"El fuego consume todo a su paso, pero los truenos... los truenos anuncian la tormenta que cambiará un día tranquilo en una tempestad. Son la advertencia antes de la destrucción, el grito del cielo cuando la tierra tiembla. Y yo... yo soy ese trueno." — Asher Volcaris, futuro rey del reino de Pyrion
"El hielo eterno no necesita anunciar su llegada. Se desliza en silencio, congela sin piedad, y cuando te das cuenta de su presencia, ya es demasiado tarde para escapar. El frío es paciente, implacable, y al final... siempre gana, permaneciendo durante eras." — Miriam, futura reina del reino del hielo eterno.
CIUDAD CAPITAL DEL REINO DE PYRION, MEDIODIA
El calor era insoportable.
Seraphina jadeaba mientras su caballo avanzaba por el camino polvoriento que los acercaba cada vez más al centro de la ciudad real de Pyrion. Su piel, acostumbrada al frío perpetuo del norte, ardía bajo el sol despiadado del mediodía, incluso sus mejillas estaban ruborizadas luego de todos esos días de viaje en un territorio que jamás había pisado antes en su vida. Durante todo el trayecto, el sudor corría por su frente, empapando su ropa bajo la capa oscura que llevaba.
—Me estoy muriendo —susurró Seraphina con voz entrecortada, aferrándose a las riendas—. Mi cuerpo se siente como si se estuviera derritiendo por dentro. ¿Cómo es posible que alguien viva en este infierno?
Jadeó antes de continuar, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano:
—Es como si bajo tierra hubiera fuego y el sol solo existiera para quemarnos vivos. ¡Esto es espantoso!
Violeta, su hermana quien cabalgaba a su lado, se quitó la capucha de su capa con un movimiento brusco. Su cabello oscuro cayó sobre sus hombros, pegándose a su cuello empapado de sudor. Sus ojos violeta oscuros brillaban con irritación mientras observaba el paisaje árido que los rodeaba.
—Esto es ridículo —declaró con fastidio en su voz—. ¿Cómo pueden llamar a esto un reino próspero? No veo más que tierra seca y calor insoportable.
Luego de decir eso, se detuvo por un instante sacudiendo la cabeza con disgusto.
—Prefiero mil veces nuestro hogar helado que este horno infernal de los mil demonios. Supongo que así debe ser el territorio del dios del fuego. Ahora entiendo por qué el poder de Padre no llega hasta aquí.
Keith, quien cabalgaba adelante del grupo, se volteó con expresión de superioridad. Sus ojos color miel evaluaron a sus hermanas con algo parecido al desdén. Su semblante era bastante fresco, de hecho, lucía muy bien en comparación con el resto de sus sudorosos y quejumbrosos hermanos.
—¿Es que acaso ninguno de ustedes pensó en algo tan obvio? —preguntó con esa arrogancia característica que hacía que todos quisieran golpearlo—. Solo deben concentrarse y mantener su frío interno. Usen los poderes que Padre nos dio por llevar su sangre. Eso los mantendrá frescos, aunque estén rodeados de este calor insoportable. Yo he estado refrescándome con mi poder de hielo desde que salimos de la tierra de los elfos —dijo con orgullo.
Thane, el gemelo de Violeta, revoloteó sus ojos mientras se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—El calor no nos dejaba pensar con claridad, Keith. No todos somos tan perfectos como tú crees ser —respondió con ironía.
Keith sonrió con suficiencia, encogiéndose de hombros.
—Es cierto. Es difícil que lleguen a ser tan perfectos como yo —admitió sin un ápice de humildad o vergüenza en su voz mientras tocaba su collar en donde en la piedra oscura que colgaba de este, se escondía su dragón de hielo que llamó Kit, que era como un diminutivo de su propio nombre. Keith, y Kit.
Miriam, quien había permanecido callada durante la mayor parte del viaje, habló con una voz firme que cortó esa discusión. La pelirroja pecosa mantenía su postura recta sobre su caballo, con una expresión calculadora que revelaba que su mente nunca dejaba de procesar información.
—No deberían usar sus poderes de hielo en esta tierra desconocida llena de enemigos… —declaró con autoridad—. Si queremos pasar desapercibidos, lo mejor es que no los usen en absoluto. Padre nos advirtió antes de que partiéramos que en estas tierras habitan los Elfos de las eras pasadas que son astutos y poderosos. Si detectan nuestra magia, nuestra misión fracasará antes de comenzar.
Miriam hizo una pausa, dirigiendo su mirada directamente hacia Keith.
—Así que deja de estar enfriando tu cuerpo con tu poder, Keith. No seas imprudente, nos podrían detectar por tu culpa.
Luego de oír las palabras de su hermana Miriam, la futura reina de las tierras del hielo eterno, Violeta sonrió a medias, observando de reojos cómo su hermano "apagaba" su poder con expresión de fastidio. La satisfacción de ver a Keith obligado a obedecer a Miriam era un pequeño placer que ella disfrutaba cada vez que ocurría.
—Ahora pasarás calor como todos nosotros, querido hermanito —comentó con una dulzura demasiado falsa—. Bienvenido al sufrimiento colectivo de soportar este horno de reino.
Keith la miró con expresión que prometía venganza en algún momento, pero no dijo nada. Sabía que Miriam tenía razón, aunque le costara admitirlo. Y así, después de varias horas más de cabalgar bajo el sol inclemente, Miriam divisó una posada que estaba en todo el centro de la ciudad capital. La estructura era modesta pero bien mantenida, con paredes de piedra color beige y un techo de tejas rojas que prometía sombra y descanso.
—Nos detendremos aquí —anunció Miriam desmontando de su caballo con facilidad—. Necesitamos un lugar donde planificar nuestros siguientes pasos.
Después de dejar los caballos en el establo, los cinco jóvenes viajeros entraron a la posada. El calor dentro era peor que afuera, el aire estancado los golpeó como una pared invisible. Seraphina, la más dramática de todas, se tambaleó un poco mientras el resto miraba alrededor con expresiones de incomodidad. Miriam, yendo a la delantera, se dirigió directo hacia donde estaba el encargado.
—Una habitación que tenga ventanas, por favor —dijo con seriedad como si llevara toda la vida liderando misiones, o rentando cuartos.
El encargado, un lobo de unos treinta y tantos años con piel curtida por el sol, los miró a todos con expresión evaluativa.
—¿Una habitación para cinco? —cuestionó arqueando una ceja.
Los cinco hermanos lo miraron como si hubiera dicho algo absurdo. Estaban acostumbrados a dormir juntos desde que nacieron y asumían que eso era lo normal.
—Sí, una habitación para todos —respondió Thane pronunciando cada palabra más despacio, como si pensara que el lobo no había comprendido.
El hombre suspiró, decidiendo no hacer más preguntas sobre las costumbres extrañas de esos forasteros.
—Bueno, les daré la habitación más grande que tengo. Tiene tres camas. Deberán compartirlas. Y tiene dos ventanas con vistas a la calle principal.
—Yo dormiré contigo, Violeta —anunció Thane con una sonrisa, como si fuera lo más natural del mundo.
—Yo con Miriam —añadió Seraphina de inmediato.
Keith sonrió con satisfacción, cruzándose de brazos.
—Perfecto. Tendré una cama para mí solo. Como siempre, yo ganando en todo.
Miriam revoloteó los ojos ante el comentario de su hermano mientras el encargado observaba a esos extranjeros con creciente desconcierto. Sin decir más, la pelirroja pagó el precio de la habitación con monedas de oro que hicieron brillar los ojos del posadero.
El hombre les entregó la llave sin hacer más preguntas. Sabía reconocer a nobles cuando los veía, aunque estos claramente venían de muy lejos. Además, había algo en ellos que lo inquietaba, algo que su instinto lupino detectaba pero que no lograba identificar del todo. Sin duda, no eran normales. Lo podía oler.
Cuando llegaron al segundo piso, Miriam abrió la puerta y descubrió una habitación amplia, con tres camas grandes, varias sillas, una mesa sólida y ventanas que daban hacia la ciudad justo como habia prometido el lobo de la posada. Thane fue el primero en entrar, dirigiéndose directamente hacia las ventanas para abrirlas de par en par. La brisa que entró era caliente, pero al menos proporcionaba algo de movimiento de aire mientras se limpiaba el sudor de su frente.
Keith se dejó caer en una de las sillas con las piernas abiertas, adoptando esa postura de autoridad masculina que tanto irritaba a sus hermanas. Seraphina se limpió el sudor de su cuello con un pañuelo que sacó de su bolso, suspirando con alivio al sentir algo de aire en su rostro. Violeta se sentó en una de las camas, quitándose las botas con movimientos cansados. Miriam permaneció de pie, cruzada de brazos, observando a sus hermanos con expresión seria. Cuando todos estuvieron acomodados, habló con claridad:
—Ahora les diré lo que haremos. Deben escucharme con atención porque no repetiré esto.
Todos se voltearon hacia ella, reconociendo ese tono de voz que usaba cuando estaba a punto de revelar un plan importante.
—Deben ser muy inteligentes en cómo nos movemos aquí en este reino enemigo —continuó Miriam—. Lo primero que debemos hacer es entrar al palacio, pero no como invasores o espías obvios. En dos días habrá una fiesta en honor a las conquistas recientes que Pyrion ha tenido. Estuve investigando esto durante nuestro viaje.
Keith se enderezó en su silla, con una expresión de curiosidad que reemplazó su arrogancia habitual.
—¿Cuándo investigaste todo eso? No te vi hablando con nadie durante el viaje —preguntó, con una expresión de incredulidad en su rostro.
Miriam sonrió con satisfacción ante la pregunta.
—Cuando nos deteníamos a comprar agua o alimento, yo hacía preguntas. Los comerciantes son fuentes excelentes de información si sabes cómo preguntarles sin levantar sospechas —sonrió con satisfacción—. Aprendí sobre la estructura de poder de Pyrion, sobre sus conquistas recientes, sobre sus costumbres, y sobre esta fiesta que será nuestro punto de entrada.
Seraphina sonrió con admiración hacia su hermana mayor.
—¡Miriam siempre va un paso adelante de todos nosotros! Por eso serás una gran reina algún día.
Mientras tanto, Thane y Violeta permanecían junto a la ventana, observando la ciudad que se extendía ante ellos. El bullicio de las calles era evidente incluso desde esa distancia: comerciantes gritando sus productos, niños corriendo entre los puestos, músicos tocando en las esquinas.
—¿Cómo es que todos andan tan tranquilos con este calor tan horrible? —preguntó Violeta con una verdadera confusión—. Deberían estar muriéndose por dentro, pero actúan como si nada. Como si este clima fuera normal.
Thane observó a la gente durante varios segundos antes de responder.
—Es porque ya están acostumbrados. Nacieron aquí, crecieron aquí, conocen solo este calor. Para ellos, nuestro hogar helado quizás sería tan insoportable como esto lo es para nosotros. Es solo cuestión de adaptación.
—Violeta, Thane, vengan acá y presten atención —ordenó Miriam con firmeza.
Los gemelos se voltearon, acercándose al grupo con pasos medidos. Miriam esperó hasta tener la atención completa de todos antes de continuar:
—Entraremos al palacio en dos días durante esa fiesta. Nos haremos pasar por nobles refugiados de uno de los reinos vasallos de Pyrion. Diremos que huimos de conflictos en nuestras tierras y buscamos la protección del Rey Sadrac. Es una historia común en estos tiempos de conquista, nadie sospechará.
Seraphina frunció el ceño, mostrando una leve expresión de confusión en su rostro.
—Creí que entraríamos como sirvientes o algo similar. ¿Por qué nobles refugiados específicamente? ¿Crees que nos creerán? —preguntó ella pensando que no serían tan convincentes.
Keith se echó a reír con desdén, mirando a Seraphina como si hubiera dicho la cosa más ridícula del mundo.
—¿Has visto tu cara? ¿No vez mi cara? —preguntó señalándose a sí mismo—. Ninguno de nosotros tiene el rostro de un sirviente. Somos semidioses, nuestras madres son Elfas de la primera era, parecemos nobles desde el punto de vista de este reino cualquiera con ojos podría verlo. Hacernos pasar por sirvientes sería el error más obvio que podríamos cometer, tonta —dijo, mirando a Seraphina.
—¿Podrías dejar de ser odioso tan solo un día en tu vida? No entiendo por qué Padre dijo que vinieras con nosotros —respondió Seraphina mirándolo con una mueca de fastidio en su rostro.
—Porque soy el más fuerte de todos, y los estoy cuidando por si pasa algo ¿Se te olvidó?, además, Kit, es el más grande todas nuestras bestias invernales… eso también influye —declaró Keith, sonriendo.
Violeta revoloteó los ojos con expresión de fastidio. Como siempre, Keith encontraba la forma de ser arrogante incluso cuando tenía razón, y eso le molestaba un poquito. Thane, sin embargo, señaló un problema más práctico:
—Necesitamos ropa para eso. Toda la vestimenta que tenemos no grita exactamente "refugiados nobles de un reino vasallo". Parecemos más bien viajeros del norte, lo cual es cierto, pero no la historia que queremos contar.
Miriam asintió, ya habiendo considerado ese detalle. Como siempre, ella pensaba en todo.
—Eso no es problema. Durante estos dos días nos prepararemos para esa fiesta. Compraremos todo lo necesario: ropa apropiada, joyas discretas pero caras, todo lo que nobles refugiados de un reino conquistado llevarían consigo cuando huyen. El dinero es lo menos importante en esta misión.
Cuando dijo eso, Seraphina sonrió mostrando el saquito lleno de oro que habían traído. Las monedas brillaban bajo la luz que entraba por las ventanas, prometiendo que podrían comprar lo que necesitaran sin ninguna restricción.
—Después de todo —añadió Seraphina con una sonrisa—, somos semidioses. Hijos del dios del hielo eterno. El dinero es el menor de nuestros problemas. Tenemos tanto como necesitemos.
Miriam asintió con satisfacción, reconociendo que su plan estaba tomando forma.
—Entonces mañana iremos al mercado. Compraremos todo lo necesario y nos familiarizaremos con la ciudad. Necesitamos conocer las calles, los puntos de entrada y salida, las rutas de escape si algo sale mal. Y, sobre todo, necesitamos aprender a comportarnos como la gente de aquí. Observaremos, escucharemos, aprenderemos.
Keith se puso de pie, estirando sus músculos después de horas de cabalgar.
—¿Y una vez que estemos dentro del palacio? ¿Qué haremos entonces?
Los ojos de Miriam de repente parecieron brillar con frialdad.
—Observaremos. Escucharemos. Recopilaremos información sobre sus defensas, sus fuerzas, sus debilidades. Identificaremos a los Elfos de las eras pasadas que Padre mencionó. Y si tenemos suerte... encontraremos a los tres que nos robaron el Virtex hace diez años. Quizás eran nobles, o guerreros porque peleaban bien.
Violeta apretó los puños cuando escuchó eso. Durante diez años había soñado con ese momento. Durante diez años había perfeccionado su venganza en su mente, imaginando mil formas diferentes de hacer que el rubio idiota pagara por lo que había hecho.
«Cuando lo encuentre», pensó con fiereza, «Será el primero en morir. No importa lo que Miriam diga sobre la misión. No importa si arruino todo. Ese bastardo morirá por mi mano.»
REINO DE PYRION - SALÓN DE ESTRATEGIAS - ESA MISMA TARDE
El príncipe Asher estaba de pie frente a un mapa enorme que cubría casi toda la pared del salón de estrategias. Su cabello oscuro estaba atado hacia arriba en un moño práctico, revelando su rostro de rasgos marcados y barba bien cuidada. Su piel canela brillaba un poco bajo la luz que iluminaba el salón, y sus ojos azules estudiaban el mapa con concentración absoluta.
A sus veinticinco años, Asher había madurado de una forma impresionante en todos los sentidos. Su cuerpo era puro músculo definido, producto de años de entrenamiento bajo la supervisión brutal de su padre. Pero era su mente lo que realmente lo distinguía. Muchos decían que por cómo actuaba y pensaba, parecía estar en la mitad de sus treintas, con una madurez y sabiduría que superaban su edad real. Aunque eso no sorprendía a su padre el rey, porque su hijo desde que nació fue así, inteligente.
El Rey Sadrac estaba sentado en una de las sillas grandes que rodeaban la mesa central, observando a su hijo primogénito con expresión de orgullo apenas disimulado. Las canas plateadas en su cabello castaño brillaban bajo la luz, pero su cuerpo seguía siendo tan poderoso como siempre. El paso de los años había agregado distinción a su apariencia sin restarle nada de su presencia intimidante.
—Galador —dijo Asher señalando una región en el mapa—. He estado investigando sus recursos durante los últimos meses, padre. Sus ciudades producen mucho carbón, lo cual nos sería muy útil. También tienen vastas plantaciones de trigo y muchos viñedos. Pero lo más importante son sus ríos.
Se volteó hacia su padre, con expresión seria.
—El reino de Pyrion no tiene demasiados ríos y justo ahora estamos en la temporada de sequía. Somos prácticamente una tierra desértica donde nuestra gente consigue agua por medio de pozos. Galador tiene ríos caudalosos que fluyen todo el año. Si los controlamos, tendríamos acceso a agua abundante para nuestras ciudades en crecimiento que están cerca.
Sadrac se inclinó hacia adelante, con sus ojos verdes mostrando interés mientras estudiaba la región que su hijo señalaba.
—Has estado investigando bien, hijo. Me gusta eso. Un rey debe conocer no solo cómo pelear, sino qué vale la pena conquistar y por qué. Si, esa región ha estado fructificándose en los últimos años. Su fuente de agua me ha llamado la atención desde siempre, pero ahora que mencionas sus plantaciones de trigo… suena interesante.
Sadrac se puso de pie, acercándose al mapa para estudiar los detalles que Asher había marcado.
—Podríamos ir el próximo mes a una campaña a las tierras de Galador —declaró Sadrac con convicción—. Si sus reyes no sucumben ante nosotros, habrá muerte y destrucción como siempre. Y si sucumben y se arrodillan, serán nuestros vasallos. Me encanta esa idea, Asher. Has hecho bien en proponerla.
Asher sonrió con satisfacción ante la aprobación de su padre. Había pasado semanas estudiando mapas, hablando con comerciantes, investigando informes de exploradores. Todo ese trabajo había valido la pena.
—Me alegro de que te haya gustado mi propuesta, padre —dijo Asher con una sonrisa.
Sadrac se sentó en la silla que le correspondía y se sirvió una copa de vino tinto que había estado esperando en la mesa. Luego sirvió otra copa para su hijo, extendiéndosela con gesto que indicaba que se sentara a su lado. Cuando ambos estuvieron acomodados, Sadrac habló con tono más casual, dejando atrás las discusiones estratégicas por un momento.
—En dos días vendrán invitados de muchos reinos y cuidades que hemos conquistado durante los últimos quince años —comentó el Rey Lobo bebiendo de su copa—. Tanto amigos como vasallos. Entre todos ellos vendrán muchas mujeres hermosas, nobles de todas partes buscando alianzas matrimoniales. Aprovecha, hijo. Ve quién podría ser tu destinada. Ya tienes veinticinco años, es hora de considerar esas cosas.
Asher bebió un poco de su vino, saboreando el líquido mientras consideraba las palabras de su padre. Su expresión se tornó más pensativa, casi melancólica.
—Padre, sé que siempre lo mencionas, pero, honestamente, dudo mucho que yo tenga destinada o compañera de vida —respondió, y luego le dio un pequeño sorbo a su bebida—. Soy más elfo que lobo. Mi sangre élfica domina sobre mi herencia lupina. Los lobos encuentran destinados, pero los elfos... nosotros solo encontramos compañeros. Y si hay chicas hermosas en la fiesta, veré con quién puedo acostarme. Eso es todo.
Sadrac alzó su copa como brindis ante las palabras de su hijo, con una sonrisa que mostraba su comprensión.
—Bueno, si así lo crees, entonces aprovecha tus días de soltería, hijo mío. No durarán toda la vida —dijo Sadrac antes de beber un sorbo de su vino—. Aunque te digo por experiencia que no hay nada mejor que estar con tu destinada.
El rey Sadrac señaló a Asher con su copa, con una expresión convencida agregando:
—Estoy seguro de que debes tenerla. Llevas mi sangre, y es tan espesa como la de tu madre. Así que algún lazo debes tener en algún lugar, aunque tu lado élfico lo oculte o no te lo haga sentir con la misma intensidad que un lobo puro como yo.
Luego, Sadrac sonrió sin dejar de mirar a su hijo.
—Por eso me encantan estas fiestas. Así podrás ver si tu destinada se encuentra entre los nobles de nuestros reinos conquistados. Nunca se sabe dónde aparecerá.
Fue en ese momento, mientras tenían esa conversación, que Sadrac no pudo evitar que su mente volara hacia su querida esposa Brielle. Después de todos estos años, ella seguía siendo el centro de su mundo. Solo pensar en ella hacía que su corazón se acelerara de esa forma que solo los lobos experimentaban con sus destinadas.
Asher sonrió ante la expresión soñadora que cruzó el rostro rudo del rey de Pyrion. Conocía esa mirada, la había visto mil veces cuando su padre pensaba en su madre.
Pero mientras bebía su vino, el único pensamiento que cruzó la mente de Asher fue uno que nunca había compartido con nadie: lo más probable era que él nunca se enamoraría. No lo había hecho nunca en sus veinticinco años de vida, y dudaba mucho que lo hiciera algún día. Siempre lo había pensado así. Para Asher, el sexo era placer físico. Era satisfacción de necesidades básicas. Era incluso una forma de relajación después de días intensos de entrenamiento o planificación estratégica. Pero nada tenía que ver con amor o algo similar.
Había tenido muchas amantes a lo largo de los años. Mujeres hermosas que compartían su cama y luego se marchaban sin complicaciones emocionales. Eso le funcionaba a la perfección. No quería las complicaciones que venían con el amor, no necesitaba la vulnerabilidad que sus padres mostraban el uno por el otro. Eso siempre le hacía pensar a Asher en secreto:
«Si mi padre habla tanto de fortaleza, de no mostrar debilidad, de que ser débil es lo peor de todo... ¿por qué cuando se trata de mi madre se convierte en el rey más vulnerable de todos?», pensó Asher observando la expresión soñadora en el rostro de Sadrac porque estaba mencionando a su madre Brielle.
Eso siempre le había llamado la atención, pero prefería guardarse esos pensamientos para sí mismo.
Jamás le diría eso a su padre. Ni sus observaciones sobre cómo el amor transformaba al temido rey de Pyrion, ni sus propios pensamientos sobre el tema. No quería ver la decepción en los ojos de Sadrac al saber que su hijo primogénito probablemente nunca experimentaría lo que él consideraba la mayor bendición de su vida: el amor de una destinada.
Así que Asher solo sonrió, bebió su vino, y dejó que su padre creyera lo que quisiera creer.
—Padre, y con respecto al asunto de la tesorería real… —Asher continuó siguiendo un tema en donde se sentía más seguro que hablar sobre destinadas, lazos y compañeras.