Cuando Orión volvió, yo ya había logrado controlar mis latidos. Mi corazón estaba en calma por fin. No sabía qué decir, si gritarle o no, si mirarlo o no. Ya sabía que ellos no eran unos santos, pero ¡por favor! Estábamos recién casados, como para que me mataran tan rápido. Además, habíamos firmado la separación de bienes y ellos no podían tocar ninguno de mis bienes. Por otro lado, hace un tiempo atrás había dejado mi testamento listo con uno de mis abogados de confianza. Si algo me llegase a pasar, ya fuese por causa natural o de terceros, mis bienes serían distribuidos por completo entre mi familia y la familia de Wolfgang. Los Krause no tenían por dónde ganar. Además, confiaba en el juicio de mi padre y sabía que él no permitiría que esa familia les robara todo. —Necesito mi teléfono

