Llegó a tiempo para tomar una clase con Maya y fue muy divertido. Nunca había asistido a sus clases y tuvo que reconocer que era una instructora muy dura. A pesar de que Erick estaba pequeño, ella conservaba su figura tonificada y mucha energía.
Le insistió que fuera a casa a cenar, pero prefirió volver al apartamento. Quería darse un baño y simplemente mirar la televisión. En cuanto se refrescó, se vistió con un short deportivo y una camiseta de los Lakers. Ordenó comida china y se acomodó en el sofá para ver un partido de baloncesto.
El juego apenas iba por el segundo cuarto cuando la puerta se abrió. Volteó la cabeza y sonrió a Alexander.
- Hola -
- Hola. Hay comida china por si tienes apetito -
- Muero de hambre, gracias -
El joven pasó a su dormitorio y cuando regresó, se había quitado el saco, la corbata y dobló las mangas hasta los codos.
Luego de servirse la comida, se dirigió a la sala.
- ¡Guau! - se detuvo de pronto y la miró fijamente.
- ¿Qué? - miró a su alrededor, sorprendida.
- Tu tatuaje… Es increíble - respondió sin dejar de observarla.
- ¡Oh! - se sintió ruborizar - Gracias -
Alexander se sentó a su lado.
- Realmente genial… Una obra de arte -
- Gracias - murmuró cohibida.
- ¿Cuánto tardaste en completarlo? -
- Lo hice en cuatro sesiones -
- ¿Qué? Debió ser muy intenso -
- No tanto. Estaba en manos de un gran artista -
- Se nota - asintió él.
El accidente de tránsito le había dejado múltiples cicatrices. La más evidente era la que recorría toda su pierna izquierda, desde la cadera hasta el tobillo. Durante mucho tiempo se sintió muy acomplejada por esa marca. Era un constante recordatorio de los oscuros días que vivió al borde la muerte, de los dolorosos y arduos meses de terapia para recuperar la movilidad de su pierna. Durante mucho tiempo, temió no ser capaz de volver a su vida normal.
Poco a poco fue sobreponiéndose al dolor, al miedo, a la ira y se sintió fortalecida. Sin embargo, quería hacer algo. Quería transformar sus cicatrices en algo bello, en algo de lo que se podía sentir orgullosa.
Se tomó muy en serio el proyecto. Era algo para siempre. Ella misma creó el diseño, usando como referencia distintos tatuajes, se tomó el tiempo para encontrar un artista que fuera capaz de plasmar en su piel lo que deseaba y le tomó mucho tiempo reunir el dinero para costearlo.
Lo que Alexander descubrió era una intrincada enredadera de hojas y flores de diferentes tipos y tamaños que parecía brotar de su tobillo y subía por la pierna hasta perderse en el muslo, bajo el short.
El joven volvió su atención al televisor.
- ¿Aficionada al baloncesto? -
- Un poco sí. Maya, la esposa de papá, es una fanática y me inculcó el gusto por el deporte -
- ¿Le vas a los Lakers? -
- No en realidad. Esta camiseta es un regalo. Prefiero los Miami Heat -
Alexander tuvo poco éxito en contener la risa.
-¿En serio? -
- Sí, en serio - replicó ella fingiéndose enfadada - ¿Y tú a quién le vas? -
- Celtics -
Tonya alzó una ceja.
- ¿En serio? -
- Culpa de mi padre - dijo a manera de defensa - Esto está delicioso - murmuró saboreando la comida - Me salvaste la vida -
- Supuse que estarías hambriento cuando volvieras. ¿Hoy fue un buen día? -
- Bastante tranquilo, para variar -
- Me alegra -
Tonya se concentró en el partido, hasta que luego de un rato, sintió sobre sí la mirada de Alexander. Él continuaba observando su tatuaje.
- Perdona - se veía apenado - No quiero que pienses que soy algún loco acosador. Es que realmente me gusta tu tatuaje -
- ¿Tú tienes alguno? -
Negó con la cabeza.
- Me gustan mucho, admiro un buen tatuaje en otras personas, pero no me he animado nunca a hacerme uno -
- ¿Te gustaría? -
- No lo sé. Tal vez algún día me anime -
- Si necesitas ayuda, dímelo. Estilos, artistas, diseños… Soy experta en el mundo del tatuaje -
- Está bien, cuando llegue el momento acudiré a ti -
-0-
Era jueves y estaba en clase cuando su teléfono sonó. Lo miró con disimulo. Era un mensaje de su padre.
“Hay partido mañana. ¿Quieres venir?”
Su corazón saltó de alegría.
“No me lo perdería por nada del mundo”, pensó.
Durante la noche, mientras trataba de decidir qué se pondría, no podía negar que estaba ansiosa por ver a Michael.
Habría deseado encontrar alguna manera de obtener su número de teléfono. No se atrevió a hacerlo en casa de Franco, pues no encontró una excusa para hacerlo. Si se lo pedía a Franco o a Maya, seguramente le harían preguntas y su padre... pues no, obvio que no le diría a su padre.
Además, aun cuando consiguiera su número, no se sentía con el valor de escribirle.
Seguramente Flora sabría cómo hacerlo, pero no quería hablarle de Michael. Nunca lo había hecho, ni siquiera cuando lo conoció se atrevió a compartir sus impresiones con sus amigas. Estaba segura de que se burlarían de su enamoramiento por un hombre de la edad de su padre.
Oyó ruido en la cocina. Flora había llevado a un chico a la casa. Pasaron encerrados en la habitación por horas y no le era difícil imaginar qué los tenía tan ocupados.
Se sentía algo tonta, no podía evitar ruborizarse. El tema del sexo y de los chicos no le había preocupado mucho, la verdad. Sentía curiosidad, naturalmente. Había besado un par de chicos, pero nunca llegó demasiado lejos porque nunca había encontrado alguien que le atrajera lo suficiente para permitirle acariciarla, tocarla de una forma tan íntima… Pero Michael… pensar en él le producía un calor intenso, aceleraba sus latidos…
Probablemente él se reiría si se enteraba del efecto que tenía en ella. Una niña tan inexperta, fantaseando con un hombre maduro y sexi. Él era muy atractivo, no le sería difícil conseguir chicas… y ella… ella solo era la hija de uno de sus amigos…
Se encontró con Maya en la academia y de allí se dirigieron a la cancha. Eduardo se les reuniría luego, cuando saliera del trabajo.
Franco era quien se encargaba de organizar los partidos. No es que fueran muy deportistas, pero disfrutaban de un rato de diversión y esparcimiento.
Intercambiaron saludos con Franco y Lidia. Las chicas se quedaron en la gradería, mientras ellos iban a cambiarse. No tardó en llegar Eduardo, que luego de besar a su esposa e hijos, también se dirigió a los camerinos.
Tonya atendía poco a lo que Maya y Lidia conversaban. Ocasionalmente hacía una mueca a Erick, que se movía inquieto en el regazo de su madre. Miró el reloj. Faltaban solo unos minutos y el partido estaba por comenzar. ¿Acaso Michael no vendría?
El juego dio inicio. Sonrió a su padre que se encontraba bajo el marco. Era el portero estrella el equipo desde que se unió al grupo. Gracia a él, habían roto una larga racha de estrepitosas derrotas.
- Mira, Erick, mira a papá - se inclinó al niño - Saluda a papá -
Entonces sintió que alguien se sentaba a su lado, muy cerca. Al alzar la cabeza, Michael le sonreía.
- De saber que estarías aquí, habría llegado temprano - susurró acercándose a ella.
- Creí que no vendrías - respondió ella de la misma manera.
- Surgió algo de última hora en la oficina -
El grito del equipo contrario al anotar lo interrumpió.
- Está bien. Franco estará aliviado ahora - dijo Tonya tratando de rehacerse.
- Tal vez prefiera quedarme aquí -
“¡Oh, cielos! No te ruborices ahora, Tonya” se dijo así misma.
- Franco no lo permitirá - dijo con una sonrisa.
Habían anotado el segundo gol.
- ¿Ves? - Tonya hizo un gesto hacia la cancha - Te necesitan -
Efectivamente, ya Franco le hacía señas a Michael para que entrara a juego.
Con algo de desenfado, se quitó el buzo deportivo que llevaba, dejando al descubierto sus fuertes piernas.
Tonya trató de mirar en otra dirección. Empezaba a sentir calor.
- Cada anotación que haga, será en tu honor - él se había inclinado de nuevo y al sentir su aliento tibio junto a su rostro, toda su piel se erizó.
Él entró en la cancha y Tonya miró con disimulo a Maya y Lidia que conversaban ajenas al intercambio que había ocurrido solo a centímetros de ellas.
Michael había dejado el maletín y el buzo a su lado y no pudo evitar la tentación de deslizar con sigilo la mano para palpar la tela aún impregnada con su calor.
- ¡Gol! - el grito de Franco la sobresaltó.
Y sí, Michael había sido el anotador. Al notar que lo miraba, le brindó un guiño.
- ¡Oh, cielos! - murmuró la joven mordiéndose el labio.
Al final el equipo ganó gracias a los tres tantos de Michael.
Una emoción pueril le invadía y no dejaba de moverse inquieta en la gradería.