Nicolás: Al día siguiente, fui al aeropuerto, exactamente como mi madre me había indicado. Tomé mis llaves y me subí a mi Mustang, mi viejo pero querido auto. Lo amaba, a pesar de sus años, y había insistido en que mi madre lo enviara a Cambridge. Estaba harto de depender del chofer para cada maldito traslado. Necesitaba esto, aunque fuera solo un instante. Un espacio donde mi madre no controlara todo. Aparqué a unos metros de la entrada, mis dedos tamborileando en el volante. Podría quedarme aquí, esperar hasta que la amiga de mi madre apareciera… pero el problema era que no tenía idea de cómo reconocerla. ¿Cómo rayos iba a identificarla entre esa masa de gente? Suspiré resignado y finalmente salí del coche. Al cruzar las puertas automáticas, mi teléfono vibró. Lo saqué esperando

