Una larga hilera de coches relucientes, la mayoría de ellos caros, exóticas creaciones europeas, y una motocicleta solitaria. Reconocí esa moto con una oleada de familiaridad: era la de Mick. Levanté la vista. Recorrí con la mirada el verde césped, pasando junto a las tristes ofrendas de flores naturales y de seda, y los desniveles de los menhires. Allí estaba él, con su desgastado cuero n***o, a una distancia prudencial de la reunión; él también había venido a presentar sus últimos respetos a su hermano en la maldad. Sabía que no era bienvenido, pero aun así había venido. Svend también lo había visto, con un leve gesto de asentimiento, casi imperceptible, y fue correspondido. Todos los dolientes presentes recibieron rosas blancas, pero yo decidí llevar la mía. Una flor tan oscura y frag
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