Bueno, mi presentación ante el Rey Alair no salió para nada como lo esperaba.
Estoy confundido, impresionado y debo admitir que un poco disgustado también. No solo porque Lars haya ignorado mi presencia por completo, como si yo fuese otra jodida decoración en el despacho de su padre. Sino también porque el hombre no se dignó en ningún momento en invocar a su ejército para ayudar a su hijo y a los otros dos hombres que lo acompañaron durante la batalla con el ogro.
Quiero estar equivocado, por los Dioses realmente espero que así sea, pero tuve la impresión de que el Rey Alair pudo haber estado anticipando que mi fauno sufriera la mala suerte de perecer bajo alguno de los ataques de la bestia furiosa. ¿Es eso posible o simplemente estoy dejando que mi cerebro cree teorías conspirativas en donde no las hay? Ahora simplemente no sé qué creer. Cuando llegué a este reino anhelaba encontrarme de nuevo con ése hermoso joven atento, cariñoso y divertido que pasó aquellos cinco días junto a mí en ese bosque desolado.
En cambio, me encuentro con este hombre increíblemente ágil con la espada, de dura mirada y desafiante personalidad. En pleno conflicto familiar, no solo con el que se supone es el que le otorgó la vida, sino que también es su rey y soberano. ¿Podría ser esta una de las advertencias de mi padre? Claramente recuerdo que me advirtió que no me dejase llevar por las apariencias. Pero si es así, ¿cuál se supone que es la verdadera? ¿El amoroso y alegre fauno del bosque o este experimentado asesino de sangre fría? Entierro mis dedos a través de mi cabello y tiro fuertemente de los mechones, deseando poder tener alguna especie de bola de cristal mágica para darle un vistazo al futuro que me tiene tan preocupado.
El dormitorio que fue designado para mí en este palacio es ridículamente ostentoso y me hace sentir incómodo. No es que en mi hogar no esté rodeado de lujos y riquezas también, pero todo es más personal y moderado. Aquí todo grita: "¡Mírame!" Y provoca que quiera salir corriendo y hacer una tienda de campaña en los jardines. Sven y Axe obtuvieron una habitación para ellos mismos y no dudo que tengan el mismo conflicto. Si me piden que levante el meñique cuando esté tomando alguna bebida eso será todo, quemaré el jodido lugar con mis llamas azules.
Retiré mi pesada armadura y utilicé el baño para asearme un poco. El largo viaje logró que mi piel se pusiera pegajosa por el sudor y la tierra se metiera dentro de mis botas. No es una buena forma de aparecerme en la cena, así que me limpio exhaustivamente hasta que varias áreas de mi cuerpo casi se irritan por la fuerza que uso para frotarme con la delicada esponja. Puedo ver nítidamente el rostro deformado por la ira del Rey después de que mi fauno se marchó, dejando su desastroso lío sangriento atrás.
Toda la situación resultaría cómica si no hubiésemos quedado nosotros atrapados en el medio. El robusto hombre se disculpó varias veces antes de ordenarle a uno de sus sirvientes que nos indicara el camino hacia nuestros aposentos temporales. Y heme aquí ahora, desesperado por cambiar a mi segunda naturaleza y volar tan lejos como mis alas me lo permitan. Me mantengo firme, sin embargo. No llegué tan lejos para huir ante la primera señal de dificultades.
Mucho menos sin antes salir de mis dudas y poder conocer mejor a Lars. Haré todo lo que esté al alcance de mis manos para descubrir qué oculta detrás de esos preciosos ojos verdes y si eso implica ir en contra del mismo Rey del Reino Esmeralda, que así sea. Nuestros pueblos ya estaban en guerra desde hace muchos años, unos cuantos más no harán la diferencia.
Utilizo una de las mejores túnicas que empaqué y la aseguro bien, calzando un par de botas nuevas y pulidas. Tengo que dejar la espada, es un encuentro amistoso y no deseo crear malentendidos. Además, a Sven y a Axe no pueden prohibirle que lleven las suyas. Son mis guardias, después de todo. Sería ridículo e imprudente que anduvieran sin protección sin importar lo perfectamente capaces que son de manejarse sin ellas.
Después de lo que pareció la espera más larga de mi extensa vida, finalmente llaman a mi puerta para anunciar la reunión en el comedor. El sirviente es educado y puede que se sienta intimidado por mi mayor altura. Pero no puedo evitar sentir que, entre los dos, tal vez yo sea el que esté en mayor desventaja. Yo no tengo todos esos trucos mágicos bajo la manga. Nuestro camino está alumbrado por velas de cera derritiéndose sobre los candelabros e intento memorizar todo a mi paso. Hay demasiados pasillos y sería fácil perderse si no se tiene cuidado.
El comedor es incluso más pomposo y suntuoso. La imagen de un concurso entre dos pavos reales exhibiendo sus grandiosas plumas para determinar cuál es mejor me llega a la mente. ¿Absurdo? Tal vez, pero es así como todo me parece en este lugar. El Rey Alair se encuentra sentado en uno de los extremos de la larga mesa, una copa de vino colgando perezosamente entre sus gordos dedos y una expresión aburrida. Su hijo menor, Uziel, ocupa la silla a su derecha y evita mirarme directamente. Sus dedos se mueven inquietos sobre el pulcro mantel.
Axe y Sven están de pie con la espalda apoyada en una de las paredes, atentos a la escena sucediendo frente a sus ojos. Les hago un discreto saludo con la cabeza y ellos me responden de la misma manera. No hay señal de Lars, lo cual es bastante decepcionante.
—¡Oh, Rey Daven! Por favor, tome asiento - Alair señala el asiento a su izquierda y me dejo caer con simpleza —. Me alegra que haya podido unirse a nosotros. ¿Está todo bien?
—Muy bien, el dormitorio que asignó para mi es bastante agradable — sí, claro —. Todavía mejor es que mis pertenencias llegaron intactas.
—Espléndido — sonríe, trato de no quedarme mirando fijamente sus dientes amarillos —. Permítame disculparme de nuevo por lo que pasó en la tarde — frunce el ceño y Uziel se remueve incómodo en su lugar —. La tarea de un padre a veces puede ser muy difícil.
—No se preocupe. Le aseguré que no hubo daño causado entonces y mi decisión se mantiene firme aún.
—Muy bien, muy bien — asiente lentamente y luego señala hacia su hijo —. Este es mi hijo menor, Uziel — el chico se sonroja y hace una breve inclinación —. No pude presentarlos adecuadamente antes, así que espero enmendar mi error ahora.
—Es un placer conocerte, Uziel — le devuelvo el respetuoso saludo y sonrío.
—Igualmente, su Alteza — su voz es profunda, aunque los nervios causan que tiemble un poco.
—Las formalidades no son necesarias, por favor llámame Daven — eso parece alarmarle, ya que abre grande los ojos y observa a su padre para evaluar su reacción.
—Oh, no. Yo no podría... — titubea.
—Me temo que debo insistir — el robusto hombre a mi lado se ríe y le da un par de palmadas a su hijo en el hombro para tranquilizarlo.
—Ya lo has escuchado, hijo. Si es el mismo Rey el que te lo pide, quién eres tú para negarte, ¿eh?
Él se limita a asentir y poco después nuestra cena es servida. Grandes porciones de carne, pollo, costillas de cerdo, frutas, rodajas de pan y puré de patatas son dispuestos, llenando las copas de vino de un color rosa pálido que me encuentro renuente a beber.
Ahora caigo en cuenta que todos los sirvientes que se han cruzado en mi camino poseen numerosos accesorios, todos de plata brillante. Mientras que el Rey y Uziel no poseen ni uno solo, a excepción de la delgada corona de oro rodeando la gruesa frente del primero. Entre aretes, anillos e incluso campanillas colgando de sus delgados cuellos, es difícil detectar un área de piel libre de adornos. Es inusual y bastante curioso.
—¿Su otro hijo no se unirá a nosotros? — me atrevo a preguntar después de un largo rato de silencio. Eso lo toma por sorpresa, pero su rostro de inmediato se deforma en una mueca de disgusto.
—¿Lars? — yo asiento. «¿Quién más?», ironizo en mi mente —. Me temo que no sé cómo debo responderle, Daven. Él es un poco...
—¿Insolente?
Casi me atraganto con el trozo de pan que estaba masticando. Todos volteamos en la dirección por la cual Lars acaba de ingresar, llenando el comedor con su imponente figura. Su caminar es elegante, completamente lleno de gracia. La larga trenza colgando detrás de su espalda danzando al ritmo de sus fluidos movimientos, sus ojos llenos de una arrogancia que no había visto antes en su hermoso rostro.
Por los Dioses, es magnífico.
No despego mi mirada de él mientras se detiene al lado de su hermano el tiempo suficiente para dejar un suave beso en su mejilla. Uziel le sonríe y señala la silla desocupada a su lado, pero para su decepción (y la mía), Lars decide sentarse en el otro extremo de la mesa. En este momento estoy agradecido de tener sentidos agudos gracias a mi segunda naturaleza. A pesar de la distancia, puedo detallar cada diminuta expresión y cada vello rebelde de su cabeza sin problemas.
—Iba a decir "imprevisible" — su padre responde con un gruñido —. Pero admito que tienes razón, insolente es mucho más adecuado.
Lars ríe, pero no suena para nada como el sonido jovial y armonioso que escuché en nuestros días compartidos en el bosque. Esta es desdeñosa, ocultando detrás de su blanca dentadura y gruesos labios sus verdaderas intenciones.
—Lamento ser una constante decepción, padre — ironiza. Cuelga su larga trenza sobre el hombro derecho, los aretes de sus orejas tintineando.
—Rey Daven, este es mi hijo mayor, Lars — decidiendo optar por lo mejor, ignora sus crudas palabras y lo señala con un simple movimiento de su cabeza —. Le pido disculpe sus modales, no está acostumbrado a socializar.
—Me pregunto por qué — mis oídos super desarrollados lo escuchan susurrar.
—Es un honor poder conocerle al fin, Lars — le dedico una reverencia y puedo ver la duda en sus brillantes ojos antes de responderme.
—Al contrario, mi Señor — su voz dulce y melodiosa —. El honor es todo mío. Temo que la primera impresión que tuvo de mí esta tarde no fue la más apropiada. Le ruego que por favor acepte mis más sinceras disculpas.
—No son necesarias — le aseguro, haciendo un gesto con mi mano para restarle importancia —. Sus habilidades con la espada son admirables, debo felicitarle.
—¿Un importante Rey como usted felicitando a un simple siervo como yo? — finge sorpresa y modestia. A pesar de todo, eso me hace sonreír —. Debo admitir que me siento halagado, mi Señor.
—Deberías estarlo — apremio —. Y por favor, dime Daven. — antes de que pueda responder, su padre interviene.
—No creo que eso sea apropiado — lo observo, reprimiendo la creciente molestia burbujeando como llamas calientes en mi interior.
—¿Me permite preguntar por qué? — señalo a Uziel, quien luce como si quisiera estar en cualquier sitio menos aquí. Lo entiendo perfectamente —. Antes no se lo prohibió a él.
—Sí, Daven. Pero Lars en repetidas ocasiones ha abusado de las libertades que su posición le otorga — lo observa de reojo, con una advertencia silenciosa —. Me veo en la constante necesidad de limitarlo para que no se desvíe del camino correcto.
—Pero...
—No se preocupe, mi Señor — nuestras miradas se conectan de nuevo, me obligo a aflojar mi agarre mortal sobre los lujosos cubiertos antes de terminar por doblarlos —. Mi padre tiene razón, siempre la tiene — sonríe —. Tiendo a ser un poco... Rebelde, algunas veces.
La réplica muere en mi garganta cuando una joven entra en el comedor.
Es delgada y pequeña, su largo cabello castaño atado en una rígida cola e igual que los demás, tiene numerosos adornos de plata brillante en su cuerpo. Alair comienza a hablar de nuevo, pero me pierdo gran parte de lo que dice, mi atención sobre el breve intercambio de palabras que capto entre mi fauno y la joven dispuesta a proveerle. En muchas maneras, para mi profundo desagrado. Ahora no estoy para nada feliz con mi sentido agudo de la audición.
—¿Cómo puedo servirle, príncipe? — la insinuación en su voz logra sacarme una mueca antes de poder evitarlo.
—Solo tráeme vino, no tengo apetito — por el rabillo de ojo capto el movimiento de sus manos. Aquellas que usó anteriormente para cuidarme y sanarme, ahora son utilizadas para seducir desvergonzadamente —. Puedes pasarte por mi dormitorio después, Kytzia. Me encantaría que me ofrecieras tus... Servicios, de nuevo.
Maldita sea. El dragón en mi interior se queja y se retuerce, lleno de ira y luchando por tomar el control. Logro calmarlo a duras penas, prometiendo que ése encuentro jamás sucederá. No si puedo evitarlo.
—Como guste — responde con una tímida sonrisa que no engaña a nadie. O tal vez así es como yo lo veo, demasiado dominado por los enloquecedores celos precipitando la bilis en mi garganta.
Por los Dioses, no puedo creerlo. Realmente estoy celoso, la intensa emoción apretando mis entrañas y logrando que mi pecho se sienta apuñalado por múltiples agujas venenosas. ¿Qué me está pasando? Cuando tuve la arrolladora necesidad de venir en su búsqueda, no se me pasó por la mente que sería debido a propósitos románticos. Fui lo suficientemente ingenuo para creer que era solo por el hecho de expresarle mi gratitud y nada más.
Pero ahora...
La palabra "mío" es constantemente gruñida por mi dragón. Mi corazón humano sintiendo un intenso lazo de posesión, incluso antes de que la parte racional se haya dado cuenta de lo cautivado que este fauno de múltiples personalidades me tiene.
¡Compañero!
Jodido infierno, ¿Cómo pude ser tan ignorante y ciego? La realización no debería sorprenderme tanto, pero la verdad es muy distinta. Estuve buscándolo por años, deseando poder encontrar ese vínculo tan especial e inusual como el que compartieron mis padres antes de que mamá muriera. Pero fue él quien me encontró a mí.
—"Tu alma está buscando su otra parte y la conseguirá. Pero la primera impresión que te lleves no será la que estás esperando".
Padre, incluso desde el más allá sigues siendo tan sabio, guiando mi camino cuando yo fui lo suficientemente tonto para no notarlo, aunque estuviera justo frente a mí.
—¿Daven? — parpadeo, saliendo de las profundas reflexiones que me tenían distraído. Observo al otro Rey, tiene una poblada ceja levantada y me mira confundido.
—¿Sí? — mantengo mi expresión neutral, deseando que no pueda ver el conflicto en mis ojos.
—Le preguntaba que si estaría dispuesto a explorar mi reino mañana con nosotros — tomo un sorbo de vino, para hidratar mi garganta repentinamente seca —. Así podría echar un vistazo de cerca a nuestros cultivos y la armería — dice con creciente orgullo —. Tal vez podría cambiar y volar un rato por los alrededores, alertaré a los guardias para que no sea molestado.
—Eso sería perfecto, aprecio mucho su gesto — sonríe y asiente en acuerdo —. Ahora, si no le molesta, voy a retirarme — me pongo de pie y él me imita, su panza colgando por debajo de su túnica —. El viaje fue largo y ya estoy empezando a sentir el agotamiento.
—Por supuesto, adelante. Le pediré a uno de los sirvientes que lo acompañe.
—Yo lo hago — Lars interviene rápidamente, tomándome con la guardia baja. Alair parece dispuesto a discutir, frunciendo los labios en desacuerdo —. No te preocupes, padre. No haré nada impropio que pueda perjudicar tu nombre — ironiza, ganándose una renovada mirada de desdén.
Me despido de Uziel y mantengo la promesa con el rey de reunirnos mañana temprano para su supuesta exploración. Axe y Sven nos siguen a través de los pasillos, desaparecieron uno a uno cuando pasamos frente a sus dormitorios. Lars camina un par de pasos frente a mí y me permito el deleite de inhalar su delicioso aroma y ver el vaivén de su estrecha cadera. El silencio entre ambos es un poco incómodo y me encuentro buscando las palabras para llenarlo.
Pero de repente soy empujado con fuerza contra la pared. El movimiento me aturde y empeora porque me golpeo la cabeza, el pitido molesto en mis oídos sacándome una mueca. Siento el filo de una daga siendo presionada en mi garganta y cuando trago, traspasa la piel sacando un delgado hilo de sangre que gotea por mi cuello. La mirada furiosa y penetrante de mi fauno hace que mi corazón tropiece, mi respiración se traba.
—No sé qué demonios estás haciendo aquí, Nigreos — susurra entre dientes, presionando todo su cuerpo en mi contra. Intento ignorar lo bien que su calor se siente mezclándose con el mío, mientras que la abundante sorpresa me imposibilita responder de inmediato —. Es estúpido y arriesgado, pensé que eras más sensato.
—¿Lars? — intento, pero él no me da la oportunidad de defenderme.
—Debes irte — aparta la daga un poco, pero sin dejarme en libertad aún —. Toma tus cosas, reúne a tu gente y márchate.
—¿De qué estás hablando? — el murmullo ahogado de voces nos alerta y solo ahí es cuando se aparta. Me siento ridículo por extrañar casi al instante su cercanía, sobre todo cuando la usó para mantenerme bajo amenaza —. ¿Por qué debería irme?
La silueta de un sirviente a lo lejos nos anuncia que ya no tendremos privacidad. Lars guarda la daga en el escondite debajo de su túnica y me dedica una última mirada antes de decir como sentencia final:
—No te lo volveré a repetir. Márchate, antes de que sea demasiado tarde.
Y así sin más, se marcha. Dejándome hundido en el mar profundo y oscuro de preguntas rogando por obtener respuestas. Me quedo allí de pie, completamente inmóvil y atónito. Su advertencia flotando sobre mi cabeza como el fantasma de la muerte, esperando el momento justo para arrancar mi corazón fuera de mi pecho.
—¿Alteza? — la misma joven que se le insinuó a mi fauno en el comedor ahora es la que me trae de nuevo a la realidad, sosteniendo un par de toallas entre sus delicadas manos —. ¿Se encuentra bien?
—Sí — respondo cortante. Ella se sobresalta, intimidada —. ¿Son para mí?
—Sí, el Rey me pidió que se las entregara — le arrebato las esponjosas telas.
Ella hace una reverencia, dispuesta a marcharse. Aunque antes de que pueda hacerlo, la sujeto del brazo, nivelando las toallas en mi mano libre. No pretendo asustarla más, pero mi voz sale lo suficientemente agria y cruda causándole precisamente ese efecto.
—No irás al dormitorio del príncipe Lars, ¿me escuchas? — asiente frenéticamente, sus pequeños ojos temblando y su respiración agitada —. Ni hoy, mañana o ningún otro día en el que te lo proponga. ¿Me he dado a entender?
—Sí, Alteza — está al borde del llanto e inevitablemente me siento como un canalla. Mi dragón tiene la necesidad de reclamar su territorio, sin embargo. Así que no hay mucho que pueda hacer al respecto.
—Bien, puedes irte ahora — la suelto y prácticamente sale corriendo, ansiosa por poner tanta distancia entre ambos en el menor tiempo posible.
La soledad del ostentoso aposento no logra traerme la tranquilidad anhelada para conciliar el sueño. Me encuentro, una vez más, incapaz de dormir. Mi fauno y sus duras palabras llenas de una desconocida advertencia acechándome en la penumbra de la noche.