Thane entrecerró sus ojos ante el insulto directo de la princesa Elia. Cada fibra de su ser gritaba que demostrara justo lo equivocada que estaba. Que le mostrara que él y sus hermanos habían sido forjados en un infierno de hielo, entrenados por un dios que no conocía la misericordia y que, en casi la mitad de su vida, dejó de amarlos para mostrarles su verdadero rostro: un ser frío y sin sentimientos. —Si no existe ninguna ley que lo impida, y solo es un prejuicio, dejen que mi hermana participe. Y yo también lo haré —anunció Thane con voz firme—. Si no es mucha molestia, claro. Me gustaría tener la oportunidad de... corregir algunas percepciones erróneas —dijo, mirando de reojo a Elia. Ella arqueó una ceja, lanzó un bufido y desvió la mirada. Keith, no queriendo ser menos que su herman

