¿Te gustan mis labios?

1814 Words
Astrid y Liam llegaron hasta el jardín donde se encontraba Sarah, se acomodaron en la mesita y emprendieron la plática. —Conocí a Astrid en una disco —comentó Liam. En cuanto a Astrid, frunció el ceño, pues ella jamás había visitado esos lugares. Su padre era un hombre muy estricto, jamás le permitió salir de casa; por eso su relación con Robert fue a escondidas y, cuando su padre se enteró, decidió llevársela lejos. Pero un día antes escapó con su gran amor—. Astrid no se despegó de mí toda la noche, quedó encantada conmigo y desde entonces no dejó de buscarme. —Eso no es verdad —interrumpió Astrid—. Era él quien no dejaba de buscarme. Lo rechacé cientos de veces y seguía insistiendo, porque según él, no había mujer que le dijera que no. —Eso sí lo creo —apoyó Sarah entre risas. —¿Y acaso no es verdad? —Liam miró fijamente a Astrid—. Hasta ahora no ha habido una que se me resista; siempre terminan cayendo en mis encantos. Astrid ladeó la cabeza; no podía con el presumido de su esposo. —Lo bueno es que ya te atraparon, hermanito. Liam Brown sonrió de medio lado, bebió del refresco que minutos antes habían colocado en la redonda mesa de cristal. Sobre el filo de la copa miró a Astrid; la mujer era sumamente hermosa. No entendía cómo Robert pudo dejarla… o bueno, sí lo sabía: el dinero de su madre pudo más. Pero si Robert creía que se iba a quedar con todo lo que por derecho le pertenecía, estaba equivocado, pensó Liam para sus adentros. Astrid se sintió incómoda con la mirada de Liam. No tenía duda de que ese hombre conquistaba a cuantas mujeres se le cruzaran en el camino, pues no solo tenía una mirada encantadora: su rostro entero era hermoso, ni qué decir de ese cuerpo. Podía tener a muchas babeando por él, pero no a ella, pues en su corazón estaba otro hombre; un hombre que no merecía ni su más mínimo cariño. Aunque trataba de hacerle entender a su corazón, este no parecía comprender. Muchas veces intentó arrancarlo de su pecho, pero su corazón seguía latiendo por él. Ella continuaba amando a Robert, ese cruel hombre que, después de que ella le salvó la vida, la dejó en prisión y se casó con otra. De solo imaginarlo al lado de la viuda de Brown, las venas de Astrid ardían de ira. —¿Sucede algo? —cuestionó Liam al verla cambiar de semblante. —No, nada —explicó Astrid—. Si me disculpan, iré a descansar. Se despidió de Sarah y se marchó. Llegó hasta la habitación y se lanzó sobre la cama; los ojos se le aguaron solo de recordar a su exesposo. Astrid sabía que, para cuando Robert volviera, la convivencia en esa casa sería asfixiante. No sabía si podía soportar verlo todos los días con otra mujer. Al escuchar la puerta abrirse, limpió la humedad de su mejilla. —¿Estás bien? —cuestionó Liam desde la puerta. Astrid continuaba limpiando las rebeldes lágrimas que brotaban de sus pupilas y cruzaban por el puente de su nariz. —Sí —dijo con la voz aguda. —¿Quieres ir a dar un paseo? Saldré con Sarah. —Te acompaño —se incorporó y caminó hasta la puerta. Juntos bajaron y se dirigieron hasta el coche, donde Sarah ya los esperaba. —¿Y tu familia, Astrid? —cuestionó Sarah—. ¿No tienes algún hermano que me presentes? —dijo entre sonrisas. —¿Qué cosas preguntas, niña? —bufó Liam mientras manejaba. Astrid sonrió y explicó: —Sí tengo uno, pero no lo veo desde hace diez años; su madre se lo llevó. —¿Y no te comunicas con tu madre? —No, ella ya no está en este mundo —dijo aguantando las ganas de llorar—. Murió cuando era una bebé. —¿De qué? Si se puede saber —preguntó Sarah; ella era una adolescente muy curiosa. —No creo que Astrid quiera hablar de ese tema —acotó Liam mientras le echaba una mirada rápida. —Murió de cáncer. Cuando nací, un pedazo de placenta quedó en su útero; le hicieron una limpieza, pero no del todo bien. Los pequeños restos produjeron una infección cancerígena —la voz de Astrid se quebró, y entonces Liam posó su mano sobre la de ella. Aquel acto atrajo la mirada de Astrid; la cálida mano de su esposo le produjo una calma. —Tranquila, no tienes que hablar de eso si no quieres. Astrid retiró su mano y perdió la mirada en el hermoso paisaje. A su mente llegaron recuerdos de esos días cuando su padre le llamó y la maldijo. Jamás olvidará las crueles palabras lanzadas por parte de su padre: «Hoy dejas de ser mi hija, Astrid. Desde este día considéralo muerto. Si algún día ese hombre te abandona, no me busques, porque para mí tú ya habrás muerto». El orificio de su ojo lagrimal picaba, pero Astrid se apretó los dientes y parpadeó para no dejar salir ninguna lágrima. No iba a llorar delante de Liam y Sarah; no quería que nadie sintiera lástima por ella. —Llegamos —Liam detuvo el auto. Sarah bajó deprisa, dejando a Astrid y a su hermano solos. Cuando Astrid se proponía bajar, Liam la tomó de la mano. —¿En serio te encuentras bien? —Sí, no tienes de qué preocuparte —dijo y bajó del auto. Los tres juntos se adentraron en uno de los parques de juegos más grandes de Los Ángeles. La Astrid que hace minutos parecía que iba a romper en llanto ahora sonreía a carcajadas. Se preparaba para dar su segunda lanzada de bolo cuando las manos de Liam la rodearon por detrás. —Te ayudo —dijo el castaño. Astrid regresó a ver a Liam; su puntiaguda nariz soltaba el aire muy cerca de su rostro. Se miraron fijamente por unos segundos, y cuando la mirada de Liam bajó a los labios de Astrid, ella refutó: —¿Te gustan mis labios? No has dejado de mirarlos desde la boda. Astrid logró hacer que el rostro de Liam se sonrojara, pues ninguna mujer había logrado intimidarlo. Pero como él era un gran actor, no dio a notar el nerviosismo que le causaba esa mujer. Evadiendo el tema, continuó enseñándole cómo debía lanzar la bola para tumbar todos los bolos. Una vez lista, Astrid soltó la bola y derrumbó todos los bolos; eso le provocó una inmensa alegría, por lo que saltó a los brazos de su reciente esposo. Desde cierta distancia, Sarah los contemplaba. Se sentía muy feliz de que su hermano se hubiera casado; quiso compartir la felicidad con su madre, por ello envió una foto de Astrid y Liam que parecían estar a punto de besarse. «Tu hijo ha vuelto, y casado» fue el pie que llevaba la fotografía. Cuando Robert abrió el mensaje que llegó al teléfono de su esposa, se quedó estupefacto. Expandió más la imagen y, al ver a su exesposa abrazada a Liam Brown, sintió las venas inflarse. Al momento en que su esposa salió de la ducha, acomodó el teléfono bajo la almohada y forzó una sonrisa. —¿Todo bien, amor? —cuestionó al acercarse y plantar un beso en los labios de Robert. —Sí —respondió él—. Ve a cambiarte, saldremos en unos minutos —dijo al incorporarse. Ava Silverio asintió y se metió al vestidor. En ese momento, Robert aprovechó para llamar a su primo, David Ferrer. —¿Qué hay, mopri? ¿Acaso te aburriste de la veterana que me estás llamando en plena luna de miel? ¿O es que la viejita no te aguanta? —sonrió David. —Deja de hablar estupideces —bramó Robert—. Quiero saber cómo está Astrid. —Astrid, ¿en serio te importa esa mujer? Deberías estar disfrutando de todos esos millones y no estar pensando en esa pobretona. —Ve a prisión, averigua sobre Astrid. Espero tu llamada en la noche —ordenó y colgó. La viuda de Brown salió del vestidor con una lencería provocativa y se dirigió hasta él. Con sus delgados brazos lo rodeó por la cintura y lo besó. —¿Te gusta? —cuestionó al soltar los labios. Robert asintió y la llevó de vuelta a la cama. Empezó a quitar las prendas de la mujer, y en su mente se reflejó la imagen de Astrid y Liam a punto de besarse. Las letras escritas bajo la fotografía recorrían su cabeza; la que más le retumbaba era “volvió casado”. ¿Acaso Astrid era la esposa de su hijastro? No, esperaba que solo fuera idea suya, que sus ojos hubieran visto mal, pues su exesposa estaba pagando una condena en prisión; no podría ser ella, al menos que ya estuviera fuera de la cárcel. Horas después salieron a la playa. Mientras Ava contemplaba los distintos tipos de artesanía, Robert contestó la llamada de David. —Astrid está libre —dijo el abogado. —¿Cómo salió? ¿No se supone que fue condenada a treinta años de cárcel? —Sí, pero al parecer salió antes. No tengo ni idea de cómo, pero averiguaré. —No muevas ningún dedo; yo mismo me encargaré de averiguar —culminó y colgó. Robert Johnson apretó el celular al mismo tiempo que tensó la mandíbula y dirigió la mirada hacia el infinito del mar. —¿Algún problema, amor? —No —dijo al voltearse—. Bueno, sí surgió un inconveniente en la empresa y necesito estar mañana a primera hora. —Pero apenas tenemos una semana de… —Lo sé, amor, pero debo volver. —Okay, si se trata de la empresa no hay problema. Volveremos mañana mismo, pero hoy quiero que nos quedemos; al menos quiero disfrutar otra noche lejos de casa junto a ti. Robert esforzó una sonrisa y besó a su esposa, una mujer que le llevaba quince años de diferencia, pero que no parecía tan mayor a él, pues Ava se había cuidado muy bien. Ninguna arruga se reflejaba en su rostro; las pocas canas que empezaban a salir las cubría con tinta y así se quitaba diez años menos de los que tenía. Su cuerpo era delgado; a pesar de haber tenido dos hijos, había mantenido la figura. A sus cuarenta y cinco años lucía muy bien. —Volveremos hoy mismo —dijo Robert al soltar los labios de Ava. Horas después, un auto n***o se estacionó a las afueras de la mansión. De aquel lujoso auto bajaron Ava Silverio y Robert Johnson; tomados de la mano ingresaron a la mansión, la cual permanecía en absoluta oscuridad.
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