—¿Ya te has cambiado? —preguntó Dorian al salir del baño, con una toalla ceñida a su cintura. Al verla aún con la ropa puesta, sonrió con picardía. —¿Rose quiere que la ayude a cambiarse? —¡No, no! Lo haré yo misma —respondió ella rápidamente, casi tartamudeando. Bajó la cortina con apuro y se cambió de ropa, sintiendo cómo el calor le subía al rostro. Una vez lista, se envolvió con fuerza en una bata de baño y salió de la habitación. Dorian la condujo a la habitación contigua. Las luces estaban encendidas y brillaban intensamente, iluminando cada rincón. En el centro de la estancia, había un enorme baño humeante. La fragancia de las hierbas medicinales flotaba en el aire como una caricia invisible. Al fondo, un proyector brillaba suavemente sobre la pared. ¿Era siempre así el trat

