La casa de Beatriz era pequeña y modesta, pero irradiaba esa calidez que me hacía sentir protegida, como si fuera mi propio hogar. Desde el momento en que crucé la puerta, supe que aquí podría esconderme de aquello de lo que huía, al menos por un tiempo. Beatriz siempre me trataba con una amabilidad que me recordaba a mamá. Su bondad era indiscutible, pero esa misma gentileza a veces me hacía sentir inútil. Cada vez que intentaba ayudar, ya fuera en la cocina o con las tareas del hogar, ella se apresuraba a detenerme. —Aurora, no te preocupes, yo me encargo —me decía con tanta calma que no podía contradecirla. Quería ser útil, sentir que aportaba algo, pero cada intento de colaborar terminaba en lo mismo: Beatriz asegurándose de que no me esforzara. Aunque llevaba pocas semanas viviendo

