—Nunca recibí una carta de tu parte, quizás mi tía las agarraba antes de que llegaran a mí —hago una pausa y suspiro—. Kiara, lo que te digo es verdad, mira que ni siquiera pude despedirme de mi padre. Cuando me llamó mi madre, él ya había muerto, y supongo que lo hizo después de que tú ya te habías marchado. —¿En serio no estuviste en sus últimos días? —pregunta con los ojos empañados. —No, no pude despedirme de mi viejo. Si yo hubiera sabido que la primera semana después de haberme ido, mi padre sufrió un infarto, en ese mismo instante hubiera vuelto y jamás hubiera permitido que mi madre, ni Antonio te lastimaran cómo lo hicieron —trago saliva y continúo mirándola fijamente, mientras las lágrimas se desmigajan de mis ojos—. Pero te juro que ellos pagarán por todo. Juro que haré que

