—Pequeña Rose… La joven inclinó la cabeza y alzó la vista. —¿Eh? Los labios de Dorian se movieron como si le susurrara algo, pero el bullicio del parque de diversiones era ensordecedor. Estaba repleto de gente, y su voz se perdió entre el ruido. Rose frunció el ceño, confundida. No pudo escuchar con claridad. Después de bajar del carrusel, él la llevó al barco pirata, luego a los autos chocadores y, finalmente, a la rueda de la fortuna. Rose se sentó en una de las pequeñas cabinas. Sus ojos se posaron en un eslogan escrito en el interior. Dorian se acomodó a su lado y, casualmente, siguió la dirección de su mirada. —Cuenta la leyenda que cada cabina de la rueda de la fortuna está llena de felicidad… —dijo él, con voz serena—. Y cuando subimos en ella, podemos ver esa felicidad desde

