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El teléfono desechable era un trozo de plástico barato que Rafael acababa de comprar en un locutorio pakistaní por veinte euros. Pantalla pequeña, sistema operativo obsoleto, tarjeta SIM prepago anónima. Pero en cuanto Rafael lo encendió dentro del coche robado, el aparato se convirtió en una granada de fragmentación. Ping. Ding. Bzzzt. Ding-ding-ding-ding. No fue un sonido secuencial. Fue una avalancha. El teléfono vibró con tal violencia en la mano de Rafael que casi se le cae. Las notificaciones entraban tan rápido que la pantalla se congeló, incapaz de procesar el torrente de datos. —¿Qué está pasando? —preguntó Elena desde el asiento del copiloto. Tenía la mirada fija en la carretera oscura, vigilando si había patrullas, pero el sonido la hizo saltar. —No lo sé... —Rafael golpeó

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