Me encerré en mi habitación y ahí me quedé. Decidí recorrerla para saber en dónde estaba el baño, el armario. Al rato, él tocó a mi puerta y me dijo que dejaría las maletas dentro. No le contesté, pero él de igual manera entró. Dejó mis tres maletas, aquellas que Nilsa me había ayudado a preparar con las cosas más importantes, porque el resto había quedado en casa de mis padres y se quedó de pie, esperando. Segundos después habló. —Si necesitas algo, lo que sea, estaré abajo —me dijo con voz apagada. Sabía que estaba tratando de provocar la culpa en mí, pero eso jamás iba a ocurrir. Yo nunca me arrepentía de las cosas que hacía o decía. Salvo aquella noche en que me había disculpado por la discusión en el hotel. Eso jamás se iba a repetir. —Vete —le respondí secamente. No quería verlo ni

