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*Rasc. Rasc. Rasc.* El sonido era pequeño, pero en el silencio sepulcral de la habitación, sonaba como ratas royendo el rodapié. O como uñas arañando el interior de un ataúd. Era cera contra papel. Frenético. Violento. Elena dio un paso dentro de la habitación. El aire estaba viciado, cargado con el olor dulce y empalagoso de los crayones baratos y el polvo acumulado. Lo que vio la detuvo en seco. Se llevó una mano a la boca para ahogar un grito. No había pared. Las cuatro paredes de la habitación de Mía habían desaparecido bajo una piel escamosa de papel. Cientos, quizás miles de hojas de cuaderno, facturas viejas y trozos de cartón estaban pegados con cinta adhesiva, superpuestos unos sobre otros como tejas en un tejado de locura. Y en cada hoja, el mismo dibujo. Una y otra vez.

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