En ese mismo momento, lejos del área principal del castillo, Caleb y Violeta caminaban por un pasillo que conducía a una parte más aislada de la estructura. El príncipe rubio la guiaba con una mano firmemente entrelazada con la de ella, manteniendo una sonrisa que no había desaparecido de su rostro desde que la había convencido de acompañarlo. —¿A dónde me llevas, idiota? —preguntó Violeta con sospecha clara en su voz. —Ya verás, mi Violeta —respondió Caleb con ese tono misterioso que usaba cuando planeaba algo—. Es una sorpresa. Creo que te gustará. Violeta frunció el ceño, pero no intentó soltarse. A pesar de todas sus protestas, a pesar de insistir en que Caleb la irritaba más que cualquier otra persona en el mundo, no podía negar que había algo en su presencia que la hacía sentir...

