Clarisa expresó su incredulidad: —¿Regalar casualmente un brazalete valorado en doscientos millones? ¡Eso es una fortuna! Rose respondió: —De todos modos, él me dijo eso. Él no debería... mentirme. Por alguna razón, ella creía firmemente que él no le mentiría. Clarisa lo pensó y sintió que tenía sentido. Después de todo, se había devanado los sesos, pero nunca había oído hablar de una persona tan importante en la capital. En ese momento, el celular sonó. Tan pronto como Rose la vio, respondió la llamada y escuchó la voz única, profunda y magnética del hombre. —Pequeña Rose... —¿Eh? Cada vez que la llamaba por su nombre, se sentía como si estuviera persuadiendo a una niña. El corazón de Rose se aceleró y se sintió entumecida. —¿Te has divertido? —Sí. —¿Necesitas que te recoja

