Había sido un día largo, un día tan largo de lamentaciones, pésames y abrazos hipócritas, no me interesaba relacionarme con nadie y ellos parecían no entenderlo, porque seguía y seguían acercándose a mí como si de esa manera pudieran tener un lugar asegurado como amistades de la pobre chica que acababa de perder a su querido padre. Detestaba a ese tipo de gente, a la que solo estaba en los momentos trágicos de tu vida para aprovecharse de ti y de tu dolor, a los hipócritas que veían grandes logros para sí mismos, porque solo lastimaban, herían y luego se alejaban. Miré a lo lejos, recargando mi barbilla en mis rodillas y advertía a esa gente que poco a poco se iba. Hombres con trajes ostentosos, negros y caros, relojes de oro o de plata que valían más de lo que imaginaba y luego estaban

