Jehane.
King y yo aguardamos en el pasillo, justo frente a la puerta de nuestra habitación, con los nervios tensos como cuerdas a punto de romperse. Maxwell había llegado primero a la mansión, impulsado por esa urgencia médica que lo caracteriza, para atender el cuerpo maltratado de Félix. Ha pasado más de una hora desde que se encerraron y no hemos tenido ni una sola noticia. Quisimos darles espacio; el silencio es absoluto, un silencio que pesa. No sabemos si Félix está preparado para recibirnos, ni si nosotros estamos preparados para ver lo que ese monstruo le hizo.
La mansión respira una ansiedad colectiva. Desde los empleados de servicio hasta los guardias de los perímetros externos, todos están en vilo. La noticia de que uno de sus líderes ha sido gravemente dañado se ha extendido como un incendio. Hay una lealtad feroz en esta casa, y todos esperan, con el aliento contenido, que las heridas no sean irreparables.
Finalmente, la puerta se abre con un leve chirrido. Max sale con un semblante sombrío, la tristeza grabada en cada línea de su rostro. Me acerco de inmediato y tomo sus manos, besándolas con devoción, intentando transmitirle un poco de mi propia fuerza a aquel hombre de fuego que ahora parece apagado por la pena.
—¿Cómo está? —pregunta King. Su voz es un rugido contenido, una vibración baja que delata la furia que intenta reprimir.
—Triste, avergonzado y... muy dañado —responde Max con voz quebrada. Suspira, tratando de recomponerse antes de continuar—. Su cuerpo está cubierto de hematomas graves; tiene un pómulo muy hinchado y... —Se detiene, y una lágrima solitaria escapa de sus ojos—. Su cabello, amores. Cortaron su cabello. Su preciado cabello. Lo hicieron para humillarlo, para despojarlo de su identidad.
El impacto de sus palabras nos golpea a los tres. El cabello de Félix no era solo estética; era su escudo, su corona, el símbolo de su libertad frente a una familia que siempre quiso reprimir su esencia.
—No quiere que lo veamos así —añade Max—. Dice que ya no es atractivo para nosotros, que se siente... roto.
La furia de King estalla de forma silenciosa pero devastadora; casi parece que la puerta fuera a ceder ante su mera presencia cuando entra en la habitación. Lo seguimos de cerca y encontramos a Félix hecho un ovillo bajo las mantas, temblando ligeramente, oculto tras el escudo de tela que ha construido para protegerse del mundo.
—King —susurro, tomando su mano con firmeza—, no seas tan rudo ahora, cariño. No es el momento.
Observo cómo la tormenta en sus ojos se apacigua por un instante. Se sienta con una lentitud inusual en el borde de la cama y acerca el bulto que es Félix hacia su pecho, envolviéndolo. Es lo mejor; King necesita serenarse. Su furia descontrolada podría asustar a Félix en su estado actual, y ahora mismo necesitamos paz, no más fuego.
Me acerco al otro extremo de la cama, acariciando la manta sin intentar retirarla todavía. —Amor... es hora de salir de allí. Estamos contigo.
No hay respuesta, solo un silencio sepulcral que me oprime el pecho.
—Por favor, Félix. Esas personas ya no volverán a tocarte. Esos golpes sanarán rápido bajo los cuidados de Maxwell, y tu cabello... —hago una pausa, tragando saliva—. Tomará tiempo, pero esta vez crecerá en libertad. Podrás tenerlo tan largo como desees, sin que nadie se atreva a decirte una sola palabra hiriente.
Un sollozo ahogado escapa desde debajo de las sábanas. Se nos parte el alma al escucharlo; es el llanto de alguien a quien le han robado una parte de sí mismo.
—No creas que porque esto pasó estamos decepcionados. No lo estamos contigo, pero sí con ellos —digo con convicción, elevando un poco la voz para que me escuche claramente—. Nunca dejarás de ser atractivo para nosotros. Eres y serás el más hermoso de todos, con el cabello corto o largo, da igual. Siempre relucirás ante nuestros ojos como el diamante que eres, inquebrantable y puro.
Félix retira lentamente la manta, permitiéndome ver su rostro marcado por la violencia. Sus ojos están hinchados de tanto llorar, tiene el labio partido y, finalmente, veo los cortes irregulares en su cabeza. Siento una punzada de odio renovado hacia ese maldito viejo.
—Te amo... —murmura él. Su voz suena ronca, herida por los gritos de la tarde.
—Te amamos, mucho —respondo, uniendo nuestras frentes—. Te recuperarás, ya lo verás. Serás mejor y más fuerte. Nunca dudes de nuestro amor, y mucho menos dudes de ti mismo. Eres único, Félix.
Logro que la atmósfera se calme. Félix deja de llorar gradualmente, agotado por el dolor y la descarga emocional, hasta que se sumerge en un sueño profundo y reparador. Verlo dormir nos permite, por fin, respirar con algo de tranquilidad. Max decide quedarse vigilando su sueño mientras King y yo salimos al balcón para dejar que el aire frío de la noche nos despeje.
—Solo faltas tú para que vivas aquí permanentemente —comenta King, rompiendo el silencio mientras observa el horizonte.
—Aún no soy mayor de edad —respondo, notando cómo su expresión se ensombrece de inmediato.
Sé que odia que mencione el tema. Ser mayor de edad significa que puedo reclamar mi lugar en la jerarquía familiar, pero también significa que debo viajar a Francia para buscar a Javier y cumplir con los pactos de sangre. King se siente profundamente inseguro ante eso; cree que él y Javier son demasiado similares, dos machos alfa que chocarían constantemente, y teme que yo pueda elegir la estabilidad de mi legado francés sobre la vida que hemos construido aquí.
Tomo su mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos. —Cuando sea mayor de edad, vendré aquí, a nuestra casa. Viviremos por fin juntos, los cuatro.
—¿Y Francia? —pregunta él, sin mirarme.
—Esa será una decisión para el futuro, King. Pero sabes que es un destino del que no puedo escapar ni ignorar. Debo ir, como líder de mi familia y como prometida de Javier. Es mi responsabilidad.
Su mandíbula se tensa visiblemente. —¿Es realmente necesario? ¿Incluso después de todo esto?
—Lo es, cariño. Sabes que sí —me pego a su cuerpo, buscando su calor mientras contemplamos la impresionante vista de los terrenos de la mansión Hathaway—. Pero no es un tema para esta noche. Ahora debemos concentrarnos en lo que importa: Félix, Maxwell y nosotros. Solo nosotros.
Mis palabras parecen surtir efecto. King se relaja bajo mi toque. Es extraño el poder que tengo sobre él; es una tormenta devastadora para el mundo, pero conmigo puede ser un mar en calma.
Decidimos volver a la cama para acompañar a nuestros hombres. Félix merece despertar rodeado de afecto, y compartir la cama es lo que más paz le da en momentos de crisis. A la mañana siguiente, me levanto con una energía renovada. Quiero hacer algo diferente: cocinaré yo misma. Quiero preparar un desayuno que rompa la tensión que aún flota en el aire.
—Huele delicioso —dice Max, entrando en la cocina sin camisa, todavía con el rastro del sueño en los ojos.
—A Félix le encanta la buena comida, así que algo rico le vendría bien para levantar el ánimo —respondo mientras doy la vuelta al tocino en la sartén.
—No sabía que cocinabas, Jehane.
Sonrío de lado, disfrutando de su sorpresa. —Aunque no lo creas, soy muy exigente con lo que como. De niña odiaba la comida pretenciosa que preparaban en la mansión de mi madre en Francia, así que tuve que aprender a cocinar por mi cuenta para comer algo que realmente me gustara. Es más delicioso lo simple que lo sofisticado, al menos cuando se trata de hogar.
—Tienes razón —dice Max, colocándose detrás de mí y apoyando su rostro en mi coronilla—. Qué bueno que estés aquí. No sabríamos cómo sobrellevar esto sin ti. Me sentí perdido al ver a Félix así... y gracias por controlar a King. Si no lo hubieras hecho, la mansión ya no tendría ventanas.
—No es momento para brusquedades —sentencio mientras preparo las bandejas—. Félix necesita dulzura para bajar la guardia.
Llevamos el desayuno a la habitación. Félix sigue refugiado en los poderosos brazos de King, escondiendo su rostro en el pecho de nuestro gigante. No es un secreto que todos aquí encontramos un consuelo inmenso en esa figura imponente.
—Félix, mira lo que preparé —digo, colocando las bandejas sobre la cama—. Tenemos tostadas, huevos, tocino crujiente... o si prefieres algo más ligero, hay cereales, yogurt con frutas y estos panqueques con miel.
—Oh... huele increíble —murmura él, asomándose tímidamente para inspeccionar el festín.
—Es todo lo que te gusta —añade Max, entusiasmado al ver el interés de nuestro príncipe.
El desayuno transcurre en un silencio cómodo, roto solo por el sonido de los cubiertos. Vemos cómo Félix recupera un poco de brillo en la mirada con cada bocado, y eso nos devuelve el alma al cuerpo.
—Ven aquí, nene —Max toma a Félix para curar sus hematomas con una pomada especial. A petición de Félix, le coloca un gorro suave de lana; todavía no quiere verse al espejo sin su cabello largo—. Sanarás rápido. Y no te preocupes por el viejo; te aseguro que quedó mucho peor que tú.
Ese comentario, contra todo pronóstico, le saca una carcajada genuina a Félix. Una risa que suena a victoria.
—Me hubiera gustado verlo —dice, limpiándose una lágrima de risa.
—Podemos pedirle a los guardias algunas fotos de cómo quedó ese hombre tras nuestra visita —bromeo, guiñándole un ojo—. Sabes que soy un poco gráfica con mis métodos.
—Gracias... por hacer todo lo que yo nunca pude hacer por miedo —dice Félix, mirándonos a los tres con un amor infinito.
—Lo haríamos mil veces más —sentencia King con una ternura inusual—. Lo que sea por ti, por Max y por Jehane. Nunca lo dudes, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, mi amor.
—Ahora puedes ser quien quieras, sin restricciones, sin miedo y sin sombras. Solo siendo Félix —concluyo, sellando la promesa con un beso suave en sus labios.