—¡Maldición, Layla! ¡Vuelve a la maldita cama! ¿Qué no ves que estás débil?— Espetó usando ese tono autoritario e irritante que me fastidiaba gradualmente. —¡No soy débil!— Increpé girándome con brusquedad, para encontrarme con esa expresión que tantas veces me había tocado mirar en este tiempo. —No soy esa muñeca de cristal a punto de... La manera en que Liam se acercó a mí, fue arrebatada, tomándome del brazo con fuerza y quedando una distancia casi nula entre los dos. Sus manos me tomaron del rostro impotentemente y pude ver un brillo indescifrable pasar por sus cautivantes ojos. —¡Ya estás rota, Layla!— Objetó con dureza, reafirmando su mirada sobre la mía. —Has estado rota gran parte de tu vida y...— Me quitó las manos de encima y se alejó unos cuantos pasos, encarcelando sus ojos

