Lucia me miró atónita, desde el umbral de la puerta. Como no reaccionó tuve que levantar el teléfono celular que cayó de sus manos. ―¿Puedo pasar? ―Le pregunté por segunda vez―. Nadie me vio llegar, así que no van a saber que estoy acá. ―Me miró boquiabierta, como si yo fuera la representación en carne y hueso de Lucifer―. Dale, Lucia. Mientras más demores, más nos arriesgamos a que nos vean juntas. ―Sí, perdón. Pasá. ―Se hizo a un lado. En cuanto entré, ella miró hacia el pasillo y cerró la puerta. Obviamente se estaba asegurando de que nadie nos hubiera visto. Luego se volteó hacia mí, y permaneció estática; parecía una estampita de la Virgen María. ―¿No vas a poner el agua para el mate? ―Luego de haberme tomado un helado con mis amigas, no me apetecía mucho tomar mates; pero era una

