esos momentos de soledad tormento

