Parpadeo varias veces para traerle claridad a mi vista borrosa y desorientada, me toma un par de segundos darme cuenta del lugar en el que me encuentro. Frente a la fogata, la mecedora de madera pulida, el piso frío de piedra debajo de mis pies desnudos de niño. No hay nadie a mi alrededor, o al menos ésa es la primera falsa impresión que me recibe. Hay una presencia que me asfixia, oculta, que altera todos mis sentidos hasta que estoy a solo un tembloroso paso de sufrir un ataque de pánico. Mis ojos inocentes barren de arriba a abajo el lugar hasta donde los vagos rayos de luz proporcionados por las llamas a medio consumir me lo permiten. Todo lo demás está bañado por oscuras sombras tan espesas que tendría que estar muy cerca para evaluar mejor, pero mis extremidades están congeladas

