Pasé el resto del jueves, y todo el viernes, sin celular; pero no me importó en lo más mínimo. Nunca fui muy adicta a ese aparato, y además sabía que estaba en buenas manos. Lo único que hice fue pedirle a mi hermana prestado su teléfono, para enviarle un mensaje a la monja. Le dije que podría venir el sábado a mi casa, y de paso traerme el teléfono. Ella accedió, encantada, y le pasé la dirección. El sábado a la tarde, a la hora acordada, sonó el timbre. Casi nunca atiendo yo, pero esta vez me apresuré por llegar a la puerta. Cuando vi a la monjita, envuelta en sus hábitos, se me iluminó la cara. A ella le pasó lo mismo, sonrió como si hubiera visto una vieja amiga de la que llevaba años distanciada. Juntas entramos, y yo me preparé para un gran momento. Hice pasar a Lucia justo por don

