LIAM HARRISON. —¡Mierda, Layla! No puedes dejarme solo, no hoy, no mañana ni nunca.... ¿Qué no lo entiendes? Te amo... te amo como un maldito poseso— Dije hundido en la desgracia al verla en ese estado. Lo correcto sería llamar a una ambulancia, pero no estaba reaccionando porque me sentía perdido. Ese maldito me le hizo giras su corazón y ahora no sabía qué hacer. Cuando me di cuenta de que había cerrado sus ojos, me apresuré a salir con ella en brazos para llevarla al hospital. Para cuando llegué con ella exigiendo alterado que la atendieran, lo hicieron inmediatamente. Esperé durante cinco horas que me dijeran algo sobre como estaba, si la había librado, pero mis alarmas se intensificaron al no tener señales de Layla. Me empeñé tanto en odiarla, en joderla, en hacer cumplir nuest

