—Palomita, puedo saber ¿Por qué fuiste a prisión?
Astrid limpió la mejilla mojada y remembró el pasado.
«Era una noche de lluvia cuando sucedió todo aquello, Robert había pasado por su trabajo como nunca lo había hecho, estaba muy serio y parecía disgustado como si quisiera decirle algo y estaba buscando la forma idónea para hacerlo. Ella posó su mano por sobre la de él que se encontraba sosteniendo la palanca de cambio, aquella acción acarreo la mirada de Robert y en aquel mínimo despiste el coche en el que iban se salió del carril.
Cuándo Robert bajó del auto encontró una púa de alambre enredada en la llanta de su coche, miró con enojo a Astrid que se encontraba dentro del auto y la señaló como culpable por haberlo desconcentrado. Se puso más enojado de lo que estaba y empezó a discutir con ella, en realidad solo discutía él, porque Astrid se encontraba en silencio escuchando todo lo que Robert decía, y cada palabra que salía de su boca le perforaba el corazón.
De pronto, aparecieron dos tipos exigiendo que entreguen todo lo que contenían, pero Robert se rehusó y empezó a luchar con ambos, después de darle una paliza a uno él otro lo tomó desprevenido y empezó a golpearlo, sin embargo, Robert no se dejaba hasta que aquel hombre posó una navaja frente a su rostro y lentamente la iba bajando en dirección a su cuello, Robert estaba perdiendo y fue ahí donde Astrid tomó un tronco y golpeó al hombre en la cabeza para así defender a su esposo.
Ella jamás imaginó que con golpearle ahí terminaría con la vida de ese hombre.
—¡Lo mataste!—, dijo Robert al tocar el pulso del hombre, mientras tanto el otro ladrón salió corriendo y pidió auxilio, la policía no tardó en llegar y Astrid fue apresada, ella solo esperaba que su esposo la salvara de ir a prisión como ella lo hizo, no obstante, Robert Johnson ni si quiera buscó un abogado para su defensoría, aquel hombre la dejó abandonada a su suerte, el juez no le creyó, nadie le creyó que lo hizo en defensa propia porque quería salvar al amor de su vida»
Cuándo Astrid regresó de los lejanos recuerdos se encontraba con las mejillas mojada de lágrimas, de sus marrones ojos brotaban gruesas lágrimas que se perdían por su mentón. Liam Brown hizo presión en sus labios, pues no sabía por qué, pero le dolía ver a esa mujer llorar, y que el culpable de esas lágrimas fuera Robert. Ahora no solo tenía que proteger a su madre de ese hombre, también a Astrid, pues aquella mujer era otra víctima más de Johnson.
—Cuando estés lista para sacar todo lo que tienes ahí dentro, recuerda que estoy aquí.
—Abrázame—, pidió y se lanzó a los brazos de Liam, este la acogió con ternura, mientras acariciaba el suave cabello de la joven soltaba gruesos suspiros —Estoy sola, sola en el mundo.
—No estás sola Astrid, me tienes a mi—, Susurró sobre la cabeza de ella.
Por otro lado Robert salió de casa y se reunió con su abogado, David Ferrer.
—¿Cómo no te diste cuenta?
—Estaba fuera de la ciudad, por eso no supe en el momento en que retiraron los cargos. Pero, ¿cómo te enteraste que estaba libre?
Robert soltó un suspiro y explicó —Astrid se casó con Liam Brown, está viviendo en la mansión Brown, es por eso que lo sé.
—¡Qué! Pero ¿cómo?
—No lo sé, lo que si se que detrás de esto tiene que estar alguien más y creo saber quién, porque Liam es un inmaduro que no le importa nada más que salir de fiestas y pasarla con sus amigos.
—¿Y que vamos hacer? Si tu esposa se entera que la pobretona de Astrid es tu ex mujer, y que en vez de ayudarla la hundiste más en prisión para así deshacerte de ella y poder casarte nuevamente, no te lo perdonará.
—Cállate—, rugió Robert —Dime mejor, ¿Por qué no le pagaste a la directora de prisión para que le brinde protección a Astrid mientras iba estar encerrada? ¿Qué hiciste el dinero que te di?
David tragó grueso y bajó la mirada, llevó su mano a la nariz y respondió —No creí que fuera necesario que obtuviera protección, si moría, sería mejor para ti.
Robert le tomó con una mano del cuello de la camisa y lo llevó más cerca de él —¿Quién te dijo que la quería muerta?
—Yo creí que no te importaba, si la metiste a prisión, es porque te daba igual lo que sucediera con su vida.
—Pues creíste mal, ella siempre me va importar, fueron cinco años en los que me brindó amor, algo que nadie me había dado más que mí madre.
—¿Aún la amas?— Cuestionó y Robert lo soltó —Porque si aún estás enamorado de esa mujer, es un peligro que esté cerca de ti… Robert, todo tus planes se vendrán abajo, debes olvidarte de Astrid, ella se alió al enemigo y si llegó hasta esa casa no es para reconquistarte, si no para destruirte.
—No podrá, ni si quiera ha podido odiarme, me sigue amando.
—¿Cómo puedes estar seguro de eso?
—Lo veo en su mirada. Fui su primer hombre, su primer novio, su primer todo y olvidarme no le será fácil, más si me tiene tan cerca, Astrid fue capaz de matar por mí y estoy seguro que no será capaz de hacer algo para perjudicarme.
—Una mujer herida es peligrosa.
—No si le demuestro que aún me importa.
—¿Qué estás pensando hacer?
—Nada, yo me entiendo.
Robert miró el reloj —Averigua quién estuvo detrás de la liberación de Astrid, tengo que saber a qué juega mi enemigo.
Dicho eso Robert se dirigió a casa de su padrino, antes de abrir la puerta soltó un suspiro.
—Entra, se que estás ahí—, Robert ingresó y se sentó frente al hombre que se encontraba en silla de ruedas.
—Padrino...
—¿Por qué regresaste tan pronto de tu luna de miel?
—Surgió un inconveniente, por eso tuve que volver.
—¿Qué inconveniente? No me ocultes nada, ya sabes que eso me molesta.
—Liam Brown volvió, y no creo que solo haya sido para visitar a su madre o hermana.
—De ese pelagato no debes preocuparte, no es más que un derrochador, Ava jamás le dará el poder de la empresa, de tú empresa, porque recuerda que tú eres el primogénito y por tal tienes derechos.
—Pero creo que Liam no está solo, hay alguien que le está ayudando, le consiguió una esposa…
—Ah sí, por eso no debes preocuparte, a más tardar en unos meses se cansará de los cuernos que le pondrá y se divorciará.
—Es que no es cualquier mujer—, Leandro sacó sus lentes —La mujer con la que Liam se casó es mi ex esposa, Astrid Linos.
—¿Y no te deshiciste de ella?
Robert tragó grueso y se levantó, se paró en la ventana y suspiró —Robert ¿Qué fue lo que te pedí que hicieras?
—¡Qué me deshiciera de Astrid para siempre! Y lo hice—, dijo al girarse —La encerré en prisión pero alguien la sacó y la casó con Liam, y ese alguien creo que es Richard.
—Entonces, si sabes quién es, deshazte de él… Mátalo.
—No soy un asesino
—Bien, yo me encargo, ahora ve y continúa enamorando a tu esposa, y mantente lejos de esa mujer llamada Astrid, porque de lo contrario perderás todo, incluido a ella.
—Había pensado en otras cosas.
—¿Qué cosas?— Robert lo pensó varias veces antes de decirlo.
—Astrid aún me ama, y se que haría cualquier cosa por mi, y estoy seguro de que si la convenzo de que juntos enamoremos a los Brown…
—Ni lo pienses, no permitiré que esa mujer entre en nuestros planes. Nunca debiste casarte con ella, pero te obsesionaste hasta el punto de ocultarme tu matrimonio, si no te descubro aún continuarías casado. No quiero enterarme que vuelves a enredarte con esa mujer y descuidas el objetivo. Porque conocerás lo peor de mí—, sentenció Leonardo González —Ahora vete.
Robert Asintió y salió. Al llegar al coche clavó su frente en el volante.
¿Su objetivo?— Replicó en un susurro.
Por ese objetivo dejó todos sus sueños de lado, incluida a la única mujer que había amado, su Astrid. Pero tenía que arrancarla de su pecho y continuar con sus planes de arrebatarle todo a la familia Brown.
No podía fallarle al hombre que lo recogió cuando su madre murió y le dio un hogar, lo crio para ser un hombre valiente y aguerrido, aquel que le enseñó a ser frio y arrogante, un hombre cruel y sin corazón con el alma dura y difícil de doblegar.
Robert Johnson soltó un suspiro y encendió el auto, al llegar a la oficina se encontró con Richard, este último lo ignoró y pasó por su costado rozándole el hombro.
—Tu hora llegará—, dijo entre Susurro Robert. Seguido continúo a su oficina, y su secretaria caminó tras de él.
—Señor, en este momento los socios se están reuniendo en la sala dos de reuniones.
—¿Quién ordenó una reunión?
—El abogado Richard.
Robert salió de su oficina y se dirigió a la sala, al abrir la puerta todos le quedaron observando.
—¿Puedo saber por qué no estoy invitado?
Los socios se miraron sin comprender porque el presidente de la empresa Brown aparecía repentinamente, si se suponía que estaba de luna de miel, al menos eso era lo que Richard le había dicho un día antes.
—No sabíamos de su regreso, señor Robert.
—Pues ahora ya lo saben—, dijo al sentarse en la silla vacía —Y quiero escuchar de que se trata la reunión—, miró a todos alrededor y deparó en, Astrid, ni si quiera imaginaba porque ella estaba ahí.