ZOE El despacho se había quedado extrañamente pequeño después de toda la conmoción. Aún me palpitaban las mejillas por la vergüenza reciente y el eco de los bastonazos parecía flotar en el aire como un recuerdo ridículo que no terminaba de disiparse. Nikolai, que se había ido a ver la vista de la ciudad desde hace diez minutos, seguía de pie junto al ventanal, con la espalda rígida, sin mirarnos, mirando la ciudad como si buscara algún punto donde descargar todo lo que llevaba encima. Carlton fue quien rompió el silencio. — Lamento que tenga que ser así, Niko. —Dijo con un suspiro pesado mientras apoyaba ambas manos en el respaldo del sillón—. Créeme que no era mi intención regresar a la empresa de esta manera, pero me han llovido llamadas desde la mañana. Clientes furiosos, socios ne

