—Esto es perfecto —murmuró Seraphina sin pensarlo muy bien. David sonrió contra su cabello, apretándola un poco más contra su pecho mientras su yegua Clementina continuaba su paso tranquilo por los jardines. La luna los bañaba con luz, las antorchas que estaban a los costados del camino los iluminaba y todo parecía existir en una burbuja separada del resto del mundo. —Me alegra que pienses eso, Seraphina —respondió David con voz baja—. Yo también lo creo. Es... es perfecto. La semidiosa se permitió cerrar los ojos, anclándose a esa tregua de paz. Sabía que se estaba condenando. Cada aliento compartido con David la hundía de forma irremediable en algo de lo que no habría redención. Pero, en ese preciso momento, solo por la desesperación del ahora, se permitió sentir. Porque cuando volvie

