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1688 Words

El Raval no dormía, pero susurraba. Entre las callejuelas estrechas, donde la ropa tendida goteaba sobre los adoquines centenarios y el olor a especias baratas se mezclaba con la humedad de la lluvia, Rafael se detuvo frente a una puerta de madera maciza. La madera estaba oscurecida por el tiempo y el barniz de la mugre urbana, reforzada con remaches de hierro que parecían cicatrices. No había timbre. Solo una aldaba con forma de mano de león. Mía, en los brazos de Elena, había dejado de gritar, pero su silencio era peor. Era un silencio rígido, tenso, roto solo por el castañeteo violento de sus dientes. Estaba ardiendo. Su piel quemaba a través de la chaqueta mojada de Elena. —¿Es aquí? —preguntó Elena, mirando el edificio decrépito. Parecía una boca desdentada en medio de la calle.

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