Eran las nueve de la mañana cuando Aurora abrió los ojos, estiró sus piernas y brazos, después de un largo bostezo descubrió su cuerpo y leyó la nota que se encontraba sobre el velador. —Hola bella durmiente, salí a correr… Te amo. Con una sonrisa aspiró de la tarjeta cerró los ojos y la llevó a su pecho, al poco rato escuchó el timbre, se puso las andalias y se dirigió abrir. “Tal vez olvidó las llaves”, pensó para si misma. Al momento que abrió la puerta un váguido se apoderó de su piernas y un nudo se atascó en su gaznate —¡Hola querida hija!— Bladimir O’Conner sonrió. —¿Hija? ¡No se de qué habla! Yo… yo no lo conozco—, intentó cerrar la puerta, no obstante, el hombre de edad media posó su mano e impidió que esta se cerrara. —¿No vas a invitarme a pasar? Tratando de actuar como

