El interior del sedán de Rafael olía a lluvia, a miedo rancio y al perfume de terciopelo húmedo del vestido de Mía. La niña dormía, o fingía hacerlo, en el asiento trasero. Estaba hecha un ovillo, con la cabeza apoyada en las piernas de Elena, aferrándose a la tela de sus pantalones como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio. Elena le acariciaba el pelo mecánicamente, sus ojos fijos en la carretera oscura que se extendía frente a ellos como una garganta negra. —¿Crees que ella sabe adónde vamos? —preguntó Elena en un susurro. Rafael conducía con los nudillos blancos sobre el volante. Sus ojos saltaban del asfalto a los espejos retrovisores cada cinco segundos. —Carmen sabe dónde estuvimos —dijo él, con la voz tensa—. Sabe que conectamos el USB en el callejón. Sabe que descarg

